Noventa años sin Unamuno


Han pasado noventa años. En torno a las cinco de la tarde de un nevoso 31 de diciembre de 1936, durante los primeros meses de la guerra civil, Miguel de Unamuno fallecía de improviso en su domicilio de Salamanca, a los setenta y dos años.

La muerte le sobrevino sentado alrededor de una mesa camilla, con brasero de cisco a los pies y cubierta por un largo tapete verde, mientras conversaba con un joven profesor universitario de ideología falangista, discípulo suyo, que había ido a visitarlo. 

Ahora más que nunca, a pesar de los falsos profetas, la figura impagable de Unamuno, el autor más docto de la generación del 98, filósofo, novelista, dramaturgo, poeta y ensayista, así como catedrático, rector y decano de la Universidad de Salamanca, relumbra en gozosa actualidad.  Aún se recuerda en Guadalajara el rodaje de la película La Tía Tula, de 1963, basada en la novela unamuniana de este nombre, primer largometraje del director Miguel Picazo, protagonizada por Aurora Bautista y Carlos Estrada. La calle Mayor, las antiguas casas municipales del paseo de las Cruces, la concatedral de Santa María, además de varias localizaciones en Brihuega y en la pedanía de Cívica, fueron parte de los principales escenarios del filme. 

Las fechas, siempre tornadizas, entrelazan efemérides y aniversarios. Veinte años antes de su muerte, en el verano de 1916, Miguel de Unamuno llegaba a Siguenza a bordo del tren expreso que lo traía de tierras aragonesas. Sorprendido por el encanto de estas comarcas serranas, en su decir “sobrias, pero bellas”, en septiembre de ese año publicaba, en el diario madrileño El Imparcial, un memorable artículo, titulado “Con don Quijote en Sigüenza”, en cuyas páginas evocaba sus vivencias en la ciudad mitrada. 

Espiguemos en el impresionista y culto escribir de nuestro personaje: “Allí, a mil metros sobre el nivel azul del mar latino, se me apareció Sigüenza tendida desde el castillo en lo alto hasta la catedral en bajo. En derredor y como ciñéndola, unos tesos calvos, pero con calvicie como de tiña y no de ancianidad, en los que se perdía la triste faja de polvo de la carretera. Carretera de traficantes, de buhoneros arrumbados, de quincalleros, de arrieros, de gitanos, de vagabundos de toda laya”.

 

Al día siguiente, muy temprano, en riente mañana de domingo, después de dormir en la vieja fonda Elías, cerca de la estación del ferrocarril, Unamuno, paseó sin rumbo por las calles y plazas seguntinas: “Salí a recorrer la ciudad sólo, sin tener junto a mí un alma hermana a la que poder transmitir mis emociones. ¡Pero no!; no iba sólo. Junto a mí marchaba invisible, llevándome del bracete, don Quijote. Y junto a él, invisible también, iba Sancho. Y yo soñaba en qué sería enterrarse uno en esta ciudad de Sigüenza a leer y releer y rumiar nuestra vieja y acre literatura picaresca y nuestros dramas; pero para no hablar de ello ni producir nada a su conjuro, sino para matar la vida, y con la vida la muerte. ¡Matar la vida en Sigüenza, reviviendo en imaginación las aventuras de Guzmán de Alfarache o las del gran Buscón!”. 

El ilustre novelista, junto con sus imaginarios compañeros, remontó la pendiente de la calle de Medina, hacia la plaza Mayor, de itálicos rasgos, todavía desierta. La catedral de Sigüenza, en un costado de la plaza, llamó la atención del recordado pensador: “Fui a dar a la catedral, con fachada de fortaleza. Cuando entré salían del coro los canónigos para una procesión dentro de las naves del templo. Los precedía el pertiguero, un hombrecillo con una peluca gris, que parecía de estopa vieja, y una dalmática raída, que debió de haber sido verde en un tiempo”. El pertiguero era un auxiliar, denominado burlonamente “Picasayas”, que abría el paso a  los cortejos litúrgicos y, con un largo cayado, picoteaba el borde de las faldas de las mujeres rezagadas. “Diríase -expuso Unamuno- que allí dentro se había estancado el río de la historia y que era un sueño estadizo. Todo era piedra dentro de la catedral de Sigüenza. Don Quijote junto a mí, invisible y silencioso, doblaba la frente y rezaba, escapándosele de vez en vez algún blando suspiro del pecho”. 

Rodeado de altares, retablos y capillas, símbolos de un pasado grandioso, Miguel de Unamumo preguntó a don Quijote: “¿Y la Historia?”. Y este, en silencio, condujo al escritor a la capilla de san Juan y de santa Catalina, “donde duerme para siempre el doncel del libro, que recostado sobre su tumba lee un libro que sostiene con ambas manos”. El catedrático salmantino, al contemplar la elegante estatua del Doncel de Sigüenza, cuya fama ha franqueado límites y fronteras, volvió a preguntar: “¿Qué libro es? ¿Lee de veras o más bien no sueña mirando al libro, sin ver nada en el?”. Don Quijote no respondió. De seguido, Unamuno leyó, despacio, la inscripción que, al pie del sepulcro, daba cuenta y razón de la muerte del Doncel: “Aquí yace Martín Vázquez de Arce, caballero de la Orden de Santiago, que mataron los moros socorriendo al muy ilustre duque del Infantado, su señor, a cierta gente de Jaén, en la acequia gorda de la vega de Granada. Cobró su cuerpo Fernando de Arce, su padre, y lo sepultó en esta capilla. Año de 1486. En este año se tomaron la ciudad de Lora, las villas de Íllora, Moclín y Montefrío, por cerco en que padre e hijo se hallaron”.

Al conocer los sitios conquistados durante las guerras de Granada, Miguel de Unamuno preguntó, de nuevo, a su don Quijote: “Y en este año de gracia de 1916, ¿qué vamos a tomar?”. Don Quijote, tras un suspiro, le susurraba al oído la posibilidad de emigrar. Unamuno, muy asombrado, replicó, con viveza: “¿Emigrar don Quijote? ¿Emigrar el alma de don Quijote?”. Y concluyó: “Emigrará, sí, el alma de don Quijote y nos quedaremos como Martín Vázquez de Arce después de muerto, recostados sobre nuestra tumba, sin quitar los ojos sonrientes del libro de la historia del caballero de la Triste Figura y hechos de piedra. Piedra como la catedral de Sigüenza”. 

Miguel de Unamuno fue enterrado en Salamanca, el 1 de enero de 1937, en un nicho del cementerio de san Carlos Borromeo, bajo una lápida de mármol blanco. En ella luce, a modo de epitafio, la última estrofa de uno de sus más sentidos poemas: “Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho de tanto bregar”. La espiritualidad de Miguel de Unamuno.