Érase una vez
En aquel reino, nadie sabía por qué, no había casas. No, al menos, las necesarias. El nuevo señor, quien llevaba años siendo el nuevo señor, estaba tan preocupado que no podía dejar de pensar a qué se debía aquella maldición, qué oscuro conjuro impedía que todos sus vasallos tuvieran un techo para cobijarse.
Quizás algún hechicero malvado, puede que una bruja mala, acaso una horda de ogros feroces… Por más vueltas que le daba mientras se miraba al espejo, no encontraba la razón. Encerrado en su castillo, le llegaban noticias de jóvenes súbditos sin dónde vivir, de viajeros que arribaban al reino para trabajar y no encontraban aposento, de la fortuna que costaba no un discreto palacete sino una triste choza extramuros.
Alarmado, pidió opinión a sus consejeros. Unos le advirtieron sobre los mercaderes cuervo, que acopiaban propiedades; otros achacaban el mal a las casas de peregrinos, que surgían por doquier; no faltó quien culpara a la incesante llegada de braceros de otros reinos, necesitados de morada. Él sabía bien que sus cercanos servidores atesoraban más posesiones que cualquier mercader carroñero, pero prefería no importunarlos. También sabía que los peregrinos traían la riqueza que el reino necesitaba, y dormir en una posada o un albergue en aquellos tiempos era más caro que levantar una catedral. Y qué decir de los nuevos siervos, de los que todos se servían.
En esas estaba cuando un buen día, por la absurda decisión de un alguacil al que se le ocurrió aplicar las leyes del reino, un hada buena de 87 años fue expulsada de la casa en la que llevaba viviendo casi toda su vida. De repente, todos los titiriteros, trovadores y juglares decidieron acampar en la plaza del mercado en apoyo de aquella inocente mujer. Tres días dieron de plazo al señor para emitir un edicto que pusiera remedio al asunto. Incluso los gremios amenazaron con paralizar el reino. Atemorizado, anunció que se emitirían dos bandos y que serían las Cortes quienes los aprobaran. Esos dos pergaminos, que redactó una de sus más fieles consejeras tras no pegar ojo en toda la noche, desvanecerían la maldición por arte de magia. Pero no todos lo vieron así. Algunos señalaron que seguía sin resolverse el principal problema: no se construían casas. Y rechazaron los bandos. ¡Valiente osadía!, dijo el señor, quien tras unos días de reflexión y de consulta a sus astrólogos llegó a la conclusión de que lo mejor era convocar elecciones para que el pueblo, agradecido, le diera por fin la razón. Y colorín, colorado, este cuento no ha acabado.