Un fantasma en el castillo de Sigüenza


Blanca era una princesa francesa que tenía apenas 14 años cuando su padre le comunicó la noticia. Había sido prometida nada menos que al rey de Castilla.

 Por supuesto, ella no sabía nada, ni conocía a su futuro marido. Todo era cuestión de política, y su papel en todo esto era obedecer, aceptar su destino y darle a su futuro marido muchos hijos. Así funcionaban las cosas en el siglo XIV.

Podemos imaginar el pavor de aquella niña, cuando comprendió que sería separada de su familia para siempre, y que se iría a vivir a una corte extraña, en la que se hablaba un idioma que ella no comprendía. Además, corrían rumores de que el rey, su futuro marido, había sufrido una extraña enfermedad de niño que le había dejado deformidades físicas y un punto extraño de locura. Algunos le llamaban Pedro “el cruel”, por su personalidad iracunda. Cuando algo le irritaba, reaccionaba con violencia, y toda la corte castellana vivía temerosa de la conducta violenta del monarca. La pobre Blanca hacía bien en estar preocupada. Su vida iba a cambiar, y no para mejor.

El matrimonio era la forma de sellar la alianza entre Francia y Castilla. Los franceses estaban metidos de lleno en la famosa guerra de los Cien Años contra Inglaterra, y necesitaban ayuda militar. Castilla, por su lado, estaba dispuesta a prestarla. Francia era un poderoso amigo, y además estaba el tema de la dote de la boda: a cambio de esposarse con Blanca, el rey Pedro se embolsaría una suculenta cantidad de dinero francés, que le venía muy bien para cuadrar sus cuentas. Todos ganaban, menos Blanca, que trató de resistirse sin éxito.

Patio del castillo de Sigüenza.

Así las cosas, en junio de 1353 tuvo lugar la boda en Valladolid. Las cosas comenzaron mal: el rey estaba enamorado de María de Padilla, una noble con la que ya había tenido un hijo, y los franceses no habían entregado el primer plazo de la dote. Pedro estaba muy enfadado, y tras la boda se marchó rápidamente de Valladolid sin decir nada a Blanca. Mientras el rey pasaba los días con su amante, la joven francesa se quedó completamente sola. Repudiada por su nuevo marido tras apenas tres días de matrimonio.

Aquí es donde entra la política en acción. Algunos nobles, descontentos con Pedro, vieron en la joven reina una baza política. Si conseguían apoyarla y darle poder, podría ser un instrumento muy útil para ellos. La reina comenzó a recibir apoyos de muchos aristócratas, que pretendían usarla como una excusa para la rebelión. Sus argumentos: que el rey Pedro era muy cruel, y que había abandonado a su esposa para irse con su amante, y que ellos, nobles caballeros, debían enfrentarse al monarca para defender el honor de la joven doncella. Todo era mentira, claro, pero de esa manera la aristocracia tenía un argumento para rebelarse. Un argumento que el pueblo llano apoyó totalmente, porque ¿quién no querría proteger a una princesa en apuros?

Pedro vio la jugada de sus opositores, y decidió cortarla por lo sano. Si la nobleza quería usar a la reina contra él, la solución era esconderla lejos de todos. En un principio la recluyó en Medina del Campo y Toledo, pero ante el enfado del pueblo decidió buscar un lugar mucho más seguro para encerrarla: el castillo de los obispos de Sigüenza, donde quedó recluida durante cuatro años, lejos de las miradas de todos. Como una delincuente.

Pero ese encierro no ayudó nada a los intereses de Pedro. Sus opositores convirtieron a Blanca en un símbolo. Una mártir. Una víctima de la locura de un rey al que había que destronar. La crueldad de Pedro justificaba un levantamiento general, y los enemigos de Pedro comenzaban a afilar las espadas. Entre ellos comenzaba a destacar uno en especial: su hermanastro Enrique de Trastámara, que deseaba ser rey por encima de todo.

Pedro I de Castilla.

La situación de Blanca en Sigüenza empeoraba cada día, al mismo tiempo que la posición política de Pedro se iba haciendo cada vez más inestable. No era solo la nobleza la que amenazaba con levantarse contra el rey. También los franceses, preocupados con la situación, exigían que se la liberase. Incluso el papa de Roma amenazó con la excomunión, indignado porque un rey cristiano andase con su amante mientras su esposa legítima vivía encerrada en un castillo.

Al final la guerra civil estalló. Enrique de Trastámara, apoyado por los nobles rebeldes y Francia, se levantó en armas, sumiendo a Castilla en la anarquía. Pedro I, temeroso de que Enrique pudiera liberar a Blanca asaltando Sigüenza, decidió trasladarla al sur. Primero a Jerez de la Frontera, y luego a Medina Sidonia. Allí falleció con apenas 22 años. Quizá debido a las penalidades de su cautiverio, o quizá envenenada por orden del rey. Nunca lo sabremos. La noticia corrió como la pólvora por toda Castilla y por las cortes europeas. Pedro era el hombre más odiado del momento, y cuando finalmente perdió la guerra civil contra Enrique, muchos sintieron que se hacía justicia a la pobre Blanca. Ella pasó a la historia como una víctima, y él quedó para siempre con el apelativo de “el cruel”.

Los ecos de la joven reina todavía resuenan en Sigüenza. Su castillo ha quedado marcado por aquel cautiverio. Hay quien dice que, tras su muerte, su espíritu regresó a Sigüenza, y que todavía hoy vaga por las estancias del castillo, maldiciendo su triste destino. Algunos incluso han escuchado sonidos de lamentos y ruido de cadenas por las noches ¿será verdad o un cuento para turistas?