06/03/2022 / 11:16
Jesús Orea/Periodista y escritor


Imagenes

José Antonio Alonso, memoria y corazón

Alonso se ha detenido  ampliamente en detallar numerosos y diversos aspectos de Robledo, entre ellos su marco geográfico e histórico, citando a Layna para apuntar que sus primeros pobladores pudieron ser tribus celtibéricas.


El etnólogo y cantautor guadalajareño José Antonio Alonso Ramos ha presentado públicamente hace apenas unos días su último libro, titulado Robledo, de memoria, una extensa y rigurosa monografía del pueblo serrano en el que nació, Robledo de Corpes, y al que tan estrecha y entrañablemente está vinculado. La obra -magníficamente editada por Aache, como es norma en la casa que en buena hora fundara Antonio Herrera Casado- es un metodológico, sistemático y bien documentado trabajo de investigación sobre la historia y las tradiciones de Robledo, un pequeño pero bonito pueblo guadalajareño que está al mediodía del cerro del Otero, en plenas serranías del norte, cerca de Hiendelaencina y en el camino natural a Atienza. La primavera, allí tardía pues se hace la remolona para llegar a la sierra, lleva a Robledo una paleta de colores vivísimos, pero el blanco y el negro son la base de su cromatismo por antonomasia: el blanco de las jaras en flor y el negro azulado de la pizarra, el material primordial de su arquitectura tradicional junto con “el canto, el barro y las maderas de roble”, como se detalla en el libro al constar así ya en las Relaciones Topográficas de Felipe II.

Antes de proseguir dando noticias de   “Robledo, de memoria”, quiero detenerme en la figura de su autor. No me duelen prendas al reconocer que José Antonio Alonso es un viejo, querido y buen amigo al que conocí cuando él aún estudiaba magisterio, pero ya andaba enfrascado en sus después desarrolladas y muy conocidas facetas de folklorista y cantautor. Eran los tiempos de “Alquería”, el recordado -yo me atrevería a decir que, incluso, mítico- grupo folk guadalajareño que él fundara y liderara a finales de los años 70 y que tan decisivamente contribuyó a la recuperación y difusión de la música tradicional de la provincia. “Alquería” llegó al cenit de su corta pero intensa existencia cuando en 1983 grabó un disco LP, titulado “Cantes del pueblo”, un vinilo que ahora es una pieza de coleccionista y que, casi 40 años después de grabarse, sigue sonando muy bien, se lo aseguro. Conformaban el grupo cuando se editó este disco, además de José Antonio Alonso, Josefa Martín (“Pepi”), Ramón del Barrio, Nieves Diges y mi hermano, Carlos, los dos últimos lamentablemente ya fallecidos cuando aún tenían pendientes muchas promesas y semillas de vida.

Tras desaparecer “Alquería” a mediados de los años 80, José Antonio prosiguió con su faceta de cantante y compositor en solitario, siempre con un evidente trasfondo tradicional y poético en sus tonos y letras. Alonso, por si alguien no lo sabe o finge no saberlo, es un gran poeta, algo que en buena parte debe a su extremada sensibilidad. Creo recordar que son cinco los discos que ha grabado en total hasta ahora, algo que avala su perseverancia, al tiempo que acredita el alto nivel alcanzado por él como cantautor pues el inapelable juicio del público es el que da y quita galones. Un libro, un disco, incluso una obra de arte plástica o visual, los tiene mucha gente al alcance, pero a partir de la unidad, la creación de verdad ya es asequible a bastantes menos. José Antonio siempre se ha distinguido como cantante por la potencia y personalidad de su voz que a muchos nos recuerda -incluso a él mismo, pues le admiraba y fue su referente- la de José Antonio Labordeta. Cuando “El Guardilón” -título que llevan desde hace cinco años mis colaboraciones para Nueva Alcarria- era un programa de radio semanal que durante casi una década hicimos Javier Borobia y yo, gran parte de su recorrido en las ondas con la colaboración de un grupo de amigos entre los que se encontraba José Antonio Alonso, las dos canciones que más poníamos a los oyentes como alternancia entre música y palabra, eran, precisamente, del cantautor aragonés. Una de ellas se titulaba “Joven paloma”, un auténtico himno de esperanza y libertad para el programa, y la otra, “La albada”, un tema que ya hablaba de esa España vaciada que compartimos Castilla y Aragón y que no es un fenómeno sobrevenido, sino que se viene prolongando en el tiempo desde mediado el siglo XX: “Esta es la albada del viento / La albada del que se fue / Que quiso volver un día / Pero eso no pudo ser”. Esa canción sonaba en la voz de Labordeta como un “aullido interminable” (gracias, Goytisolo) del viento silbón en el desierto de los Monegros y ha sonado y suena en la de Alonso como el “quejío” (gracias, Salvador Távora) de tantas “tías juanas” que se mueren rodeadas de silencio y soledad en nuestras sierras. Antes de retomar la recensión de su libro, cerramos estas referencias a la faceta de cantautor de José Antonio diciendo que, precisamente, gran parte de su repertorio se ha inspirado en esas tierras nuestras que se han desangrado poblacionalmente y que tanto capital humano y cultura inmaterial han perdido en esa sangría. En otra de sus facetas, primero la de director de la Escuela Provincial de Folklore y después del Centro de Cultura Tradicional de la Diputación, Alonso ha hecho una impagable labor para que esa cultura intangible de la Guadalajara rural no se terminara de perder y, en la medida de lo posible, se recuperara la que ya parecía perdida. 

