09/12/2018 / 13:45
Jesús Orea


Imagenes

¿Calle Mayor o de la amargura?

La familia Hernando, titular de las dos últimas confiterías tradicionales que permanecían abiertas en la calle Mayor, y que, además contaban con obrador propio,llegó a Guadalajara en 1880. 


Que nadie se sobresalte por este titular que, lo confieso, tiene un cierto toque entre amarillista y sensacionalista. No, el ayuntamiento de Guadalajara no está pensando en cambiar el nombre de la calle Mayor y menos por el de la amargura, aunque hay no pocas poblaciones en España -Madrid y Málaga son dos de ellas-, varias de Guadalajara -por ejemplo, Trillo-, que tienen una calle de la Amargura. Incluso es muy conocida una expresión popular de uso generalizado que, cuando a alguien le hacen sufrir, dice que le “traen por la calle de la amargura”. Hay distintas teorías sobre el origen de este nombre de calle tan singular, pero el más probable es que las vías así denominadas formaran parte del recorrido, o condujeran a ellos, de los montes calvario o vía crucis que había en muchas ciudades y pueblos -en Guadalajara estaba en el paseo, precisamente, conocido como de las Cruces-, recordando los padecimientos de Cristo, su amargura, camino de la cruz.

Dicho esto, ya procede explicar el titular del “Guardilón” de este mes: como bien saben nuestros lectores, desde el día 19 del pasado mes de noviembre, la calle Mayor de Guadalajara ha dejado de tener negocios de pastelería en los que se vendan bizcochos borrachos alcarreños, después de más de siglo y medio siendo el dulce típico de la ciudad y aún de la provincia, pues también se ha producido y vendido -y, en algún caso, aún se sigue haciendo- en otras localidades como Alcolea del Pinar, Azuqueca de Henares, Brihuega, Pastrana, Sigüenza o Tendilla. El antónimo de la dulzura es la amargura y, al desaparecer de la calle Mayor capitalina nuestro dulce por excelencia, he jugado con ese lamentable vacío -al menos para los golosos- y lo he llevado al titular de este artículo.

Las dos últimas confiterías que producían en su propio obrador y vendían en sus dos establecimientos de las calles Mayor y Miguel Fluiters -ésta también llamada, previamente, Mayor Baja-, pertenecían a la familia Hernando y sus nombres comerciales eran “La Flor y Nata” y “Hernando (antigua casa Guajardo)”. Según lo antedicho, mediado noviembre han cerrado estos dos últimos negocios, por razones de viabilidad económica según han explicado sus propietarios, desapareciendo con ellos una significativa parte de la señera huella que las confiterías, y muy especialmente su producto local estrella, los bizcochos borrachos, han dejado desde mediado el siglo XIX en la calle Mayor de Guadalajara.

Como decíamos, el origen de los bizcochos borrachos arriacenses parece estar datado a mediados del siglo XIX y su creador fue Félix Suárez, iniciador de una larga y ancha saga de confiteros y pasteleros locales. Este pionero confitero tenía entonces establecido su negocio en la plaza de San Gil, aunque después también comenzó a vender sus bizcochos en la fonda del barrio de la Estación, principal puerta de entrada y salida de la ciudad de aquel tiempo, aún sin coches. Muchos de los usuarios del tren -que conectó Guadalajara con Madrid en 1859-, fueron los cadetes de la Academia de Ingenieros, extraordinarios aliados en la expansión de la fama y el consumo de los borrachos alcarreños pues se convirtieron en el presente por antonomasia que llevaban a sus familias cuando, con permiso, marchaban a visitarlas. Los mismos guadalajareños pronto asumieron este dulce como algo propio, a la par que delicioso, pasándolo a producir todas las confiterías de la ciudad que progresivamente se fueron abriendo, muchas de ellas, precisamente, por la oportunidad de negocio que ofrecía este delicioso pastelillo que degustó, con deleite y aprobación, hasta el mismísimo rey de España, Alfonso XII, cuando vino a la capital en 1879 a inaugurar el Colegio de Huérfanos de la Guerra, que hasta la Guerra Civil permaneció en el palacio del Infantado.

