05/10/2020 / 13:16
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Pajarería en Santo Domingo

 Hemos calculado a veces cerca de un millar que durante menos de media hora caen en picado, casi simultáneamente, sobre  la voluminosa copa de pino.


Cada anochecer tengo asegurada, a veinte metros de mi terraza, una alegre algarabía de pájaros que ya quisieran para ellos muchos amigos de la Naturaleza que viven en la Gran Vía madrileña o en el Paseo de Gracia de Barcelona. Son pájaros negros, posiblemente estorninos, que se juntan en este tiempo,  poco antes de ocultarse el sol, como si una alerta secreta convocase a cuantos revolotean en los tejados inmediatos para reunirse a piar en la gran copa del centenario pino carrasco que flanquea por la izquierda el monumento más artístico de la ciudad: el del Conde de Romanones. 

Por si a alguno se le pasó por la cabeza cargarse también ese monumento, basándose en la estúpida Ley de la Memoria Histórica, aprovecho a recordar que Romanones ha sido el alcarreño que más alto cargo político ha llegado a desempeñar. Porque don Lorenzo Arrazola, que fue en el siglo XIX presidente del Gobierno, era de Checa, y Romanones, que fue de siempre diputado por Guadalajara,  fue madrileño de origen. El conjunto escultórico que homenajea a don Álvaro de Figueroa y Torres, no le fue erigido por ser presidente sino porque, siendo ministro de Educación, convirtió  a los maestros en funcionarios, asegurándoles el sueldo del Estado y liberándoles del caciquismo de los alcaldes, muchos de los cuales les pagaban tarde y mal, o incluso en especie con panes y gallinas, desprestigiando con ello  al  Magisterio, al tener que vivir casi al miserable nivel del Buscón don Pablos, de Quevedo. 

Pero, volviendo a los pájaros, hemos calculado a veces cerca de un millar que durante menos de media hora caen en picado, casi simultáneamente, sobre  la voluminosa copa de pino, como si fuese esta un potente aspirador de aves. Curiosamente, media hora tras el ocaso, los pájaros se callan, y solo de cuando en cuando vuelven a piar unos minutos durante la noche cuando algo  interrumpe su descanso.

A cierta distancia del monumento anterior se hay otro muy original, de escultores alcarreños, consistente en un alto rimero en curva de libros, que hubiese merecido mi completo aplauso  si  el libro abierto que lo culmina hubiese sido el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de  Hita, el Quijote, de Cervantes, o el Viaje a la Alcarria, de Cela. Y no digo, (en uso de mi  libertad)  Clamores por los pueblos muertos”de Monje Ciruelo, (ya terminado, cuando se publique,) para que no me silben. 


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