16/07/2020 / 18:40
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Villares de Jadraque, y sus vaquillones

Son, quizá, los figurantes más antiguos de nuestro carnaval 


 

Las botargas, tan coloristas como saltarinas, diablunas y juguetonas son sin duda uno de los personajes más conocidos en los carnavales de algunos de nuestros pueblos. Botargas que simbolizando en unas ocasiones el mal y el bien en otras, terminan de la misma manera sean como sean, esto es, amansadas al mandato divino; pues la mayoría de ellas están asimiladas a algún santo patrón de las fiestas de invierno. Han dado, y lo continúan haciendo, seña de identidad a nuestra provincia, especialmente en los últimos años, en los que se han ido recuperando de aquellos lugares de los que marcharon, principalmente en poblaciones de la Campiña.

Pero al margen de las demoniacas, danzarinas y bulliciosas botargas, el rico carnaval de la provincia se nutre de otras figuras, entre ellas, los vaquillones de Villares de Jadraque.

Villares de Jadraque
Cuesta imaginarse la cara de sorpresa que debieron de poner los ingleses al verlos aparecer cuando, va para doscientos  años, se aposentaron, los ingleses, en la zona de Villares a la búsqueda del tesoro. El tesoro que escondían las entrañas de esta tierra en plata y en oro, cuando la riqueza minera sembró el entorno de Hiendelaencina y ascendió a las faldas de la montaña sagrada de la provincia, las del Alto Rey que miran y bendicen desde el origen de los tiempos estas tierras.

Entonces, cuando los ingleses, antes de que lo hicieran los franceses, se aposentaron por aquí, Villares de Jadraque llegó a censar a cerca de cuatrocientos habitantes, hoy la cifra se reduce de tamaña manera que casi sobran dedos en las manos para contarlos; pero como entonces, estas continúan siendo tierras hermosas, de salvaje naturaleza que arroba el ánimo desde el momento mismo en que comienza el ascenso hacía la cumbre, a la vera misma del molino que toma el nombre del pueblo y parece partir en dos la carretera. Este molino es uno de tantos que le surgen a las aguas del Bornoba; uno de los muchos que desde que sus aguas comienzan su andarín recorrido hasta que lo rinden fueron industria de la que se sacó harina y electricidad. Molinos que, como está mandado, fueron de gentes importantes.

Alguno que otro llegó a administrar por aquí don Benito Ibave, que desde Gascueña –entonces del Alto Rey-gestionó sus minas de plata, sus fábricas de luz, e incluso  sus salinas del Gormellón, en Cercadillo, que pasaron a su sobrino don Silverio casado con una hija de los Perucha de Hiendelaencina, que estos, los Perucha, fueron de los primeros forasteros en aparecer por aquí, pues ya andaban por estas tierras medio siglo antes.

Villares fue durante mucho tiempo uno de esos pueblos inaccesibles, como la mayoría de los que se asientan a los pies del Alto Rey de la Majestad, divino y señorial.

Por esta parte el Alto Rey se muestra menos agreste, más manso que por el otro lado de la sierra. Por aquí enseña su cara buena tendido al sol del Oriente.

Villares de Jadraque era entonces inaccesible porque no había carretera para llegar a él. Tan duros eran los tiempos en los que se abrieron las carreteras que la mayoría de las que conducen a estos pueblos del Alto, se dejaron para lo último. Y con ese dejar las cosas para mañana, ya se sabe lo que pasa. Y lo que les pasó a todos estos pueblos que como los polluelos se arrebujan bajo las alas de la clueca, que es nuestro Santo Alto Rey de la Majestad que cuando se encabrita, y lo hace con más frecuencia de lo que debiera, deja al entorno sin luz eléctrica. Aunque a lo mejor eso no es cosa de nuestro Alto. Si de él dependiese es seguro que miraría mucho más por su gente. Eso, seguro, es cosa de la burocracia, como lo de dejar para lo último estas carreteras.

Es de Jadraque, Villares, porque se encuadró en sus tierras, y en el sexmo del Bornoba, cuando don Pedro González de Mendoza se lanzó a truequetear tierras y se hizo con la mayoría de las que dominan la mirada por aquí. De ahí que cuando se llevó a cabo la instrucción para saber lo que había o dejaba de haber, en tiempos del segundo rey Felipe a fines del siglo XVI, se decía que pertenecían las tierras al Señor Marqués del Cenete, que era dueño de Jadraque, sus tierras sexmos e incluso de las vidas de sus pobladores. El Marqués, hijo de don Pedro.

