Eclipses y milagros celestes en Guadalajara


Poco a poco se va acercando la fecha del 12 de agosto de 2026, cuando podremos ver, en gran parte de nuestra provincia, el esperado eclipse solar. No es un fenómeno habitual, y se entiende la expectación que está generando. 

 Muchos de nuestros pueblos estarán a reventar ese día, en el que miles de personas miraremos al cielo al mismo tiempo.

El cielo. Siempre generando esa curiosidad y esa fascinación en nosotros a lo largo de la historia. Con los avances científicos, ahora al menos sabemos lo que sucede, pero imagine el lector a los campesinos de hace siglos, cuando observaban eclipses, cometas, estrellas fugaces y cualquier tipo de fenómeno astronómico. Para ellos, muchas de estas cosas eran mensajes de Dios, aunque no fueran capaces de descifrarlos.

Por ello, es normal que cualquier anormalidad en el cielo se atribuyera a un milagro ¿qué otra cosa podría ser un eclipse, por ejemplo, a ojos de un campesino de hace siglos? Aquí en Guadalajara tenemos muchos ejemplos en ese sentido, pero quizá el más interesante es el llamado caso de los “Tres Soles” de Cifuentes. Tres, sí, ha leído usted bien, pero ¿cómo puede ser?

Nos remontamos a febrero de 1672. Era una mañana helada en el municipio alcarreño. A pesar del frío y de que era muy pronto por la mañana, cientos de vecinos se habían congregado para celebrar el día de San Blas, y para acompañar a la Virgen en la tradicional procesión que iba hacia la cueva del Beato.

Todo marchaba con normalidad, quitando lo del frío gélido que obligaba a los cifontinos a cobijarse bajo sus mantas. Aquella gente era dura, campesinos de la Alcarria de los de antes, que no se acobardaban ante nada, pero entonces, sucedió algo muy extraño. Uno de ellos alzó la cabeza al cielo cuando la procesión pasaba por el cementerio, y quedó paralizado por el miedo. En seguida, muchos otros miraron también hacia arriba, y los cantos religiosos pararon en seco ¿qué era aquello que se veía en el firmamento?

Un ejemplo de parhelio.

Los testigos fueron muy claros cuando las autoridades les preguntaron. En el cielo, todavía rojizo por estar al amanecer, se distinguían claramente tres soles. Tres. Uno al lado del otro. Los tres astros estaban unidos por una especie de arco iris, que les mantenía juntos, como si fuera una cuerda. Alrededor de ellos, se distinguían varias figuras, como medias lunas, que daban al conjunto un aire sobrecogedor.

¿Podría haber sido algún tipo de alucinación colectiva? ¿acaso les duraban los efectos del vino de la noche anterior? Imposible. Eran demasiados testigos diciendo lo mismo, y además, el fenómeno duró unas tres horas. Tiempo más que suficiente como para que todos supieran que no se lo estaban imaginando.

La noticia corrió como la pólvora por toda la Alcarria ¿Era aquello un milagro? ¿Qué otra cosa iba a ser? Justo el día de San Blas, para más señas. Demasiadas coincidencias.

Pronto aparecieron por allí las autoridades civiles y eclesiásticas para investigar el suceso. Y de hecho se conserva un precioso documento del alcalde de Cifuentes, Juan Agustín de Vergara, que redactó un informe para mandarlo a Madrid. El texto del alcalde, con su llamativo estilo burocrático, no deja lugar a dudas de lo que se vio aquella mañana “dicen que se aparecieron inopinadamente en el aire tres soles a la vista como al sol natural, distintos del uno en medio y otros dos a los lados, cuyos rayos se unían unos con otros y de estos salieron unos resplandores en el modo y color de un arco iris que desde dicha ermita de San Blas cercaban el término de esta villa. Y debajo de los tres soles asimismo se vieron en el aire y encima de dicha ermita dos medias lunas vueltas las espadas y más abajo de ellas un arco describiendo una saeta de lunas”.

Castillo de Cifuentes.

El informe del alcalde, junto con las declaraciones de testigos, no dejaban duda alguna: los tres soles no fueron un invento. Allí estaban. Pero no fue un milagro, sino un fenómeno atmosférico muy raro de ver: el parhelio.

¿Qué es eso del parhelio? Se trata nada menos que de un efecto óptico que se produce cuando hace mucho frío, como aquella mañana de febrero, y el aire está lleno de minúsculos fragmentos de hielo en la atmósfera. Cuando la luz solar pasa a través de la capa de cristalitos de hielo, ésta se refleja, creando, a ojos del espectador, copias del sol original. Algo parecido a lo que pasa con el arco iris, que es otra ilusión óptica, pero en este caso con hielo flotando en el aire. El fenómeno es ciertamente excepcional, porque requiere de temperaturas extremas, muy por debajo de cero grados, la presencia de nubes altas, y por supuesto que el sol esté a una altura y distancia adecuadas para generar este efecto en los ojos del espectador.

Un fenómeno más propio de las regiones escandinavas, donde podemos ver también las auroras boreales, pero que pudo verse en Cifuentes aquel día. Hay que recordar que el siglo XVII fue una especie de pequeña Edad del Hielo en la península ibérica, y que en esas décadas el frío invernal era muchísimo más intenso que ahora. Claro está, todo esto que explicamos se entiende gracias a la ciencia moderna. Los vecinos de Cifuentes del siglo XVII siguieron convencidos de que aquello no podía ser sino un milagro de San Blas, y no creo que ningún científico pudiera hacerles cambiar de idea.