El campo llora
Se lamentan los agricultores de la vecina Castilla de arriba, principal granero de España, de que la cosecha de cereal ha registrado este año una caída del 40%. Los de la nuestra, más tardía, no andarán muy lejos. Y los de Aragón, Extremadura o Andalucía.
Los labradores, como se les llamaba antes, se han quejado toda la vida. Seguramente es su manera de comunicarse, respondiendo a un instinto ancestral o gen propio ante la miseria secular del agro.
Parece que este año llevan razón. Las estadísticas oficiales constatan que se ha desplomado la producción de cereal y será necesario importar más cientos de miles de toneladas.
Lluvias escasas, fríos y altas temperaturas en mayo, granizos en junio… Muchos agricultores, según sus representantes, se encuentran encajonados entre unos costes de producción disparados y unos precios de venta históricamente bajos. Lo que podía haber sido un año normal se ha convertido en un agujero negro para un sector que ve peligrar su rentabilidad.
Pero si uno quiere escuchar quejas a mansalva sólo tiene que conectar los medios y clubs de fans en que se han convertido los partidos políticos, parlamentos, ayuntamientos y juntas de vecinos.
Vivimos instalados desde hace mucho en una “cultura de la queja”. Algo justificada, o no. Somos un país de quejicas. El insigne psiquiatra Rojas Marcos asegura que la queja es para los españoles en general un instrumento de trabajo, mal visto en otros países.
“Prohibido quejarse” fue una norma de convivencia impuesta por los supervivientes del accidente aéreo de los Andes en 1972. Se trataba de evitar el consumo de energía mental y física en pensamientos negativos.
Quejarse suponía desanimar al grupo y aumentar el miedo en aquel entorno límite donde se necesitaba fortalecer el coraje y la valentía. Además “no sirve de ná”, como cantaba Peret. Deberíamos tomar nota.