18/07/2022 / 14:43
J. Pastrana


Imagenes

Elvis... la pelvis


Decía Hitchcock, aunque no exactamente con estas palabras, que era mejor empezar una película con un tipo entrando en casa por una ventana antes que por una puerta. La idea encierra muchos significados, pero uno de los más importantes es el peso que tiene en el espectador la primera impresión que le produce una película. Con Baz Luhrman, es difícil saber cuál es esa primera impresión, ya que todo su cine es una impresión constante. De hecho, Elvis está realizada a base de fogonazos visuales, como si de una ensalada de planos se tratara. Y cuidado, no me estoy quejando de eso. 

Luhrmann es consciente del material que tiene entre manos y, al igual que en su día Orson Welles le dio una vuelta al lenguaje cinematográfico para narrar Ciudadano Kane, el bueno de Luhrmann vacía su bolsa de trucos para contarnos una historia que podría haber sido realmente pesada de no ser uno de esos delirios musicovisuales tan propios de su director, el mismo que dio luz a Moulin Rougue. 

Y entre todo ese maremagnum de primeras impresiones, el momento que más llama la atención es el primero en el que el propio director se atreve a dejar de volar entre el tiempo y el espacio para pegarse un momento al suelo y, en concreto, a la cadera de Elvis. Es el mismo momento en el que el malvado Coronel Parker le descubre y en el que las féminas enloquecen ante sus movimientos lascivos, rompiendo a gritar más de placer y deseo sexual que de fascinación. No es de extrañar que minutos más tarde la película, como la prensa de la época, vuelvan a incidir en ese pseudónimo, Elvis la pelvis. Qué pueril habría sido todo si ese hubiese sido el concepto dominante de la película. 

¿Daba el personaje de Elvis para 160 minutos? La verdad, resulta complicado de creer. ¿Había algo más allá de ese icono rebelde y sexual? Luhrmann ni siquiera se lo pregunta. Durante dos terceras partes de la película, se aferra al icono para hablar escuetamente de él y, sobre todo, usarle como medio para contar una época... otra época, la de una corrección política asfixiante primero (por cierto, una corrección política que recuerda mucho a la que algunos pretenden imponer hoy en día en nombre del buenismo) y la del fin de los sueños después, con la muerte de personalidades como Martin Luther King y Bobby Kennedy. 

Elvis es un medio para acercarse a la historia de Estados Unidos, como en su momento lo fue Forrest Gump. Sin embargo, Luhrman quería ir más allá y, una vez contada esas dos etapas, las más interesantes del film, decide centrar su metáfora en la cárcel de oro en la que se convirtió el Intercontinental, aquel lujoso hotel de Las Vegas en el que el rey del rock quedó literalmente condenado a cadena perpetua. Es en esa etapa de degradación personal en la que más se nota el cariño que siente por su protagonista, al que convierte en víctima de todos aquellos a los que amó. 

Tras ver esta fascinante, al menos en el aspecto técnico, obra de Luhrmann, no creo haber aprendido nada real de Elvis. Era y es un icono y rascar en ellos suele ser contraproducente. Sin embargo, sí logra transmitir la fascinación por la música que debía sentir aquel chico rebelde y soñador. No hacían falta tanto metraje ni recurrir al coronel Parker para contar eso, pero Luhrman no duda en utilizar todos los trucos a su alcance para atrapar al espectador. Lo malo es que no parece tener demasiado claro dónde quiere llevarle, si es que había algún lugar concreto al que quisiera llegar. 

 

ELVIS

    Director: Baz Luhrmann
    País: Australia 2022


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