El monasterio cisterciense de Monsalud


Envueltas en fulgores de misterio, ceñidas por un breve arroyo que corre a su encuentro con el río Guadiela, antes cubiertas de yedra y ahora consolidadas y visitables, las ruinas del monasterio cisterciense de Monsalud, monte de salud, propiedad del Gobierno regional, son testigos silentes de un pasado grandioso.

 Escondido cenobio de tiempos belicosos, declarado monumento histórico-artístico y ubicado en las suaves tierras de la Alcarria, cerca del caserío de Córcoles. 

 Admirable lugar de quietud y de acogida, de oración y de trabajo, refugio de nobles y de amantes de reyes, en donde los monjes, de hábito blanco y negro escapulario, batallaban contra la rabia, la melancolía, el desamor, la desgana, los endemoniados y el mal de ojos, en el decir de nuestro memorable Nobel, Camilo José Cela.  

 Dejando atrás ensueños y leyendas, propios de estos predios de frontera, es innegable que el monasterio fue fundado allá por los años medios del siglo XII. El arcediano de Huete y canónigo de la catedral de Toledo, Juan de Tribes, entregaba a la Orden del Cister la villa de Córcoles, de la cual era su señor, con sus montes, pastos, ganados, colmenas y labrantíos, así como los arbitrios y tasas de pasos. Una docena de frailes, junto con varios hermanos legos, venidos del monasterio de Scala Dei, en los pirineos franceses, ocuparon estas tierras bajo la disciplina de Fortún Donato, su primer abad, discípulo de san Bernardo de Claraval, el gran impulsor de la orden. Alfonso VIII, tenaz benefactor de los cistercienses, en 1169, confirmaba la donación del generoso clérigo toledano.  

 Los monjes blancos de Monsalud edificaron, a lo largo de muchos siglos, un monumental convento de ponderada belleza. Bellas estancias de latines y rezos, algunas incompletas, que hoy pueden recorrerse, a través de visitas guiadas. Son de admirar la amplísima iglesia conventual del siglo XII, de majestuosa arquitectura románica, conservada en su totalidad y ornada según los ascéticos modelos cistercienses, el claustro de hechuras góticas y renacentistas, reconstruido en el siglo XV, y la sacristía del XVIII. Y la elegante sala capitular, cubierta por altas bóvedas de crucería, lugar de reunión de la comunidad, a cuyas muy cuidadas liturgias acudían los monjes, al ser llamados a campana tañida. Se alzan también la celda del abad, los dormitorios de los frailes y novicios, quienes dormían sobre una tabla, vestidos y con ceñidor, el refectorio, la bodega, excavada en la roca y situada fuera del recinto monástico, y la grandiosa portería, del siglo XVII, que da acceso al ámbito conventual. Una casa para Dios, hecha a la medida de los hombres. 

Peregrinos, indigentes, devotos, vagabundos, viajeros, prófugos, reyes o aristócratas, llegaban al monasterio y se postraban esperanzados ante Nuestra Señora de Monsalud, en búsqueda de consuelo. Imagen gótica de gustosa dulzura, tallada en piedra fina, con rostro de joven doncella, ataviada al modo francés y con el cabello extendido sobre la espalda. 

Anales y cartularios aseguran que, en el otoño de 1177, después de haber conquistado la ciudad de Cuenca, tras nueve meses de asedio, un joven Alfonso VIII, “fatigado y con graves tristezas y dolencias del corazón”, buscó cobijo y reposo en Monsalud. Al ser ungido, en la frente y en las manos, con el aceite de las lámparas votivas que lucían en el altar de la Virgen, en simbólica ceremonia de curación, física y espiritual, el monarca recuperó milagrosamente la salud. 

 Poco después, la recién fundada diócesis de Cuenca, constituida por los antiguos obispados visigóticos de Segóbriga, Ercávica y Valeria, integraba en su demarcación varios de los terruños alcarreños situados al sur del río Tajo. El monasterio de Monsalud quedó en obediencia del primer obispo conquense, Juan Yáñez, antes canónigo arcediano de la catedral de Toledo, de familia mozárabe.

Pronto florecieron pactos y compromisos. El obispo Yáñez, al acabar del siglo XII, acordó con el abad de Monsalud, Raimundo, dispensar a los monjes del pago de los diezmos de todos los frutos, campos y viñas, que en derecho correspondían al prelado y al cabildo de la catedral de Cuenca. A modo de contraprestación, los monjes blancos se obligaban a pagar, pública y solemnemente, el día ocho de septiembre de cada año, festividad de la Natividad de la Virgen, dos monedas de oro al cabildo conquense. 

Así, año tras año, en la víspera del ocho de septiembre, uno de los monjes de Monsalud, llegaba a las puertas de la catedral de Cuenca. Una vez confirmada su identidad, el maestro de ceremonias acompañaba al recién llegado hasta el coro del templo, donde se aposentaba entre los canónigos, con quienes compartirá antífonas y plegarias. A la mañana siguiente, en presencia de los fieles que asistían a la misa mayor, llegado el momento del ofertorio, flanqueado por el maestro de ceremonias, dos capellanes y el pertiguero, el monje, de rodillas ante el deán, era preguntado: ¿A qué viene a esta santa iglesia? ¿De qué monasterio procede? Y el monje contestaba: pertenezco al Real Monasterio de Monsalud y vengo a pagar la ofrenda, no por imposición o deuda, sino libre y voluntariamente. Dicho lo cual, con cierta parsimonia, depositaba dos monedas de oro en una adornada bandeja. Remotos rituales de sabor medieval. 

Aunque los frailes de Monsalud nunca estuvieron conformes con este gravamen, lo continuaron pagando hasta que el monasterio quedo exclaustrado, en 1835, a causa de las medidas desamortizadoras de comunidades y conventos. Terminaban más de seis siglos de vida monástica. La incuria y el despojo, luego frenados, convirtieron al monasterio en dolientes ruinas, hoy gratamente restauradas y afianzadas.    

 La nueva división provincial del territorio español, decretada en noviembre de 1833, que mínimamente modificada aún pervive en nuestros días, incorporaba a los lugares alcarreños situados entre el Tajo y el Guadiela, entre ellos la villa de Córcoles y el monasterio de Monsalud, a la nueva provincia de Guadalajara. Sin embargo, sus iglesias, parroquias y conventos, continuaron perteneciendo a la diócesis de Cuenca. Ciento veintiséis años después, en marzo de 1959, estas fundaciones religiosas quedaron adscritas a la renovada diócesis de Sigüenza-Guadalajara, agregadas al antiguo arciprestazgo de Sacedón, hoy suprimido. Desde entonces, solo han transcurrido siete décadas. Fidedignos lances de la historia alcarreña.