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Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Un vergel en el Valle del Mesa

Artículo publicado el 5 de septiembre de 1977 en Nueva Alcarria.


Con rubor y con atrición confieso no haber conocido hasta ahora el valle del río Mesa en su tramo final de la provincia. Por Turmiel y Anchuela del Campo había llegado en alguna ocasión hasta Amayas sin sospechar que el valle del Mesa estaba a un paso. Sabía, por supuesto, so pena de no haber leído a Layna Serrano, que la vega de este río es una delicia, pero en el fondo pensaba que había algo de exageración. La semana pasada tuve, al fin, ocasión de visitar en rápido viaje la vega del Mesa en sus últimos kilómetros guadalajareños, antes de penetrar en la de Zaragoza. Desde Molina de Aragón en fiestas, por Torrubia, Tartanedo e Hinojosa  estos dos últimos, pueblos con empaque de viejos hidalgos  llegué al cruce de Labros. Es tierra triguera que este año ha atiborrado las trojes con una extraordinaria cosecha de cereales, a la que los mismos labradores califican de muy buena. Y ya es sabido que los agricultores no son muy proclives a elogiar los resultados de sus cosechas. Es comarca monótona, ligeramente ondulada, con pocos árboles, aunque nunca falta a lo lejos algún manchón forestal.

En el termino de Amayas, aldea con problemas de abastecimiento de aguas, el monte de sabinas y enebros, se espesa. Pasado el pueblo, la carretera empieza a descender retorciéndose en violentas curvas a medida que empieza a ahondarse el barranco. A lo lejos, alzándose, increíble, sobre la cumbre de una cima dominante el caserío de Codes semeja una formidable fortaleza que luego resulta, a través de los prismáticos, la iglesia rodeada de humildes viviendas y tinados. El pueblo de Codes está sobre los hombros de España, casi cien metros más alto que Maranchón y con cuatrocientos de diferencia sobre el valle del Mesa. Cuatrocientos metros de desnivel en ocho o diez kilómetros se da entre pocos pueblos de la provincia.

Proseguí el viaje, siempre en pronunciado descenso, y, de pronto, el valle del Mesa se me ofreció en toda su espléndida hermosura. Las áridas laderas rocosas, paupérrimas de vegetación, contrastan con la maravilla de la vega. ¿Es posible que haya ignorado tanto tiempo este vergel? Registré rápidamente mi memoria y no encontraba otro valle de la provincia que pueda comparársele. Es posible que el brus¬co cambio de la adusta llanura triguera a la amplia y fresca hondonada contribuya a idealizar los atractivos de la fértil huerta. Pero el caso es que paré el coche para contemplar los frondosos nogales de la parte baja de las laderas, los innumerables frutales, los prósperos regadíos. Entre ellos se adivina el oculto caminar del Mesa, al que los árboles, mimbreras y zarzamoras no le dejan recibir el sol.

En una revuelta aparece el caserío de Mochales, ideal pueblo veraniego, prote¬gido de las torrenciales aguas de tormenta por un túnel que desvía estos peligrosos caudales hacia alejados cauces. En las eras todavía se trilla a la antigua usanza. A gran altura de una pedregosa y empinada ladera, sin ninguna senda o camino de acceso, se ve una casa de extraña apariencia. Es la casa del Tararí, según me dicen, en la que vivió hace muchos años un médico alemán en torno al cual se tejió una insólita leyenda.

Entre Mochales y Villel de Mesa la carretera cruza a la margen izquierda del río en el Molino de Abajo. Junto al nuevo puente, el antiguo, de atrevido ojo, descansa entre musgo y hiedra, sobre las aguas que saltan espumeantes en pequeña cascada. Es una romántica estampa que no me canso de contemplar en una nueva parada.

Con el entusiasmo despertado por el paisaje llegué a Villel de Mesa más tarde de lo que pensaba. Villel es un gran pueblo. De memoria, por las fotografías, me sabía la situación de su castillo sobre una roca que se alza altiva y amenazadora en medio del casco urbano. El caserío se despeña hasta el valle en el que está la amplia plaza, con recientes jardines muy cuidados y una rústica fuente decorativa con peces de colores y truchas a la vista de los curiosos. Entre los altos y pelados cerros de Las Casas, Lutero y La Horca, en cuyos riscos anidan los buitres, Villel tiene un clima agradable y una vega poblada de fuentes para la que faltan brazos hortelanos. Pueblo bien nacido, ha materializado su gratitud hacia el cirujano don Pedro Gómez Fernández, en un sencillo monumento en un parque. Más allá de Algar, unos tres kilómetros aguas debajo de Villel, la carretera se interrumpe en el límite de provincia con Zaragoza. En Villel aún me dio tiempo, cumplida la misión que allí me había llevado, a visitar la antigua casa palacio de los marqueses de Villel, adosada a la roca que sirve de base al castillo. Hoy esta casa, magníficamente cuidada, es casi un museo en el que se exponen los frutos del arte, de la habilidad y de la afición a los trabajos en madera de su propietario don Agapito Medina Ruiz Ricote, incansable e ilusionado por su trabajo como un adolescente a pesar de sus 85 años.


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