 

Tras la confitería de Félix Suárez, rápidamente alcanzó también fama la comercialmente llamada de La Rosa, fundada por Fernando Criado, cuyos bizcochos borrachos y otros pasteles y dulces se vendían en el obrador que abrió en la entonces calle Mayor Alta y que, años después, traspasado, sucesivamente regentarían y llevarían el nombre, entre otros, de Víctor Saldaña y Manuel Villalba, cerrando definitivamente cuando este último era su titular, tras su enfermedad y fallecimiento, que acaeció en 1995. Aunque me desvíe un momento del eje argumental de este artículo, no me resisto a contarles una anécdota relacionada con el bueno de Manolo Villalba, un gran guadalajareño con orígenes en Almoguera, y sus bizcochos borrachos, si bien su magnífico maestro pastelero, Antonio Ferrero Boya, destacaba especialmente por las riquísimas trenzas de hojaldre que elaboraba. Vayamos ya con la anécdota: Manolo era amigo desde la infancia de Miguel Picazo, el gran cineasta, jienense de nacimiento pero que vivió gran parte de su mocedad en Guadalajara, y cuando éste vino a la capital alcarreña a filmar una de sus películas, “Los claros motivos del deseo”, quiso situar una escena en la pastelería de su amigo Villalba, que también hizo un cameo en ella. Después de largo tiempo de filmación, iluminando la escena unos potentes focos, éstos terminaron por achicharrar y echar a perder todos los dulces que había en el escaparate, especialmente los bizcochos borrachos, cuyo típico licorcillo acabó rezumando por el exterior de las cajas y después evaporándose.

Retomamos el hilo que traíamos. Curiosamente, los bizcochos borrachos que fueron premiados en la primera Exposición Provincial, celebrada en 1876, fueron los de La Rosa, mientras que su creador, Félix Suárez, tuvo que esperar dos años y recibir este galardón en la Exposición Provincial de 1878. Las exposiciones provinciales se celebraban en aquella época, y en la inmediata posterior, en el entorno del desaparecido Convento de los Paúles, al que, desde 1883, se sumó el palacio de la Diputación Provincial. La calle que queda a uno de sus costados, el izquierdo según se mira a la fachada, se llama de la Exposición por esta causa.

La familia Hernando, titular de las dos últimas confiterías tradicionales que permanecían abiertas la calle Mayor y que, además, contaba con obrador propio, llegó a Guadalajara en 1880. Fue el bisabuelo de los últimos propietarios de “La Flor y Nata” y “Guajardo”, Antonio Hernando Guajardo, quien en ese año se avecindó en la ciudad, procedente de Alhama de Aragón (Zaragoza), donde su familia regentaba un conocido balneario, situado junto a las también populares termas de Matheu. Guajardo abrió, inicialmente, una taberna en la zona de Santa Clara, pero en torno a 1900 se hizo cargo, por traspaso, de la confitería de Luis Suárez, uno de los hijos del creador de los bizcochos borrachos. Desde ese mismo momento y hasta el de su reciente cierre, este establecimiento ha sido popularmente conocido como “Casa Guajardo”. A principios del siglo XX, entre las calles Mayor Alta y Baja, había abiertas cinco confiterías: Las de Romana González (Alta, 4), Faustino Rodríguez (Baja, 21), Anastasia Rodríguez (Alta 30), Hilario Suárez (Alta, 20) y la ya citada de Luis Suárez, en Mayor Baja, 19. En una ciudad que apenas contaba entonces con poco más de 10.000 habitantes, había abiertos hasta 14 negocios de confitería y asimilados: 7 confiterías -además de las cinco de la calle Mayor, había otras dos, una en Bardales y la otra en la Plaza de González Hierro-, 3 bollerías, 2 buñolerías, 1 molino de chocolate -el de Lucas Velasco, en Mayor Baja, 22- y 1 horchatería.

Hoy, de todos estos establecimientos, solo queda el rastro de la memoria, no tan lejana en algunos casos, pues muchos aún recordamos La Menorquina -con su orondo regente siempre a las puertas, vestido con su sempiterno mandil blanco-, el ya recordado de Villalba, el que también tuvo la familia Hernando durante un tiempo en el Jardinillo -que era pastelería-cafetería y estaba junto al Bar Regio-, el de Campoamor -que ahora es un bonito bar, La Favorita, recuperando su nombre inicial-, el de Moya -que ahora ocupa una administración de lotería y que fue otra confitería pionera que nació con el nombre de “La Madrileña”- y los previamente citados de La Flor y Nata y Hernando (antigua Casa Guajardo).

La imagen que complementa este texto es una añosa caja de hojalata litografiada de la confitería de Guajardo. En este tipo de envases se solían presentar antiguamente -y muy bien, por cierto- los bizcochos borrachos, hasta que les sucedieron las cajas de cartón. Termino, intencionadamente, recogiendo el texto que se podía leer en el interior de las últimas cajas en las que los establecimientos Hernando vendían sus dulces y ricos, ricos bizcochos borrachos: “La dulcería tradicional es un orgullo para Guadalajara. Los bizcochos borrachos de Hernando, son un símbolo de ese orgullo”. A ese tipo de orgullo, no altivo, no hay candado ni puerta que le eche el cierre.


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