07/02/2020 / 16:52
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Emiliano García Page, un optimista racional

Le conocí personalmente hace ya bastantes años, cuando era alcalde de Toledo. Magnífico anfitrión para una exposición que realicé allí.


Page es como el Besteiro de nuestro tiempo, confío en su capacidad para no terminar como don Julián”. El apunte me lo filtraba un destacado miembro del PSOE. O destacada. Julián Besteiro sucumbió ante la rama más radical del partido socialista en el momento menos oportuno. Emiliano García-Page es abogado, por eso le gusta la historia, o al menos tiene una gran capacidad para sintetizar el pasado de forma objetiva, descriptiva, sin pasiones. No tiene inconveniente en reconocer las virtudes del adversario y los defectos de su propio partido y, créanme, no es pose, es Page. 

Le conocí personalmente hace ya bastantes años, cuando era alcalde de Toledo. Magnífico anfitrión para una exposición que realicé allí. Por entonces, el artista que esto escribe era un absoluto desconocido –más o menos como ahora-, y he de reconocer que tanto José María Barreda, su antecesor, como el propio García-Page, se comportaron de forma exquisita y generosa. Tal vez José Luis Ros, que a través de Caja Guadalajara facilitó el evento, tuviera algo que ver. 

Y eso que este artista no pide subvenciones, como Almodóvar, pero sí un apoyo a la cultura por parte de las administraciones públicas. Por ejemplo, con una ley de Mecenazgo que permita ventajas fiscales a quien “consuma” arte. Y en Page vi inquietud por este mundo, mi mundo, y es de agradecer. A partir de ahí he seguido con curiosidad “biensana” su trayectoria política.

Hace poco, desde este mismo rincón, apelé la sensatez de los “barones” socialistas para evitar el pacto  “frankenstein” consumado y dependiente de los que no nos quieren, y cité expresamente a nuestro presidente de Castilla La Mancha. No le ha temblado la voz para advertir que no se puede aguar una sentencia convirtiendo un delito en otro. Tampoco para alertar de ciertos riesgos innecesarios con socios inoportunos o para exigir el IVA que legítimamente le corresponde a su Administración en beneficio de sus administrados. Reprocha falta de generosidad del PP cuando el PSOE la demostró en situaciones análogas. De la misma forma reivindica el derecho a decidir de todos los españoles, sin poner paños calientes a tendencias independentistas y encima, delinquiendo. He de reconocer que, como buen político, pensé en ocasiones que eran actuaciones estelares de cara a la galería, conociendo, como conoce, el perfil del electorado castellano manchego. Pero al final creo que no lo dice de cara a la galería sino que lo piensa de verdad. 

Emiliano García-Page es de esa generación que vivimos la Transición con la misma ilusión con la que ahora la defendemos. Vemos el bosque sin que nos lo nublen los árboles. Valoramos la libertad, la democracia, nuestro progreso, lo mucho que ha mejorado España en infraestructuras, cultura, turismo, sanidad, industria o bienestar. Habla sin matices del origen de nuestra Nación ubicándola en el tiempo como una de las más antiguas y lo hace no por aportar un dato sino para que reflexionemos de su trascendencia. De la misma forma apela a los dos tótems que han guiado nuestra convivencia y que, a veces sin quererlo, han fraguado nuestra propia leyenda negra. A saber, nuestra forma de Estado y la “tensión territorial”. Para un romántico es fácil defender nuestra monarquía, pero él habla de Monarquía parlamentaria y del Jefe del Estado, y alardea sin rubor de nuestra forma de Estado y de su Jefe, analizando racionalmente, como su optimismo, las ventajas que suponen. Las garantías de nuestra monarquía son las mismas que las de la mejor república –y es que España nunca tuvo buenas repúblicas-. Y lo hace “iusnaturalmente”, permítanme la expresión. Y se lo cree. Y le creemos porque se lo cree. 

Respecto a la “tensión territorial” coge el bisturí y disecciona con precisión la herida para limpiarla. Al fin y al cabo, también racionalmente, concluye como Baltasar Gracián, que la variedad en nuestra piel de toro supone que es menester “así mucho para conservar, así mucho para unir”. “Somos más federales que Suiza, pero como lo de “federal” asusta, lo llamamos “autonómico””.

Con todo, además de su tono conciliador, lo que más me llamó la atención fue su predisposición al optimismo, y no como estrategia, ni con intención de inculcarlo, lo llamo “optimismo racional” porque argumenta con rotunda lógica los motivos del mismo. Hace tiempo en esta mismo sección, enfrenté a  José Saramago y a Sir Winston Churchill a cuenta de los pesimistas, el primero,  y los optimistas, el segundo. Saramago era un brillantísimo escritor, pero un cenizo importante. Decía que no es que fuera pesimista, sino que esta vida era pésima, o que los únicos interesados en cambiar el mundo eran los pesimistas porque los optimistas están encantados con lo que hay. Prefiero alinearme con García-Page y compartir la sentencia del estadista británico: “Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa”. 


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