Los Trallero y la gran transformación humana de Guadalajara a principios del siglo XX
A mi juicio se trata de uno de los trabajos más completos y sólidos que se han realizado sobre el notorio, decisivo e, incluso, drástico cambio que vivió el urbanismo en la capital alcarreña en el primer tercio del siglo XX.
La traza y la trama urbanas de Guadalajara cambiaron más en las primeras tres décadas del siglo XX que en las doce centurias anteriores de historia de la ciudad, desde su fundación islámica entre los siglos VIII y IX. El reputado doctor en Arquitectura, al tiempo que en Historia, Cultura y Pensamiento, y profesor titular de la Escuela de Arquitectura de la UAH, Antonio Miguel Trallero Sanz, en productiva y estoy seguro que también gratificante colaboración con su hijo, Antonio Miguel Trallero Arroyo, avanzado estudiante de Arquitectura, así lo acreditan y documentan en un importante estudio de investigación firmado por ambos. Dadas su categoría y rigor, ha sido publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y tiene por título “Las reformas interiores en Guadalajara en el primer tercio del siglo XX: La transformación de una ciudad conventual”.
Aunque después descenderemos a algún detalle sobre el contenido de la obra para conocerla más en profundidad, desde ya mismo he de comentar que, a mi juicio, se trata de uno de los trabajos más completos y sólidos que se han realizado hasta el momento sobre el notorio, decisivo e, incluso, drástico cambio que vivió (también sufrió, como veremos) el urbanismo de la capital alcarreña en el primer tercio del siglo XX. La Guadalajara conventual que fue aquella ciudad de trama angosta e irregular, consolidada entre el medievo y las primeras décadas de la Edad Moderna, articulada, vertebrada y condicionada por la existencia en ella de numerosos conventos, iglesias, ermitas y palacios, en apenas tres décadas y en aras de la modernidad, vio ampliar sus principales calles, surgir plazas donde solo había encuentros de bocacalles o, como mucho, alguna plazuela aislada y alinearse lo que hasta ese momento eran trazas irregulares. No obstante, al recorrer ese camino de reformas para su progreso urbanístico, la ciudad se dejó en las gateras de ese devenir una importante y significativa parte de patrimonio histórico-artístico al ser total o parcialmente demolidos numerosos y relevantes edificios para dar paso a renovados y más amplios espacios públicos o privados y nuevas edificaciones. En aquellos años de encendida lucha por ganar la modernidad que trajeron los albores del siglo XX, aquí liderados de forma decidida y entusiasta por el alcalde Miguel Fluiters, a una mayoría de edificios viejos y en desuso o, al menos, en acusado estado de deterioro y de utilidad entonces cuestionada, apenas se les dio la opción de reforma, restauración y consolidación, optándose por la demolición de muchos de ellos. Fueron especiales víctimas de la piqueta aquellos que, siendo derribados, permitían ampliar sus entornos, construir nuevas plantas sobre sus solares y facilitar alineaciones más racionalistas y a la altura de una ciudad capital de provincia, que lo era desde 1833, si bien hacía ya tiempo que presentaba un aspecto de poblachón decadente más que de una urbe moderna.
Este importante trabajo de investigación de los Trallero publicado por el CSIC dentro de su colección de Monografías del Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja (IETcc), con el número 443, se estructura en siete capítulos: Introducción, Aproximación histórica, Guadalajara a partir del siglo XIX, La transformación de la trama urbana de Guadalajara: Las reformas interiores y su nueva arquitectura, Conclusiones, Anexo y Bibliografía. Dentro de la introducción, y como corresponde a un texto científico de indudable categoría como es este, se determina como objeto principal de la investigación “estudiar las transformaciones urbanas llevadas a cabo en la ciudad de Guadalajara durante los últimos años del siglo XIX y primeros del XX”, y su relación con la disminución de su función religiosa (tras las desamortizaciones, sobre todo la de Mendizábal en 1835 que conllevó el abandono de la mayoría de sus conventos) y la supresión de muchas de sus parroquias, algo que en gran medida estuvo originado por una decadencia de la ciudad que empezó a generarse en el siglo XVII. Esto supuso importantes pérdidas del patrimonio arquitectónico local y parte de su trama antigua, desarrollándose una nueva arquitectura.
Vista de la Academia de Ingenieros de Guadalajara desde la primitiva iglesia de Santiago, definitivamente demolida en 1902.
