La primera catedrática de la historia, de Atienza
La ignorancia que tenemos respecto a la vida de Luisa llega hasta el punto de que algunos autores duden incluso de su nombre, confundiéndolo con el de Lucía.
Estamos acostumbrados a ver como los historiadores antiguos han tratado de ningunear a las mujeres de todas las formas posibles, bien negando sus méritos, bien atribuyéndoselos al varón más cercano a ellas, o bien haciendo referencia a sus supuestas malas artes. Afortunadamente, y muy poco a poco, se van sustituyendo esas antiguas crónicas por modernas biografías que ponen a estas personas en su justo lugar. Todavía queda trabajo por delante para hacer justicia, y es posible que en algunos casos ya lleguemos tarde, porque ¿cómo hacemos para recuperar una figura histórica cuya obra fue destruida en vida para condenarla al olvido? Ese es el caso de Luisa de Medrano, cuya existencia nos era casi desconocida no hace mucho. Una mujer de Atienza que, posiblemente, haya sido la primera catedrática de la historia. Nada menos.
La ignorancia que tenemos respecto a la vida de Luisa llega hasta el punto de que algunos autores duden incluso de su nombre, confundiéndolo con el de Lucía. De ella conocemos razonablemente bien sus orígenes familiares, pues era hija de Diego López de Medrano y Magdalena Bravo de Laguna, y por tanto perteneciente a la baja nobleza castellana. Su abuelo había participado en la guerra entre Isabel la Católica y Juana la Beltraneja por el trono, apoyando a la primera, y tomando por sorpresa el castillo de Atienza, lo que le permitió ganar el título de alcaide del mismo, que desde ese momento fue pasando de generación en generación dentro de la familia.
La lealtad de los Medrano hacia la reina Isabel los llevó a participar activamente en la guerra de Granada, donde el abuelo y el padre de Luisa fallecieron. La monarca, conmovida por el sacrificio de ambos, protegió a la viuda y a sus hijos, entre los que estaba Luisa.
Ciertamente no hablamos de una familia cualquiera. A la carrera militar de su padre y su abuelo debemos añadir que su hermano Luis llegó a ser rector de la universidad de Salamanca, y que su hermana Catalina destacó por su mecenazgo en Atienza, donde le debemos la capilla del convento de San Francisco. Es más, otro familiar suyo fue el célebre capitán comunero Juan Bravo, segoviano de adopción, pero atencino de nacimiento. El talento se llevaba en los genes.
Posible retrato de Luisa de Medrano.
Luisa no iba a ser menos que sus hermanos, y desde muy joven demostró una gran inquietud por las artes, la literatura y el conocimiento en general, llegando a ser una reputada latinista. Pudo aprovecharse de la protección de la reina Isabel, férrea partidaria de la educación femenina, que propició en su corte un ambiente perfecto para que damas como Lucía pudieran formarse en libertad. Podemos destacar en ese sentido a otra erudita como Beatriz Galindo (“La Latina”), que junto a Luisa fue un ejemplo de lo avanzada que estaba Castilla en el tránsito del siglo XV al XVI. Luisa de Medrano, gracias a esta educación y su talento, pudo así formar parte de lo que en la época se conocía como las “puellae doctae” o doncellas sabias.
Su sabiduría fue tan grande que llegó a sustituir al gran Antonio de Nebrija en la universidad de Salamanca, en 1508, siendo muy posiblemente la primera catedrática de la historia, con apenas 24 años (aunque algunos autores niegan que llegara a alcanzar la cátedra formalmente). En la universidad pudo dar clases de latín, filosofía y derecho, dejando escritas sus reflexiones y sus poemas.
Sin embargo, y a pesar de la enorme importancia de Luisa, poco más podemos añadir de su vida, porque apenas sabemos de su existencia por tres referencias de la época. La primera es un apunte de Pedro Torres, un catedrático salmantino que luego fue también canónigo en Sigüenza, que en su Cronicón nos dice, lacónicamente, que “en el año del Señor de 1508, día de 16 de noviembre, a las 9 horas, leía la hija de Medrano en la Cátedra de Cánones”. Breve y conciso.
La segunda referencia, más elaborada, se la debemos a otro profesor de Salamanca, el italiano Lucio Marineo, que a todas luces acabó enamorado de Luisa. Juzguen ustedes mismos:
“La fama de tu elocuencia me hizo conocer tu gran saber de estudios antes de haberte visto nunca. Ahora, después de verte, me resulta aún más sabia y más bella de lo que pude imaginar, joven cultísima. Y después de oírte me ha causado gran admiración tu saber y tu ornada oratoria, sobre todo tratándose de una mujer llena de gracia y belleza, y en plena juventud (…) Ahora es cuando me he convencido de que a las mujeres, Natura no negó ingenio, pues en nuestro tiempo, a través de ti, puede ser comprobado, que en las letras y elocuencia has levantado bien alta la cabeza por encima de los hombres, que eres en España la única niña y tierna joven que trabajas con diligencia y aplicación no la lana sino el libro, no el huso sino la pluma, ni la aguja sino el estilo”.
Salón de claustros Luisa de Medrano en Salamanca.
Desconocemos si el bueno de Lucio consiguió que su amor fuera correspondido, pero lo cierto es que insistió en su empeño, pues a él debemos la tercera referencia sobre Luisa, publicada en su obra De las cosas memorables de España, en la que dice “En Salamanca conocimos a Lucía Medrana, doncella eloquentíssima. A la cual oymos no solamente hablando como orador, mas también leyendo y declarando en el estudio de Salamanca libros latinos públicamente”.
Luisa murió muy joven, a los 43 años, sin hijos. Desapareció como una sombra. Pero ¿por qué una mujer que rompió barreras en la universidad, no solo en España, sino en todo el mundo, ha podido ser ignorada de esta manera hasta hace muy poco? La respuesta nos la da el propio Lucio, quien en una edición de su obra de 1533 nos dice que ha quitado las referencias a Luisa por una prohibición expresa de Carlos V ¿por qué la tomaría el hombre más poderoso del mundo con Luisa?¿quizá por ser familia del comunero Juan Bravo, que se había rebelado contra él? No podemos saberlo, pero lo que sí podemos hacer, a riesgo de contrariar al emperador, es reivindicar a una guadalajareña que consiguió algo que parecía imposible gracias a su esfuerzo y su talento.