Elecciones

07/11/2026 - 12:47 Jesús de Andrés

Se sentía cómodo en campaña electoral. Siempre ha dominado el escenario y ha sabido leer la situación como nadie. En parte por sus asesores, bien curtidos, astutos, en parte por su propia naturaleza resistente.

Fue en vaqueros, informal en todos los sentidos, a un programa amigo de televisión, ligero, de esos en los que sabe que le van a tratar en son de paz. El contraste con la rigidez del otro candidato, quien sin buenos consejeros y carente de olfato hablaba de la inviabilidad de las pensiones, le hizo albergar la ilusión de remontar, de tirar de sus artes de mago y arrastrar, cual flautista de Hamelín, a los aborregados electores.

Lo que no se esperaba él, ni nadie, fue la repetición de una catástrofe anunciada: el dolor y la pesadumbre que se iban a apoderar de todos, la indignación que iba a despertar el accidente. Nadie debería subirse a un tren con miedo; jamás imaginamos que la alta velocidad sería una ruleta rusa. Desde ese momento, todos lo supimos, la campaña electoral se había terminado, antes incluso de iniciarse oficialmente. Ni Maricarmen ni sus muñecos. En el instante en que chocaron los dos trenes y conocimos las dimensiones de la desgracia no había nada que rascar, no habría otro tema estas tres semanas más allá de los muertos, las víctimas, su recuerdo, su despedida y las causas de todo ello: por qué ocurrió, cómo hemos llegado a esta situación. No hay margen para hablar de otra cosa, nadie se va a dejar engañar con alvias, danas o mazones. Ya puede ir Pedro Sánchez a El Hormiguero todas las tardes que quedan de aquí al día 29 y hacer una coreografía perfecta, ya puede ir por platos y tertulias sonriendo y anunciando el fin del mundo, que no va a remontar el oprobio ni a detener la caída. La suerte, su suerte, está echada. 

Los electores se mueven en bloque, como el bandeo de los estorninos o el movimiento de los cardúmenes de sardinas, y el motivo puede ser cualquiera: el bolsillo, la deshonra, la identidad… Lo sabe bien, es un decir, Donald Trump, que se ha llevado esta semana un rapapolvo de órdago, una derrota histórica incluso en estados controlados por los republicanos desde hace décadas. La guerra con Irán, absurdamente planteada, sin análisis de consecuencias alguno, le ha pasado factura. Los propios republicanos han intentado analizar lo ocurrido. Buscando una explicación, el vicepresidente Vance se decía a sí mismo que han sido la guerra y la inflación. Cualquier cosa, aunque eso también sea cierto, salvo reconocer su nulidad, sus mentiras, su infame gestión.