02/07/2021 / 18:37
Silvia Valmaña/Profesora de Derecho Penal UCLM


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Yo confieso

Ni envuelto en almíbares ni escondido en tibiezas es admisible el pronunciamiento de la CET ni el lío de monseñor Argüello, sobre los indultos del gobierno a los políticos condenados por graves delitos contra la convivencia en Cataluña y en España, con el argumento del perdón.


Dice el Evangelio de San Lucas que Jesús nos enseña el camino de la Misericordia con la máxima no juzguéis y no seréis juzgados, así que quiero comenzar este artículo diciendo que voy a intentar no hacer ningún juicio de opinión sobre algunos miembros relevantes del episcopado español que han revolucionado a su rebaño en estos últimos días por acción o por omisión. 

Viene esto a cuento de unas declaraciones, o la ausencia de ellas, en el seno de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española sobre la posición de los obispos catalanes en relación con los indultos. Y como no se trata de juzgar, sino de exponer los hechos, conviene precisar estos, que para hacer justicia hay que separar el trigo de la paja.

La presunta Conferencia Episcopal Tarraconense se ha pronunciado una vez más sobre la situación política y social en España. Hasta ahí, nada raro. Los católicos somos y debemos implicarnos en nuestra sociedad y, por lo tanto, nada de lo que nos ocurre es terreno vedado para la orientación de los obispos. Lo raro es que ese pronunciamiento surge de una organización que no existe, una conferencia que no tiene carta de naturaleza dentro de la Iglesia y cuya trascendencia no es jurídicamente mayor que la de unos obispos que quedan para “hablar de sus cosas” o para tomar café. 

Todo esto no habría quedado más que en la categoría de otra anécdota desagradable de los de siempre si no hubiera sido porque la falta de oportunidad, de mano izquierda o el deseo de agradar al jefe del portavoz de la Conferencia Episcopal Española, esta sí voz autorizada de nuestra Iglesia, no se hubiera enredado en las palabras diciendo lo que no quería decir, lo que no debía decir o lo que no podía decir, porque no representaba ni el pensamiento ni la voluntad de los obispos, como algunos de ellos han llegado a reconocer en público.

Ni envuelto en almíbares ni escondido en tibiezas es admisible el pronunciamiento de la CET ni el lío de monseñor Argüello, sobre los indultos del gobierno a los políticos condenados por graves delitos contra la convivencia en Cataluña y en España, con el argumento del perdón… Lo cierto es que me ha creado cierta confusión, porque recuerdo de memoria lo aprendido de niña para hacer una buena confesión y, además, intento ponerlo en práctica, que no siempre es fácil: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. 

  Lo que proponen los obispos catalanes es que nos olvidemos del catecismo y que en la vida civil apliquemos reglas más laxas que en nuestras conciencias. Que no exijamos arrepentimiento ni enmienda, ni confesión ni penitencia para alcanzar el perdón. 

Así que yo, a partir de ahora, voy a pedir que me indulten esos pecados de los que, a veces, me cuesta arrepentirme. Como aquél castellano viejo que acudía a su confesor y le decía: “Padre, me acuso de hablar mal de esta gentuza”.


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