Antonio Miguel Trallero Sanz, que como ya hemos detallado al principio no solo es doctor en Arquitectura sino que también lo es en Historia, aporta en los capítulos 2 y 3 de la investigación una breve, pero exhaustiva y rigurosa, aproximación histórica al urbanismo de la ciudad, desde su nacimiento como población de origen islámico entre los siglos VIII y IX, hasta finales del siglo XIX, momento en el que comienzan a producirse los importantes cambios registrados, documentados y analizados en el estudio. En esa aproximación histórica, Trallero deja constancia de que Guadalajara fue fundada con una clara función defensiva, en torno a dos barrancos (el del Alamín y el del Coquín) y avistando el río Henares desde un promontorio en llanada, en una zona de vado sobre la que se construyó el puente califal entre los siglos IX y X. Aquella primitiva ciudad se caracterizaba por tener una estructura urbana irregular, adaptada a la topografía del terreno. “Como el resto de este tipo de ciudades (de origen islámico), Guadalajara contaba con un núcleo principal, la medina, rodeado de murallas, y una serie de arrabales exteriores relativamente autónomos”. El trabajo detalla que “había unas cuantas calles con trazado sinuoso que en el interior servían para enlazar sus accesos y en el exterior se prolongaban hasta los arrabales”. Esa estructura sinuosa y angosta de la ciudad pervivió durante siglos, aportándose en época ya cristiana, a partir del siglo XII, la erección del alcázar y el recinto murado, la construcción de parroquias (llegó a tener diez para una población inferior a 3.000 habitantes), ermitas (hubo más de una quincena, conservándose hoy solo una, la de San Roque), conventos (en el XVI había una decena de los que hoy solo quedan dos) y palacios o casonas señoriales. Desde un punto de vista urbanístico, entre la baja Edad Media y principios de la Moderna, Guadalajara era una ciudad conventual. A partir del siglo XVII, el descenso de la práctica religiosa y la marcha a Madrid de la nobleza supusieron el inicio de una importante crisis urbana, sostenida en el tiempo hasta finales del XIX.
El capítulo más magro de esta investigación lo constituye el 4, en el que sus autores nos detallan dónde, por qué, cómo y cuándo se produce la transformación de la trama urbana de Guadalajara a través de importantes reformas interiores y de la llegada de una nueva arquitectura. Razones higienistas (sobre todo la eliminación de cementerios parroquiales y conventuales) y de ensanchamiento y ampliación del viario y los espacios públicos, así como un propósito general de modernización del urbanismo y la arquitectura locales, conllevaron la transformación radical de los grandes ejes y salones urbanos de la vieja ciudad conventual y la demolición total o parcial de notables edificios. Demolición literal, no solo conceptual, pues numerosos inmuebles históricos, sobre todo conventos y antiguas iglesias, tras decaer vocaciones y práctica religiosa, fueron derribados para ensanchar calles, crear plazas (muchas de ellas nacidas sobre antiguos cementerios parroquiales) o construir sobre sus solares nuevos edificios al considerar que los viejos ya no eran útiles, estaban mal conservados, algunos hasta eran insalubres, incluso corrían riesgo de colapso, y daban a la ciudad un aspecto indigno de una capital de provincia. Miguel Fluiters Contera, alcalde de la ciudad desde 1909 a 1918, fue quien desde la regiduría municipal más empeño puso en dar una vuelta de calcetín al urbanismo local. Este alcalde impulsó una de las más importantes actuaciones de reforma interior, la de la calle Mayor Baja que desde 1917 lleva precisamente su nombre. Fluiters fue quien propició la demolición del antiguo convento de Santa Clara, en estado semirruinoso entonces, utilizando al mismísimo conde de Romanones para ello, quien lo compró para dar solución a un problema enquistado con la comunidad de clarisas y el arzobispado de Toledo. Romanones cedió a la ciudad la antigua iglesia conventual para albergar la parroquia de Santiago, cuya iglesia, adjunta al lateral del palacio del Infantado y conectada por un arco con la bocacalle del callejón de Hurones (hoy Francisco Cuesta), había sido parcialmente demolida en 1837 y definitivamente en 1902. La demolición de la primitiva iglesia de Santiago a principios del siglo XX y del convento de Santa Clara mediada la segunda década, coadyuvaron decisivamente al ensanchamiento del viario de la zona. Casi coincidiendo en el tiempo, en la propia calle de Santa Clara (hoy Teniente Figueroa), se demolió la antigua iglesia de San Andrés (que hacía esquina con la calle Mayor Baja) y parte de la iglesia del convento de la Piedad para ensanchar también ese espacio que, durante décadas, fue un eje logístico y un núcleo estancial y referencial de la ciudad. Sobre todo los martes, día tradicional de mercado, cuando allí se daban cita centenares de agricultores y ganaderos para hacer sus tratos.
Este caso de la reforma interior de la calle Mayor Baja en las dos primeras décadas del siglo XX es un ejemplo de lo que, de forma parecida y en algunos casos hasta idéntica, también ocurrió en otros espacios reformados que se recogen en la investigación de los Trallero y en los que no podemos entrar en detalles, por razones de limitación de espacio, pero sí, al menos, relacionar: Santa Clara y bocacalles de la Calle Mayor Baja, Calle Mayor Alta y sus bocacalles, Plaza Mayor, Plaza de Moreno y su entorno, Plaza de San Esteban y Travesía urbana de la carretera de Madrid-Zaragoza. Cierra este apartado un epígrafe específico dedicado a las principales reformas interiores habidas después de la Guerra Civil (notoriamente en la antigua plaza de Bradi, por causa de la construcción de la delegación de Hacienda, y en la calle y plaza del Carmen, motivada por la construcción del entonces INP y ambulatorio anexo sobre el antiguo solar del palacio de los Bedolla).
En conclusión, excelente trabajo el de Trallero Sanz y Trallero Arroyo, padre e hijo, ambos arquitectos (uno ya en ser y el otro en potencia), y absolutamente necesario para conocer con detalle cómo era Guadalajara hace poco más de un siglo y lo que ha quedado de ella y que, en gran medida, explica lo que hoy es su casco histórico: una ciudad patrimonialmente muy herida, parcialmente desmemoriada, plagada de contradicciones, con diálogos arquitectónicos casi imposibles y más solares resultantes de derribos que cráteres tiene la mismísima luna.