23/01/2023 / 12:16
Redacción


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Babylon: Con el corazón en la mano y el delirio al volante


Triunfar no es lo habitual. El fracaso se repite de forma constante y cíclica. Cada gran avance va precedido y rodeado de dolorosas derrotas. Pocos son los que tienen la buena estrella de ser los elegidos y menos aún los que no se bajan nunca de ese pedestal.

Damien Chazelle lo sabe... y respeta a los perdedores que se quedaron por el camino, a los fantasmas del celuloide, a esos amigos que murieron decadas antes de que nosotros naciéramos, que quizás no terminaron sus días de la mejor manera, pero que aún así nos han acompañado en cada una de las etapas de nuestra vida, esos que algún día presentaremos a nuestros hijos.

Babylon es el reverso tenebroso, realista y romántico (sí, romántico) de Cantando bajo la lluvia. Donde aquella casi se mofaba de quienes perdieron fama y trabajo, pasando de estrellas a hazmerreir, ésta sufre. Chazelle es Manny, un enamorado del cine que acabará desarrollando una carrera en la industria y siendo testigo del fracaso propio y de sus seres queridos, pero también el niño que sigue llorando cada vez que se apagan las luces de la platea. La suya es una historia de amor tóxica, no con el personaje de Nellie LaRoy, excepcionalmente interpretado por Margot Robbie, sino con el séptimo arte. Cómo dejar de amarlo si atesora todos nuestros sueños e ilusiones.

De forma consciente o inconsciente, Chazelle establece un diálogo delirante con el cine, tanto con el suyo propio como con producciones sobre temáticas similares. ¿Acaso se puede desligar esa alocada y excesiva fiesta que abre la película de la orquestada por Baz Luhrman en el Gran Gatsby? ¿Son esos acordes que suenan los mismos que rodeaban La la land, la historia en la que el amor cedía paso al triunfo profesional? ¿No se colaba ya una actriz interpretada por Margott Robbie en una sala de cine en Érase una vez en Hollywood? ¿Ese músico obsesionado con la perfección no es un trasunto del profesor psicópata de Wiplash? ¿Y este momento, no es un plagio de Cinema Paradisso?

Sus personajes bien podrían adornar las páginas finales de El lobo estepario, pues su historia no es más que la del cambio de una época en la que la inmoral ingenuidad de quienes estaban descubriendo un arte terminó convertida en soledad, delirio y tragedia al no saber adaptarse a las exigencias del puro y duro negocio. 

Chazelle abre su película con una fiesta excesiva y soez con la que corre el riesgo de alejar al espectador, pero su honestidad se antepone al miedo. Sabe que necesita ese exceso despojado de nostalgia para dar sentido a todo lo demás, al giro hacia la corrección política que también expone la doble moral de la industria y la sociedad que la arropa. En la cámara del director reconocemos su habitual fusión de música y montaje, pero también un nervio propio de Lhurman y Oliver Stone asociado a situaciones rocambolescas que bien podría haber ideado Tarantino.

Todo en Babylon es puro cine, puro caos, puro espectáculo. Resulta difícil encontrar cohesión al conjunto más allá del respeto y amor por los derrotados y de una certeza: volveríamos a amar al cine. Unos, porque les hizo inmortales. Otros, porque nos hace soñar. Babylon no se razona, se siente, se queda en la cabeza y más aún en las entrañas. Es cine de culto, imprescindible, visceral. Si hay que plantar cara a las plataformas, si debemos seguir teorizando sobre el futuro de las salas y combatiendo su cierre que sea con productos como éste, que van con el corazón en la mano, que ofrecen un espectáculo valiente, aunque sea imperfecto, y libre. Larga vida a Jack Conrad, porque ya ha logrado pasar a la historia.

 


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