Fuegos terroríficos

17/07/2026 - 18:35 Antonio Yagüe

Joaquín Araujo, ecologista y escritor de los serios, admirador de Félix Rodríguez de la Fuente y de Miguel Delibes, reflexionaba que tiene cojones que los humanos seamos como somos por haber incorporado el fuego para calentarnos o cocinar, y ahora nos esté quemando el planeta.

Advertía que ningún otro animal hace fuego y que tendríamos que valorar a este cuarto elemento o principio de todas las cosas, según el filósofo Empédocles (500 antes de Cristo),  como enemigo directo de nuestra propia supervivencia.

Es dramático contemplar como sabinas casi milenarias, carrascas centenarias, pinos o abetos cincuentone desaparecen millones de veces más rápido que el tiempo invertido en crecer. Cual hoguera de Navidad. Y el bosque, el mejor traje de este planeta que nos cubre y nutre en silencio, pasa del verde al negro de los tizones y al gris de las cenizas. 

No hace falta insistir en que los montes calcinados, en casi todos los rincones del mundo, se han convertido en la evidencia más concreta del desastre climático.

Llevamos décadas con la misma cantinela macabra en los medios, repicando campanadas fúnebres, actualizando el imparable contador de víctimas, evacuados, hectáreas arrasadas, movilizaciones de bomberos, hidroaviones, umes…

El campo se ha convertido en un polvorín. El hombre, con tanta inteligencia natural y ahora artificial, tecnologías punteras y gobernantes sabelotodo ¿no puede hacer nada por evitar estos infiernos?

Siempre están en el punto de mira los incendiarios patológicos, rayos, electricidades, desbrozadoras y toda maquinaria que produce chispas. Hay que ir, con un pacto específico de Estado, bien dotado y gestionado contra este enemigo público número uno, a por las verdaderas causas y causantes. 

Habría que empezar por la protección a las personas con un mapa de zonas inflamables, como lo hay de inundables, para que los ciudadanos sepan si en el lugar donde viven hay riesgo.