El periodista Julio Camba
Los periodistas, algunas veces, pensamos en nuestros lectores. Personas anónimas y desconocidas que siguen el suceder ruidoso de la actualidad. Queremos conocer sus gustos y sentires, saber si comparten o rechazan el contenido de nuestras crónicas y artículos, y descubrir su modo de habitar el mundo.
No olvidemos que el periodismo no es más que observar la realidad, verificar lo observado, contarlo y explicarlo al público. Un dialogo social y abierto, construido con palabras, sobre los acontecimientos que ganan el interés de las gentes. Y la palabra, una vez voceada, “es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la recibe”, cómo afirmó, hace más de cuatrocientos años, el filósofo francés Michel de Montaige.
Volvamos atrás. En los albores del pasado siglo, en diciembre de 1917, salía a la calle el primer número del periódico madrileño El Sol, obligada referencia de la prensa española y europea, editado bajo la tutela intelectual del recordado filósofo José Ortega y Gasset. Diario liberal, independiente, original y europeísta, de extrema calidad informativa y tipográfica, que batallaba por la modernización cultural y política de la sociedad española.
El nuevo rotativo congregaba a un selecto grupo de redactores, doctos y capaces, entre los que se encontraba el gran periodista y escritor gallego Julio Camba (1884-1962). Inolvidable personaje de gustos refinados, inconformista, provocativo y rebelde, autor de una columna diaria, redactada en primera persona, la cual no dejaba indiferente a nadie. Dueño de una muy elegante y concisa prosa, llena de gracia y de expresividad, Camba fue el periodista más leído y mejor pagado de su tiempo, amigo de Azorín, Baroja, Unamuno o César Gónzalez Ruano. La más pura inteligencia de España, en el decir de sus contemporáneos.
En la primavera de 1919, Julio Camba difundía en El Sol un artículo, irónico y riente, titulado Los admiradores son un peligro. En sus párrafos, descubría, en exquisito juego literario, su relación con un indefinido lector, real o ficticio, que residía en la provincia de Guadalajara. Leamos: “Parece que hay escritores a quienes el público anima dirigiéndoles, con más o menos frecuencia, cartas de aprobación. Conmigo, sin embargo, este caso se da muy raramente y, si yo me hago la ilusión de ser leído por alguien, es, tan sólo, gracias a ciertas almas piadosas que, de vez en cuando, me envían misivas insultantes a propósito de mis artículos. Yo enseño esas misivas y consolido con ellas, ante las empresas editoras, mi posición y mi prestigio”.

Y, al mostrar tales cartas a los dueños del periódico, nuestro articulista declaraba a modo de sátira: “No dirán ustedes que mis trabajos pasan inadvertidos. Aquí hay un señor que me llama animal y otro que me anuncia un garrotazo en la cabeza. Creo que el éxito no admite dudas. Pero hace unos días, me ha salido un admirador, un verdadero admirador, en la provincia de Guadalajara. Soy -me viene a decir este hombre magnífico- uno de sus lectores más asiduos y más inteligentes, y me he suscrito a El Sol con el único objetivo de leer los artículos de usted. Y desde entonces yo no puedo escribir, porque la imagen de este admirador me obsesiona por completo. Se me ocurre un bonito asunto, cojo la pluma e inmediatamente me digo: ¿Le gustará este tema al señor de Guadalajara? Yo tengo la sensación de que escribo únicamente para este señor, y no quisiera defraudarle”.
Tras esta puesta en escena, entusiasmado ante la existencia de este lector arriacense, Camba proseguía su ingenioso relato: “Este señor vive en un pequeño pueblo de la provincia, donde por desgracia yo no he estado nunca. Ignoro en absoluto su ideología, y ello pone en dificultades mi trabajo. De buena gana me pasaría varias noches en claro leyendo, con unas gafas muy gordas, unos volúmenes muy grandes, si así pudiera llegar a conocer las opiniones políticas, estéticas y religiosas que predominan en su región”.
“Por desdicha-subrayaba- la cosa es imposible, y yo temo siempre desilusionar a mi admirador. Tal párrafo que acabo de escribir creo que le parecerá vulgar, y lo borro. Pongo en tensión todos mis nervios hasta que se me ocurre una cosa más fina, y entonces me asalta un pensamiento terrible, y me pregunto: ¿Entenderá esto mi admirador? ¿No resultarán estas consideraciones demasiado sutiles para un pueblo con pocos vecinos?”.
Julio Camba, audaz polemista, ultimaba su artículo con punzantes palabras, a modo de crítica sobre el proceder vanidoso de alguno de sus colegas: “Verdaderamente, el señor de Guadalajara ha tenido una idea más bien peregrina cuando se ha decidido a admirarme. Ahora comprendo por qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores”. Y concluía con ajustada mordacidad: “Con dos admiradores más, yo me volveré completamente loco”.
Al releer el sugerente escribir de Julio Camba, delicioso ejemplo periodístico, ligero y atrevido, una letanía de preguntas asalta al avispado lector: ¿Camba visitó alguna vez Guadalajara? ¿Existió en realidad su incondicional admirador? ¿Cuál era su nombre? ¿En qué pueblo vivía? ¿En qué comarca estaba situado? ¿Todo era un recurso lingüístico? Nada sabemos. No hay respuestas. Sólo nos queda un incómodo silencio. Su entusiasta interlocutor permanecerá para siempre envuelto en velos y sombras.
Durante su extensa y brillante andadura literaria, Julio Camba demostró siempre su desvelo por sus devotos seguidores. En octubre de 1913, publicaba uno de sus más memorables artículos, donde interpelaba, con fino humor, a los lectores del diario ABC, en amigable conversación: “Mi nombre es Camba. Y en el fondo soy un buen chico. Yo necesito saber que el lector es indulgente con mis apasionamientos y qué, acostumbrado a mis pequeñas paradojas, no va a tomarlas completamente en serio; que va a leerme como se lee a un amigo. La idea que yo les daré a ustedes será, casi siempre, una idea personal. Y por ello necesito que ustedes me conozcan, antes de entrar en tarea, para que ustedes no me tomen nunca completamente en serio ni completamente en broma”.
Camba, como todos los grandes, hacía del periodismo literatura. Y sus crónicas y artículos gozaban de inusitada popularidad. Julio Camba, gran maestro de periodistas.