Venta de cine
Ha tardado pero era de justicia. El Ejecutivo castellanomanchego ha iniciado trámites para reconocer a la Venta de Aragoncillo como Bien de Interés Patrimonial. Se ha percatado de que estas antiguas edificaciones, las posadas y ventorros son bienes esenciales en nuestra historia.
El caserón de dos plantas, en el camino de Alcolea del Pinar a Molina de Aragón y desde allí hacia Aragón, reformado en 1945 y 1977, posee un elevado valor etnográfico y sentimental, como excelentemente ha narrado el escritor y profesor aragoncillano Jacinto Iritia.
“Poderosa, inmensa, misteriosa, seria, austera, orgullosa…” Incluía una zona privada de residencia de los venteros y otra de alojamiento de trajinantes y viajeros, con zaguán, cocina y dormitorios. A ellas se adosaban patio, corral, pozos, cuadras y cochera.
Singulares ventas camineras jalonaban la provincia desde tiempos remotos, como la famosa de Almadrones en la N-II (hoy complejo 103). También ha sido popular el ventorro de Milmarcos situado en el itinerario imaginario de Don Quijote a Barcelona. Es fama que allí pasó parte de su niñez el indecente director general de la Guardia Civil Luis Roldán.
En mis lecturas escolares grupales el maestro solía escoger capítulos del Quijote con ventas y mesones, seguramente para despertar nuestra imaginación, hacernos soñar y mostrarnos un retrato social del pasado.
Recuerdo la de Borondo, donde fue nombrado caballero, o aquellas (¿Puerto Lápice?) donde se burlaban del Caballero, manteaban a Sancho y pululaban desde un cura “amigo de todos, es decir, amigo de nadie”, un barbero culto, arrieros, pícaros, criados, trotamundos y hasta vendedoras de magias y placeres mundanos.
Me fascinaban algunas con historias como la toledana Venta del Alma y otras recogidas por escritores europeos viajeros del siglo XIX. Al pasar por la de Aragoncillo me invade la nostalgia y la intriga sobre cómo vivirían. Son leyendas auténticas, no algunos futbolistas.