Las salinas milenarias que se esconden en un pequeño pueblo del Alto Tajo

22/12/2025 - 18:35 P.C.V

El camino no anuncia nada extraordinario. Avanza despacio entre monte bajo y bosques abiertos, en un paisaje sobrio y silencioso donde el tiempo parece haberse tomado un descanso.

FOTOGRAFÍA: PORTAL TURÍSTICO DEL ALTO TAJO

Pinos, quejigos y sabinas marcan el paso en este sector al inicio del Parque Natural del Alto Tajo un territorio de relieves suaves y rocas antiguas -calizas, margas, arcillas y yesos- modeladas durante millones de años por el agua y el clima.

A medida que el sendero desciende, el entorno cambia casi sin darse cuenta. El bosque se abre y el terreno se aplana. Entre la hierba aparecen muros bajos, alineaciones de piedra, pequeñas plataformas que parecen colocadas con intención. No destacan, no llaman la atención. Están ahí, integradas en el paisaje, como si siempre hubieran formado parte de él.

El sonido del agua acompaña el paseo. Muy cerca discurre un pequeño río,el Bullones, discreto pero constante, que durante siglos fue la clave de todo. Sus aguas, cargadas de sales procedentes del subsuelo, permitieron desarrollar aquí una actividad hoy desaparecida, pero fundamental para la vida en estas tierras del interior. Una economía sencilla, basada en observar la naturaleza y aprovechar sus ritmos.

Cuando el terreno habla

Lo que hoy parecen claros naturales fueron, durante generaciones, espacios de evaporación. El proceso era tan simple como eficaz: conducir el agua salobre hasta balsas poco profundas y dejar que el sol y el viento hicieran el resto. Esta forma de trabajar la sal, bien documentada en las salinas interiores del Alto Tajo exigía paciencia, constancia y un conocimiento preciso del terreno.

El lugar conserva una calma especial. Sobre las laderas cercanas planean aves rapaces; junto al cauce, la vegetación se vuelve más densa. Cuesta imaginar hoy la actividad que hubo aquí cuando la sal era un recurso esencial, imprescindible para conservar alimentos y sostener el día a día de pueblos enteros.

El nombre que encaja con el paisaje: Terzaga

Este rincón pertenece a Terzaga una pequeña localidad del Señorío de Molina, en la provincia de Guadalajara, integrada tanto en el Parque Natural del Alto Tajo como en el Geoparque Mundial UNESCO Molina-Alto Tajo Sus salinas son uno de los testimonios más discretos y auténticos de la tradición salinera de interior.

La explotación está documentada entre los siglos XII y XV, cuando la sal era un bien estratégico. Sin embargo, el apelativo de milenarias no es una concesión al lirismo, sino una precisión geológica e histórica. El origen de estas salinas se remonta al periodo Triásico, cuando, hace más de doscientos millones de años, la evaporación de antiguos mares interiores dejó enterradas en el subsuelo del Señorío de Molina enormes masas de sal. Desde entonces, esos depósitos han permanecido latentes, esperando el contacto con el agua dulce para aflorar en forma de manantiales salinos.

Ese fenómeno natural fue identificado y aprovechado muy pronto por el ser humano. Mucho antes de que las crónicas medievales fijaran por escrito su valor estratégico, las comunidades celtibéricas y romanas ya conocían el secreto de estas laderas y supieron extraer de ellas un recurso esencial para la vida y el comercio.

Aquí no hubo grandes edificios ni infraestructuras monumentales: todo se adaptó al terreno, al clima y a los recursos disponibles. El resultado es un conjunto que hoy se confunde con el entorno, sin rupturas ni artificios.

Un lugar singular en el mapa de la sal

Guadalajara conserva otros ejemplos destacados de este legado. Las salinas de Imón, con su arquitectura industrial, o las salinas de Saelices de la Sal, declaradas Bien de Interés Cultural, muestran una explotación más visible y estructurada. Las de Terzaga, en cambio, destacan por su carácter silencioso y paisajístico, casi absorbidas por la naturaleza. No obstante, fueron explotadas hasta mediados del siglo XX  y ahora son unas de las mejores conservadas del Alto Tajo,  Más pequeñas y en diferentes estados de conservación se encuentran otras salinas menos conocidas, como las de Bujalcayado o Armallá, que forman parte de un paisaje extendido por la provincia donde la sal fue un recurso económico y social de primer orden a lo largo de la historia.

Aquí, en Terzaga, no hay paneles explicativos ni recorridos señalizados. El visitante camina entre restos que el monte va reclamando poco a poco, en un equilibrio delicado entre memoria humana y vida natural.

Donde la sal sigue presente

El paseo termina con una sensación clara: este no es un lugar para pasar deprisa. Las antiguas salinas explican, sin palabras, cómo la geografía condicionó la historia, cómo el agua y el subsuelo marcaron la vida de comunidades enteras y cómo, incluso después del abandono, la sal sigue influyendo en el paisaje.

En este pequeño pueblo molinés, la sal ya no se recoge. Pero permanece. En el terreno, en las formas del paisaje y en la experiencia de quien recorre, con calma, sus antiguas eras.

FUENTES: