'Guadalajara rebelde (siglos XI-XX)', una enmienda a la historia oficial

13/06/2026 - 11:57 Pedro Aguilar

El libro se convierte así en un magnífico ejercicio de “historia desde abajo”, una corriente que, como bien señalaba el célebre historiador marxista de la escuela británica, Edward Palmer Thompson, busca “rescatar a los marginados de la condescendencia de la posteridad.

“Quisieron hacernos creer que nuestros antepasados solo salieron a la calle con ocasión de romerías, fiestas de toros o encuentros deportivos”, comentan Enrique Alejandre y Javier Plaza en su magnífica obra Guadalajara rebelde (siglos XI-XX), pero a lo largo de las algo más de 500 páginas de su libro, se empeñan en demostrar que eso no fue así, que hubo motines, huelgas, plantes y muertos en nuestra provincia reivindicando justicia, casi siempre contra el reparto establecido del trabajo y de sus frutos. Pero la historia, escrita siempre desde arriba, casi nunca ha dado cancha al esfuerzo de los “invisibles”, entre otras razones porque en contadas ocasiones los esfuerzos sirvieron de algo. Con este libro, es como si se hubieran quemado los archivos de palacio y se escribiera de nuevo la historia provincial, o casi.

Durante generaciones, la historiografía oficial ha tratado el pasado como un gran escenario exclusivo para reyes, obispos y grandes linajes. En el caso de Guadalajara, esa mirada aristocrática ha sido especialmente asfixiante: el relato oficial parecía nacer y morir bajo la alargada sombra de la familia Mendoza, reduciendo a la provincia a un mero decorado pasivo, un feudo sumiso resignado a los designios de los señores del Palacio del Infantado. Sin embargo, la publicación de Guadalajara rebelde (siglos XI-XX), dinamita este mito, operando una necesaria y demorada revolución copernicana en nuestra memoria local.

La absoluta novedad y el valor disruptivo de este ensayo radican en su enfoque metodológico: desbancar a los poderosos del centro de la narración para otorgar el protagonismo histórico a quienes siempre les fue negado: los campesinos extenuados, los artesanos gremiales, las mujeres trabajadoras y los mineros en huelga. El libro se convierte así en un magnífico ejercicio de “historia desde abajo”, una corriente que, como bien señalaba el célebre historiador marxista de la escuela británica, Edward Palmer Thompson, busca “rescatar a los marginados de la condescendencia de la posteridad”. Plaza y Alejandre demuestran que Guadalajara no fue siempre un remanso de paz feudal, sino que, en ocasiones, se convirtió en un polvorín de tensiones constantes y de resistencia popular latente a lo largo de casi mil años. Otra cosa es que los esfuerzos llegasen a buen puerto, algo que casi nunca sucedió.

El viaje cronológico que proponen los autores está minuciosamente documentado a través de archivos nacionales y provinciales, rescatando retazos de memoria que la historia hegemónica prefirió no mirar. Desde la sorprendente “democracia medieval” de las comunidades de villa y tierra -cuyas asambleas populares poseían una capacidad de autogestión que desafía la supuesta oscuridad de la Edad Media- hasta el estallido comunero en el atrio de San Gil, el libro traza un hilo rojo de dignidad. No se obvian las revueltas contra la asimilación señorial, los motines provocados por las injustas subidas del pan en Sigüenza o Molina de Aragón, ni el rugido obrero de la mina de Hiendelaencina en 1854, culminando con el despertar de la conciencia de la mujer trabajadora antes y durante el trágico final de la Guerra Civil en 1939.

Esta transformación de los “invisibles” en sujetos activos del cambio social, histórico y político entronca de lleno con un hecho sociológico incuestionable: el enorme interés que nobles y caciques, señores y señoritos han tenido siempre en sepultar las revueltas del pueblo. El silencio historiográfico no es casual; es un mecanismo de control. Al privar a las clases populares de sus referentes de lucha del pasado, se les arrebata la fe en su propia capacidad de transformación en el presente. La memoria de los desposeídos es peligrosa porque demuestra que el orden establecido nunca ha sido estático ni consensuado, sino permanentemente contestado.

En Tesis sobre la filosofía de la historia, Benjamin explica que las clases dominantes no solo controlan el presente, sino que intentan adueñarse de la memoria del pasado. Si los dominadores logran que el pueblo olvide que sus antepasados lucharon y se rebelaron, consiguen que el orden actual parezca “natural” e inevitable. En la misma línea, el historiador británico Edward Palmer Thompson defendía que recuperar la memoria de las luchas de los tejedores, artesanos y comunidades del pasado no era un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para que los trabajadores del presente se reconocieran como un sujeto colectivo con poder para cambiar las cosas. Es evidente que el mensaje de este volumen no esconde su cercanía a los postulados de estos dos marxistas, eso sí, heterodoxos y críticos con el marxismo dogmático y clásico. La intención de sus autores queda clara desde el principio, pero su trabajo no se limita a una declaración de intenciones sino que profundiza y se empeña en demostrar con documentos, que todo cuanto se afirma que ocurrió, ocurrió en verdad y queda claro y demostrado por qué ocurrió, para qué y contra quién.

En alguna ocasión, leí que si la historia ha de ser creativa, debe anticipar un futuro posible sin negar el pasado. Debe poner el acento en aquellos momentos del pasado en que los seres humanos mostraron su capacidad de resistencia. Eso es exactamente lo que logra Guadalajara rebelde (siglos XI-XX). Con una prosa objetiva y amena, despojada de la frialdad académica y de la complacencia institucional, esta obra nos obliga a mirar el paisaje alcarreño de otra manera.

Este libro no es solo una adición al catálogo histórico de la provincia; es una enmienda a la totalidad, un acto de justicia poética y científica que devuelve la voz y el rostro a los miles de hombres y mujeres cuyos nombres no figuran en los libros de texto, pero cuyas manos moldearon, a golpe de motín, huelga y utopía, la Guadalajara que hoy conocemos. Una lectura imprescindible para completar la historia de nuestra provincia con una perspectiva que, o no teníamos o apenas estaba esbozada, y para entender que la sumisión es un mito fabricado, la rebeldía siempre ha sido nuestra condición de frontera.