01/08/2020 / 19:55
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

El bicho y yo

Quiero decir que, aunque inconscientemente, nos estamos acostumbrando a convivir con el bicho, y eso es bueno en la medida de que nuestras cautelas se van convirtiendo en normas.


Juan Ramón Jiménez hizo noble al asno en su lírica sobre Platero. El mérito es convertir a un animal tan poco valorado por su estética y belleza en una referencia poética. Con el Coronavirus nos estamos acostumbrando a convivir con él mal que nos pese y a buen seguro alguno ya le habrá dedicado su ingenio creativo. Lo que empezó siendo un virus al que veíamos venir de lejos con serias dudas sobre su impacto, hoy convive con nosotros las 24 horas. 

Lamentablemente, muchos lo han padecido, todos tenemos ejemplos cercanos y, desgraciadamente bastantes, demasiados, han perdido la vida. Tengo dudas de cómo tratar este fenómeno que para mi generación es inédito, a pesar de la gravedad de su incidencia en la salud y en las consecuencias económicas, que van camino de convertirse en catastróficas. Pero debemos acostumbrarnos a convivir con él como se convivió con la mal llamada gripe española. Tras la I Guerra Mundial muchos celebraban el fin del conflicto bélico en desfiles por las grandes ciudades luciendo el personal mascarillas, como ahora. Dicha gripe fue devastadora, pero también los tiempos han cambiado considerablemente. La ciencia también ha avanzado y las noticias sobre una próxima vacuna se precipitan en los medios de comunicación.

Veo fotos del pasado mes de febrero y ya me extraña ver a la gente sin lucir mascarillas, digo bien, lucir, pues la prenda se está convirtiendo en un complemento de moda. He visto versiones de todo tipo y pronto las veremos de marcas conocidas, si no se han fabricado ya. Quiero decir que, aunque  sea inconscientemente, nos estamos acostumbrando a convivir con el bicho, y eso es bueno en la medida de que nuestras cautelas se van convirtiendo en normas, para protegernos y proteger al prójimo. También es cierto que, como los donuts, muchas veces tenemos que volver a casa por habernos olvidado la mascarilla.

 

Me parece estupendo aumentar la higiene personal del personal, evitarnos alientos de reconocidas halitosis, mantener las distancias de algunos pesados y evitar a algún que otro abrazafarolas. Pero, claro, todo tiene sus inconvenientes. El latino no es nibelungo, es de sangre caliente y nos encanta tocar, acariciar, abrazar de verdad, besar.  Los chavales, con lógica falta de madurez, están pagando ahora las consecuencias y deberán incorporar a sus conductas nuevas pautas, es inevitable. Lo que más me apena es ver desaparecer las sonrisas. La atisbamos bajo unos ojos rasgados deduciendo que el que nos mira se está alegrando. 

El bicho se ha hecho más popular que el pato Donald y nos ha cambiado las agendas a todos. Y los trabajos. También demasiados están pagando las consecuencias, sobre todo el mundo de la hostelería y, en general, el vinculado al turismo. Mi recuerdo solidario a todos ellos. 

Si Juan Ramón consiguió emocionarnos con un asno, intentemos aprovechar la maldita convivencia con el bicho. Bajo una preocupación común, el globo se nos ha hecho pequeño y el bicho nos ha unido en un objetivo común, la vacuna. Sin duda llegará. Y volverán las sonrisas y los abrazos.


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