19/07/2020 / 12:35
Fernando Almansa


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El sentido de la vida, individual y colectivo

Muchos hemos retomado conciencia de lo fugaz que es la vida, de la importancia de hacer lo que uno debe y quiere moralmente, de mirar más hacia Dios de una forma abierta y no mercantilista.


 Tras el largo período de confinamiento y la traumática experiencia de la pandemia del COVID-19 con decenas de miles de muertos en nuestro país (aún no sabemos cuántos), y millones de personas afectadas en todo el mundo; han hecho que muchas personas se replanteen el sentido de la vida, el sentido de sus vidas y por lo tanto mirar hacia el futuro con una nueva perspectiva y con una nueva reordenación de sus valores directrices vitales.

Muchos hemos retomado conciencia de lo fugaz que es la vida, de la importancia de hacer lo que uno debe y quiere moralmente, de mirar más hacia Dios de una forma abierta y no mercantilista; no rezar para pedir, sino para ser y estar plenamente en disposición de servicio y gratitud. Esto abre nuevos horizontes y sin duda retos importantes para las personas, las religiones y para las instituciones que dan forma a las religiones. La religión del rito hueco sin significado actual, sin experiencia vital espiritual y profunda ya no valen para nada, ni para nadie. Por ello es urgente que todas las religiones se actualicen volviendo a sus raíces, a las fuentes que las inspiraron y las dotaron de sentido para aquellos que las abrazaron con entusiasmo en los primeros días y que luego otros siguieron durante siglos.

Junto a estas experiencias renovadoras, convivimos con un fortísimo deseo, de muchos otros millones de personas, de materializar la experiencia vivida; de dejar atrás sentimientos dolores y pensamientos inquietantes sobre el sentido de la vida. Volver a las terrazas, a la playa  o a los partidos de fútbol, se ha convertido en la tierra prometida de muchos que peregrinaron inquietantemente por los peores meses de la pandemia, y ahora ante una cervecita y dos aceitunas creen haber alcanzado el olimpo de la felicidad.

La sociedad parece haber quedado dividida entre los que han replanteado su vida, y los que se han plantado en el materialismo más alienante de la vida.

Los gobiernos varios, centrales, autonómicos y municipales, han optado por la segunda línea dando pan y circo en abundancia y combinándolo con un sucedáneo de revisionismo fundacional nacional, basado en proclamas huecas, declaraciones de patriotismo chusquero, ensalzamiento de poderes militares y monárquicos y declaración de pacotilla de héroes y heroínas al personal sanitario, mientras se los dejaba, literalmente “con el culo al aire”, sin medios para responder a la pandemia, ni para protegerse a sí mismos.

Estos gobiernos y en especial el gobierno central, merecen toda la reprobación posible, por una gestión pésima, una manipulación mediática sin igual, y una violación de derechos fundamentales absoluta. La incompetencia, con intentos de disimulo de una fraternidad y unidad patriótica, no hace sino exacerbar lo patético de esta gestión y poner a muchos de los protagonistas de este cruel circo hispano, como payasos sin ninguna gracia.

Ojalá la revisión del sentido de la vida de tantos millones de personas, llegue también a una revisión comunitaria a nivel nacional y supranacional, colocando los grandes valores de la humanidad: Libertad, solidaridad, honestidad, trascendencia, etc. en el centro de la articulación nacional; y ojalá que las responsabilidades ciudadanas, individuales y colectivas se abran paso y dejen atrás a la charlotada patriotera  e irresponsable que muchos miembros del gobierno ha promovido y siguen promoviendo, sin tener “media torta ideológica”, como ya algunos significados filósofos, como Fernando Sabater, han definido a algunos miembros del gobierno central.

Es tiempo de repensar el sentido de la vida, individual y colectiva, y es tiempo de refundar la humanidad en valores sólidos y transcendentes y abandonar el materialismo estéril y alienante.


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