06/06/2021 / 12:41
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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Centenario sufragista

La vida de Carmen Burgos daría para escribir varias Vindicaciones, así que, muy sucintamente diremos que además de su labor docente, fue una fecunda escritora y pionera del periodismo, siendo la primera periodista profesional acreditada en España y la primera corresponsal de guerra.


Si les preguntara qué acontecimiento conmemoramos el reciente 31 de mayo, creo que la mayoría respondería que el Día de nuestra región, Castilla-La Mancha. Sin embargo, a pesar de que haya pasado prácticamente desaparecido, esa fecha también ha sido la del centenario de un evento muy especial: la primera vez que en España se convocó una protesta pública en favor del sufragio femenino.

Efectivamente, en este 2021 se han cumplido cien años de la primera manifestación abiertamente sufragista, la cual tuvo lugar frente al Congreso de los Diputados. La convocatoria la realizaba la Cruzada de las Mujeres Españolas, liderada por la inigualable Carmen de Burgos y Seguí, vinculada a Guadalajara por haber sido durante los primeros años del siglo XX profesora de su Escuela Normal de Maestras.

La vida de Carmen de Burgos daría para escribir varias Vindicaciones, así que, muy sucintamente, diremos que además de su labor docente, fue una fecunda escritora y pionera del periodismo, siendo no solo la primera periodista profesional acreditada como tal en España, sino también la primera corresponsal de guerra cuando El Heraldo la envió a cubrir la Guerra de Marruecos.

Además,De Burgos, también conocida por su pseudónimo periodístico Colombine, padeció violencia de género en una época en la que no existía este término que nos ha permitido identificar mejor el concepto. Ni tan siquiera estaba aprobado el divorcio, una de las principales reivindicaciones feministas de entonces, pues se trataba tanto de una cuestión de libertad individual, como de la posibilidad de dar fin a un matrimonio vil y funesto.

Y es que las feministas españolas de hace una centuria no solo reclamaban derechos políticos, enseña del paso del régimen liberal al democrático; también aspiraban a ser ciudadanas plenas con capacidad para disfrutar de los derechos civiles, sociales y educativos que ya gozaban los hombres e incidir en la vida pública, desprendiéndose, por fin, del lastre de ser el resignado «ángel del hogar» subordinado al marido.

Retrato fotográfico de Carmen Burgos, 1901. Fuente: Centro de Estudios Andaluces.

Al término de esa emblemática concentración sufragista de 1921, relatan las crónicas del momento que una representación de las manifestantes fue recibida por el presidente de la Cámara Baja, a quien se le entregó  un documento −suscrito por numerosas mujeres de todas las clases sociales y ocupaciones− mediante el que se solicitaba además del voto, la eliminación de la distinción entre mujeres y hombres en los casos de adulterio; la composición paritaria del jurado; la desaparición de la figura de las hijas e hijos ilegítimos; igualdad salarial y acceso a todos los cargos, empleos y carreras; y algo que, como el punto anterior, por desgracia sigue estando vigente: la abolición de la prostitución.

La manifestación aconteció en medio de un ambiente festivo y popular, en el que las participantes repartieron folletos con sus planteamientos por los alrededores del Congreso de los Diputados. En general no cayeron mal, salvo a sectores muy reaccionarios que pensaban que las organizaciones feministas aconfesionales favorecían el anticatolicismo, el socialismo y la masonería (en esto último desencaminados no iban, pues una gran parte de las principales sufragistas eran masonas. Por cierto, qué gusto me da poder hablar de esta sociedad libre de los estereotipos difundidos por el aciago régimen franquista). No obstante, la dictadura de Primo de Rivera truncó el progreso de estas aspiraciones, las cuales no se retomaron hasta la llegada de la Segunda República.

Aunque el feminismo en España se desarrolló más lentamente y con menos intensidad que en otros países, en torno a los años veinte ya se encontraba bastante articulado. Así, en 1920, el año anterior al de la manifestación que desde estas líneas festejamos, se convocó en Ginebra el VIII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, donde se aprobó la que nuestras antepasadas llamaron Carta de la Mujer, un programa internacional que sirvió, sin duda, de inspiración a la Cruzada de Mujeres Españolas para confeccionar su declaración fundacional y, después, su manifiesto callejero.

A este congreso internacional acudió una representación de las principales organizaciones feministas de España por primera vez (¿se han percatado de cuántas primeras veces estamos relatando en este artículo?), incorporando de esta manera la perspectiva del movimiento sufragista universal. Qué pena que el congreso sufragista no llegara a celebrarse en Madrid tal y como estaba previsto y para lo que trabajaron arduamente las organizadoras, pero la falta de colaboración del gobierno, la oposición de la influyente Iglesia y, hay que decirlo, la desunión de las feministas españolas hizo que tan buen propósito acabara fracasando.

En fin, me temo que a punto estoy de rematar el espacio dedicado a esta sección. ¡Son tantas las cosas de la manifestación sufragista del 21 que me gustaría seguir compartiendo con ustedes! Desde la condescendencia con la que la muchos de los políticos se dirigieron a estas audaces mujeres, hasta la consideración que algunos tipejos tenían de las sufragistas inglesas, a las que definían como misses feas, desgreñadas y mal vestidas. En fin, si les gusta el tema igual podríamos seguir otro día; por mi parte les confieso algo: me apasiona.


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