  Robledo, de memoria es un libro de madurez del autor, como afirma el editor en la contraportada, pero en él no solo se reúnen conocimiento, experiencia y método, sino que también hay puesto mucho corazón. Y ese corazón, como el propio autor enfatiza en el prólogo, tiene nombre de mujer: Petra Ramos, la madre de José Antonio, una “mujer-libro” serrana de extraordinaria valía, hacendosa y con una inteligencia natural que han posibilitado que su hijo tuviera siempre una inagotable fuente de saber de los recursos, sobre todo referidos a la cultura tradicional de Robledo, en particular, y de aquella parte de la sierra de Atienza, en general.

    La obra se vertebra en 18 apartados que tocan prácticamente todos los palillos precisos que ha de abarcar una monografía rigurosa, ancha y larga, como es esta. Según apunta la lógica, el primer apartado, si bien breve, está dedicado a la toponimia de Robledo, que se lo ha puesto fácil a los toponimistas pues evidentemente tiene su más que probable origen en que el roble es la especie arbórea de referencia en el municipio. El “apellido” Corpes aparece por primera vez en el Diccionario de Madoz, a mediados del XIX, pero oficialmente se le atribuyó a Robledo -antes “apellidado” de Atienza y también Robredo- en 1916, cuando se pusieron “apellido” a los pueblos españoles homónimos. A pesar de que el Camino del Cid para por Robledo de Corpes y que la llamada “afrenta de Corpes” es uno de los capítulos más conocidos del Poema de Mío Cid -y escabrosos, pues en él tuvo lugar el ultraje de los Condes de Carrión a las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar-, si se sigue la geografía del cantar de gesta es más que probable que ese Corpes no se localice en el Robledo guadalajareño, sino en el soriano de Castillejo de Robledo. Según apunta Alonso en su libro, citando a Ranz Yubero, la voz Corpes puede devenir de “Carpazas” pues la base “Carpa” significa “jara”, el arbusto y la flor serranas por excelencia y que tanto abunda allí. En todo caso, en el término del pueblo hay una fuente llamada de la Lanzada, que tiene unas reminiscencias nominales que podrían evocar a la afrenta cidiana, o no. Recordemos que el propio Poema del Mío Cid es épico, fue probablemente escrito más de un siglo después de que viviera el Cid y en él se confunden y solapan historia, leyenda… y literatura. 

Como decíamos, Alonso se ha detenido ampliamente en detallar numerosos y diversos aspectos de Robledo, entre ellos su marco geográfico e histórico, citando a Layna para apuntar que sus primeros pobladores pudieron ser tribus celtibéricas, si bien su actual asentamiento y origen poblacional probablemente date de la etapa de repoblación castellana de la zona que se produjo entre los siglos XI y XIII. Especial interés tiene el capítulo dedicado a la organización social, en el que se abordan instituciones como el concejo, el adra, la “cendera” -como en las serranías se llama a la hacendera-, el alboroque y el derecho consuetudinario, basado en la costumbre, fuente primigenia y principal del derecho castellano antiguo. Amplio tratamiento se da a la economía local, fundamentalmente basada en la agricultura y la ganadería, si bien hubo épocas en que la minería tuvo su peso -de plata, sobre todo, como en el vecino Hiendelaencina- y, por supuesto, las industrias y los oficios artesanos. La monografía también aborda aspectos como las comunicaciones -con especial detenimiento en los toques de campanas, de cuernos y gaitas y sus diferentes sonidos y significados-, el animismo y las creencias -detallándose sus ritos-, otros conocimientos populares -como las medidas, la vida silvestre, la meteorología o la medicina-, los sentimientos y expresiones -el lenguaje, la literatura popular, la música, la danza y el baile-, la arquitectura tradicional, la sociabilidad -en la evolución personal, en el contexto familiar y en el tiempo festivo- la alimentación y la indumentaria. Como cualquier libro de estas características que se precie de riguroso, el autor lo concluye detallando sus fuentes de información, aportando cuatro anexos y la bibliografía, cartografía y discografía consultadas.

“Robledo, de memoria” es un libro de ámbito local, localísimo diría yo, que comienza y termina en el propio Robledo de Corpes, pero que tiene la virtud de que han sabido proyectarse en él la metodología y el sistematismo universales del conocimiento para trazar una monografía particular. Del voluntarismo bienintencionado, pero limitado, que lastra muchos libros dedicados en exclusiva a pueblos, no hay ni rastro. Alonso ha puesto su memoria y conocimiento en este libro, al tiempo que su buen corazón, y le ha salido una magnífica obra. Leyéndolo he pensado en el libro titulado “Me acuerdo”, de Joe Brainard, en el que engarzaba una amplia relación de sus recuerdos más emotivos y uno de ellos decía: “Me acuerdo de cuando creía que nada viejo podía tener valor”. Es obvio que José Antonio jamás ha tenido en su pensamiento ese recuerdo.


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