Un Jerónimo de Salmerón en Guadalupe


Un personaje del que se ignora casi todo, excepto el lugar de nacimiento. Y como fue en la Alcarria, en Salmerón concretamente, y allí le veneran como uno de sus hijos más preclaros, aquí intento hacer memoria de él, y poner lo que sabemos de fray Andrés de Salmerón.

En 1966 Gerardo Diego vio publicado su enésimo libro titulado El Cordobés dilucidado y Vuelta del peregrino, en el que asumía un cántico en honor de un torero de Córdoba, famoso por sus desplantes y su flequillo, y hacía un camino a lo largo de pueblos y paisajes. “El peregrino va sin plan de viaje”, y encuentra cosas por España. Esa es su meta: andar simplemente. Y en ese camino llega a Guadalupe, y en su sacristía encuentra esa colección de lienzos pintados por Zurbarán en memoria y homenaje de los santos jerónimos que dieron vida al cenobio. Allí se encuentra el poeta ante el titulado “Aparición de Cristo al Padre Salmerón”, de 1639, y allí le dedica ese terceto que salta y levita sin esfuerzo:

 

Padre Salmerón: se es 

de esta tierra y de ese cielo.

Ánclame que voy de vuelo.

 

En Guadalupe, que hoy es convento de frailes franciscanos, se saben bien su origen jerónimo. Desde muy remotos tiempos fue un santuario dedicado a la virgen, pero en 1389 se convirtió en la primera fundación jerónima que salía de la casa madre, la de San Bartolomé de Lupiana. Gracias al apoyo del rey de Castilla, Juan I, y de los fundadores alcarreños Fernando Yáñez de Figueroa (que era cacereño) y los hermanos Pedro y Alonso Fernández Pecha, que eran de Guadalajara, este primitivo y sencillo edificio fue ampliándose hasta ser hoy un lugar de prodigio monumental y artístico.

Fachada del Monasterio de Guadalupe.

No se sabe en qué año nació fray Andrés. Ni de qué familia alcarreña procedía, porque él adoptó como apellido en religión el nombre de su pueblo. Esa era la costumbre en esta orden, según nos cuenta su historiador fray José de Sigüenza: «Era natural de un pueblo de la Alcarria llamado Salmerón, donde tomó el sobrenombre. Acostumbrado desde luego en esta religión a dejar el nombre del linaje y padres y llamarse con el de los pueblos donde eran naturales, por olvidar la vanidad que el mundo estima y el nombre común los hiciese más hermanos y sin diferencia».

Lo que sí sabemos es que muy joven ingresó, en 1373, en la Orden jerónima fundada ese año por los Pechas alcarreños. Pudiendo así ser catalogado entre los fundadores de la Orden. Y fue uno de los compañeros que salió de Lupiana con fray Hernando Yáñez para poblar Guadalupe, en 1389. Él vendría de la estirpe de los eremitas, como los de Lupiana, y es posible que en algún tiempo de mediados del siglo XIV viviera en alguna de las cuevas eremíticas del término de Salmerón.

Allí en Guadalupe fue muy considerado por su capacidad de introspección, pasándose horas en contemplación mística, «tan fixo y tan inmobil que parecía de mármol», según nos cuenta su biógrafo, el seguntino fray José [Martínez de Espinosa] en la “Historia General de la Orden de San Gerónimo”. De ese libro pueden sacarse todos los datos que se conocen sobre este personaje, del que no ha quedado documentación personal, y solo conocemos sus costumbres y virtudes a través de esa Historia jerónima que he citado. Así, sabemos de un par de ocasiones en que su misticismo y capacidad de concentración concitaron extrañas fuerzas de la naturaleza para darle luminosidad, y la impresión de que levitaba y estaba traspasado por el espíritu de Dios.

Fray Andrés de Salmerón por Francisco de Zurbarán. 

Como los otros frailes retratados por Zurbarán en la sacristía guadalupana, de fray Andrés pudo decirse que «Tanta fue su compostura en todo, tanto el concierto de sus meneos, palabras, obras, que se verificava harta claramente aquella Profhecía de Isaías (evidente señal del fruto y verdad de Iesu Christo). Todos los que los vieren, conocerán y verán claro, que esta es la generación, en quien cayó la bendición del Señor». 

Estando un día en el comedor de Guadalupe, sucedió un hecho admirable: «vino sobre él un resplandor celestial, y pusosele el rostro lleno de claridad sobrenatural, tanto, que a muchos les parecía que salía como un sol nuevo del lugar donde estava asentado, cosa, que puso harta admiración en todos sus hermanos: aunque estava a la mesa, no tenía el alma en el plato: sino en los gozos soberanos, donde baxaron aquellos relieves de gloria». 

Pero el mejor documento que nos ha quedado del fraile de Salmerón es el retrato que en 1639 hizo de él Francisco de Zurbarán, según contrato que había firmado poco antes con la comunidad guadalupana para plasmar en grandes lienzos a colocar en la Sacristía los más afamados frailes que en los inicios de la orden vivieron en Guadalupe. Así dice en la firma: Franco de Zurbarán faciet/ 1639.

Sacristía del Monasterio de Guadalupe.

Fue el padre Pedro de Cabañuelas (también retratado por Zurbarán) quien contó lo que un día vio de fray Andrés: «Súbitamente fue aquel lugar lleno de claridad tan grande, que la del sol es pequeña en su comparación: porque parecía estar dentro en la celda otro más excelente, y de lumbre más alta». Y esta secuencia portentosa es la que le pidieron en el siglo XVII a Zurbarán que usara para identificar a fray Andrés de Salmerón. Se tituló el cuadro “Fray Andrés de Salmerón, confortado por Cristo”, y es según la opinión de algunos “el mejor cuadro que pintó en su vida el extremeño Francisco de Zurbarán”. En él ha disuelto el pintor los muros de la celda, que queda inundada por el espacio divino, y en él representa a Cristo en el momento de ungir con su mano la cabeza genuflexa del jerónimo. «¡Solamente por ver la cabeza del padre Salmerón -escribía emocionado Elías Tormo en 1905- y por sentir de rechazo la mano que la acaricia, debieran los artistas emprender el viaje a Guadalupe!». Muchos otros escritores, y viajeros (en realidad, toda persona con sensibilidad que haya visitado la Sacristía de Guadalupe) se han admirado de la belleza de este cuadro, de la perfección de las facciones de sus personajes, de la calidad del trato de las telas de sus trajes, del ambiente creado, místico y espiritual sobre el lienzo.

El padre jerónimo fray Andrés de Salmerón murió en 1408, según se dice en las crónicas de la Orden, tras haber recibido la visita de Cristo, quien en realidad vino a anunciarle su muerte. Quedó enterrado en Guadalupe, y hoy se constituye en uno de los mejores referentes de la localidad alcarreña de Salmerón ¿Por qué? Pues porque aparte de sus virtudes y comportamientos, que hemos de creer porque así lo afirman las tradiciones heredadas de la casa, Fray Andrés tuvo la fortuna de ser retratado por Zurbarán, y eso sí que es un mérito, una prueba grandiosa de su vida emérita: ningún otro guadalajareño ha podido exhibir ese triunfo indudable, y que a todos cuantos lo recibieron ya solo por eso han pasado a la Historia: haber recibido el calor, y la maestría, de las pinceladas de Francisco de Zurbarán para eternizar su figura, y dar memoria de su nombre.