No sabemos si también de sus diablos, vaquillones, cornamentos o como los queramos llamar, que por llevar, cuernos llevan. Los vaquicas, les llamaron también, en plan finolis, antes de que se terminase el siglo XX.

Nos decían sus representantes, en aquella indagación territorial del siglo XVI, que por sus caminos ni se iba a ninguna parte, ni a lugar señalado ni nombrado, y que celebraban fiestas por San Sebastián, San Fabián, Santa María Magdalena, Santa Quiteria, Santa Ana…

Fiestas poco invernales, salvo las de los santos Fabián y Sebastián, que suelen ser carnavaleras y se celebran hermanadas el 20 de enero. Pero nada nos dicen de sus diablescas mascaradas; como tampoco nos hablan de ellas quienes siglos adelante se ocuparon en responder a don Fausto de Zaldívar, que parece fue el encargado de preguntar para lo del Catastro de Ensenada. Y es que, por aquellos siglos, no había costumbre de reseñar estas fiestas que, todo hay que decirlo, además de ir de alguna manera contra las leyes de la iglesia eran, por demás, festejos de gentes de baja condición, entendiendo en esto a quienes la sangre noble no les corría por las venas. Y si por estas tierras nos metemos, eran gentes dedicadas a la vaquería, al pastoreo, a vivir del monte en una palabra.

De ahí que a los franceses, y a los ingleses, tan poco acostumbrados a las manifestaciones de esta nuestra tierra, tan señoritos ellos, les llamasen la atención nuestras costumbres y quisieran, como don Eugene Pierat, retratar las procesiones de Cogolludo; y don Edward Rowse, darse un garbeo por las ventas de la comarca. A don Eugene Pierat lo tuvieron que rescatar sus amigos de entre la marabunta de mozos cogolludenses, que vieron en el gesto del francés una ofensa a las tradiciones. A don Edward Rowse la broma le salió por 25.000 duros de los del siglo XIX.

Los Vaquillones
Son, los vaquillones de Villares de Jadraque, los diablillos de la comarca del Alto Rey que, por estas fechas carnavaleras, se enseñorean como ellos solos saben hacerlo del amplio horizonte que sube desde Hiendelaencina hasta doblar la montaña en línea recta. El otro lado pertenece a otros diablos enmascarados, como el otro lado pertenece al hijastro de nuestro Alto Rey, al Ocejón.

Cada cual en la ciudad, como en los carnavales de Venecia, se disfraza como quiere, o como puede. Y cada cual, por nuestras sierras, rinde culto a sus ancestros. Y representa lo que para ellos es poco menos que sagrado. Y se echa encima la cuerna de sus bueyes, sus toros o sus vacas; se enristra los cencerros que dieron cuenta de donde pacían en noches de luna; se arrebolan los cobertores de sus mulas, como antes lo hicieron con los pellejos de sus cabras, y sobre ellos se echan las amugas que cargaron la leña y el grano, se forran la cara para que no los conozcan y salen a rondar las calles. Amorcar, corretear, danzar, pitear…, y todo aquello que se nos pueda ocurrir.

Reaparecieron, se había perdido entre los dobleces de la emigración, en 1988; de entonces acá cencerrean por estos remansos montañeros del Alto Rey majestuoso.

La comparsa formaba parte de las fiestas de mozos, ya que eran ellos los encargados de dar vida a los festejos, reuniéndose en la casa del concejo donde tenían lugar sus meriendas y desde donde salían con el fin de hacer sus rondas musicales entre el domingo gordo y el de piñata, participando únicamente los jóvenes que estaban a punto de entrar en quintas. Sin que, una vez disfrazados, hablasen entre ellos con el fin de no ser reconocidos. O hablaban, a golpe de pito, chiflo o silbato.

Las máscaras, que ahora son de arpillera, eran antes de animales de aquellos que, por estas tierras, se tildaban de salvajinos. Hoy todos se han domesticado, tanto que nos invitan con su gesto amable, sus cencerros, sus cuernos, sus chiflos, sus locas trotadas, sus colores y su rito ancestral, a conocerlos in situ. A ellos, y a su pueblo hermoso.

Mañana salen a rondar, con su zorramango y todo lo demás. Id y veréis que si les dais la caridad, como la tradición manda, se amansarán.

Son, con permiso de todos los demás personajes que por estos días nos vienen a ver, los ancestros más ancestrales de nuestro ancestral e ibérico carnaval. ¡Larga vida, y mucho cencerreo!


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