La Catedral de Sigüenza
La catedral de Sigüenza vuelve a estar de actualidad. Hace unos días, Nueva Alcarria aireaba el suceder de las obras de rehabilitación de la fachada occidental del templo, que engalanarán dos de sus calles, la gran portada Mayor, el rosetón, las vidrieras y el grupo escultórico de san Ildefonso.
Intervenciones financiadas a través del convenio suscrito entre la Diputación de Guadalajara y el obispado de Sigüenza-Guadalajara, consideradas históricas, en palabras del deán del cabildo, Jesús de las Heras. Estos trabajos se suman a las anteriores restauraciones de la capilla del Cristo de la Misericordia, del crucero del templo, de la capilla Mayor, de las pinturas murales de la Sacristía de las Cabezas, de la torre de las campanas y de otras estancias catedralicias.
La emblemática fachada occidental de la catedral de Sigüenza, que ahora se remoza, nos habla de lejanos tiempos medievales, de batalla y conquista. Sigüenza era entonces una amurallada plaza fuerte que, al igual que otras ciudades castellanas, Ávila, Segovia o Ciudad Rodrigo, ejercía de vanguardia y centinela en la frontera de los reinos islámicos.
Por aquel entonces, en 1153, hace más de nueve siglos, el segundo obispo medieval de Sigüenza, el francés Pedro de Leucata, resolvía construir la iglesia catedral, que hoy admiramos, sobre un breve altozano de fácil defensa, a media ladera entre el castillo y la vega del río Henares. Para sufragar las obras, el prelado dispuso que se reservasen íntegramente las rentas procedentes de las salinas de Imón, propiedad del obispado, hasta que estuviesen edificados los altares del ábside y la cruz de la nueva iglesia. Lo cual así se cumplió.
Los maestros constructores idearon una catedral con planta de cruz latina, tres naves interiores y una nave crucero, cerradas por altos muros, y cinco altares semicirculares, orientados al este, para recibir así las primeras luces del día. Y una amplia fachada occidental, flanqueada por dos torres cuadradas, otra más en el crucero y un claustro, al norte. Ambicioso proyecto acorde con las austeras formas arquitectónicas cistercienses y con la naturaleza defensiva de la ciudad.
Las obras principiaron de inmediato. Una vez trazados sobre el terrero los límites de las naves interiores y del perímetro del templo, por medio de profundas zanjas destinadas a acomodar los cimientos del edificio, se construyeron los altares absidales, que serían consagrados en 1169, durante la prelacía del tercer obispo, don Cerebruno. Sin interrupción, se edificaron las torres de la fachada y los muros del crucero. El resto del recinto de la catedral quedó a la intemperie y cubierto de andamios.
La fachada occidental de la catedral de Sigüenza, también llamada principal, lanza a los vientos su bella imagen de orden, proporción y geometría. Al ser contemplada desde lejos, sobresalen dos macizas torres, de aspecto rudo, a modo de castillos belicosos. Sus cuerpos bajos, provistos de angostas ventanas que alumbran la escalera interior, fueron alzados en el siglo XII, siendo integrados en la cerca murada que rodeaba la catedral.
Tiempo después, ya en el siglo XIV, el cardenal Pedro Gómez Barroso hizo elevar la torre sur hasta su altura actual, al construir un cuerpo de campanas guarnecido de almenas, luego coronadas con bolas de piedra. Doscientos años después, otro obispo seguntino, Fadrique de Portugal, costeó la ampliación de la otra torre, con un último cuerpo, igualmente almenado. Ambas edificaciones, de similar apariencia y altura, exhiben dobles ventanales rasgados, abiertos a los cuatro puntos cardinales, en cada una de sus paredes. Los escudos de ambos prelados, labrados en las torres, son mudos testigos de estos compromisos.
La torre sur alberga ahora una docena de campanas, de toques litúrgicos, y en uno de sus muros cobija, desde los primeros compases del siglo XX, un reloj con sonería, obra del afamado relojero seguntino Federico Pastora. Ya en nuestros días, en la torre norte fue instalada una campana, con motivo de la celebración del jubileo cristiano del año 2000.
Ceñido por estas guerreras torres, se extiende un espacioso muro de piedra, de severa presencia, dividido en tres calles por gruesos contrafuertes, donde se abren las portadas de acceso a la catedral, ornadas con atavío románico de arcos de medio punto y arquivoltas, de innegable sabor mudéjar. Sobre la gran arcada de la portada Mayor, denominada de los Perdones, se halla el bello grupo escultórico de san Ildefonso, bajorrelieve barroco de 1713, que representa a la Virgen María a la hora de imponer la casulla al venerado santo. Y, más arriba, rompe el muro un soberbio rosetón gótico, formado por doce radios de arquerías que convergen en un óculo central. En las calles laterales de la fachada despuntan sendas ventanas de alargado perfil. Rosetón y ventanas están enmarcados por arcos ojivales adosados al muro, apoyados en erguidos baquetones cilíndricos que ascienden desde el suelo, que sirven de refuerzo de toda la edificación.
El lienzo de la fachada catedralicia culmina con una hermosa balaustrada barroca, del primer tercio del siglo XVIII, que entrelaza las dos defensivas torres. En su parte central, se distingue el escudo del obispo Juan de Herrera y Soba, auditor del tribunal de la Rota Romana, mecenas de esta obra.
Delante de la fachada asoma, cual espléndida lonja de entrada a la catedral, un gran atrio, descubierto y enlosado, surgido en los albores del siglo XVI. Singular ámbito para el templo y para la ciudad. Está abrazado por una veintena de columnas de gusto renacentista, ultimadas con cabezas de leones de piedra. Durante más de doscientos años, el atrio permaneció abierto, hasta que en 1775 fue cerrado por una artística rejería y dos hermosas puertas de hierro, procedente de las minas que entonces se explotaban en el señorío de Molina de Aragón. En una de las puertas, en el lado meridional, figura el escudo del obispo Francisco Delgado Venegas, que costeó estas obras de seguridad y adorno.
En el flanco norte del atrio, asoma un bello edificio de dos pisos, con ventanas y cornisas platerescas, edificado en 1517, con entrada por el interior de la catedral. Su fachada se embellece con dos magnos escudos: el jarrón de azucenas, atributo del cabildo, y las armas del obispo Fadrique de Portugal, que pagó la edificación. Sirvió de palacio y de aula para la enseñanza de las primeras letras y de la catequesis oficiada por los canónigos y, hoy día, es la sede de la contaduría del cabildo. La catedral de Sigüenza, centro y corazón de la ciudad.