01/11/2019 / 18:07
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Contractura social

“Nos estamos instalando en una excepcionalidad que se está convirtiendo en normal. Porque no la tratamos. Terminaremos como ‘El Tito’”


Me piden desde la redacción del periódico que anticipe la entrega de esta Raposera porque la edición se cierra con antelación con motivo del puente de todos los Santos. Como verán, este colaborador no trabaja con “enlatados”.  Envía sus reflexiones al albur de la actualidad y con la ligereza de una pluma en el viento. 

Y a punto he estado de faltar a mi compromiso, pues una contractura dorsal de esas que te dejan más rígido que una escultura de Benlliure, casi echa mi buena predisposición al traste. Pero aquí me encuentro, con la manta eléctrica y algunos pastillazos que hoy me han proporcionado en urgencias. Espero que mitiguen el dolor y no la mente que, por lo pronto, me ha buscado un argumento para esta reflexión. 

La doctora que me atendió dice que padezco una “cervicodorsalgia aguda” –a mi no me importa que desvelen mis lesiones, no como el jeta de Garet Bale-, yo le llamo contracción muscular que jode bastante. Me pasa lo mismo que con Cataluña, contractura social –que no fractura- que jode bastante. La médico me dice que me la trate, con fármacos y calor. Y yo digo que lo de allí también hay que tratarlo. Yo estoy siendo disciplinado pero con Cataluña no veo a nadie tratar nada. Resucitados los nostálgicos con la portabilidad del dictador, será que su espíritu le está aconsejando a Sánchez lo que él mismo recomendaba a sus leales: “Haga lo que yo, no se meta en política”. 

Nos hemos instalado en un excepcionalidad que se está convirtiendo en normal. Porque no la tratamos. Terminaremos como “El Tito”, singular personaje seguntino que por no cuidarse terminó andando sin pierna y cargando sin espalda. Vendía periódicos a comisión por la calle, principalmente el ABC,  y en una inspiración de su cabeza ante tan maltrecho cuerpo, un día se le ocurrió anunciar como exclusiva, “extra, extra, el parto de la Fabiola”, la reina española de los Belgas, que, como todo el mundo sabe, nunca tuvo hijos.  

   Y en esa contractura social no tratada a la que asistimos, hoy me apena especialmente, probablemente por mi condición de hijo y nieto de catedráticos,  el bochorno en la universidad catalana. Se ha impedido el acceso de multitud de alumnos a sus aulas, al templo del conocimiento que en lugar de estar tutelado por quienes lo difunden –puestos de perfil- ha sido mancillado por irracionales encapuchados preparados para la muerte de la inteligencia, apelando a Unamuno. 

Contractura social que inmoviliza miembros, que agudiza el dolor, que impide el movimiento, que evita el moverte con libertad. ¿Dónde está la ciencia, quién puede tratarla?

Sociedad mermada que volverá a votar en un pronóstico del CIS que, aquí sí, ha dilatado expectativas de quien paga y contraído esperanzas de quien sufraga. Será universal, como el diluvio de un nuevo bloqueo. Me vuelvo a la cama. No hay mejor alternativa. A ver si tratándome la contractura vuelvo a ser optimista, aunque sea moderadamente. 


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