Juguetes de primavera

17/05/2026 - 11:59 José Antonio Alonso/Etnólogo

La naturaleza proporciona en primavera un montón de recursos vegetales para construcción de juegos tradicionales.

Hablábamos, el otro día, en este espacio, de los juguetes y diversiones de temporada, refiriéndonos, en general,  a esos juegos y diversiones que  iban de la mano de las estaciones, de los agentes atmosféricos, de los ciclos vitales y de otras circunstancias que condicionaban las opciones lúdicas en nuestras vidas y en la de nuestros ancestros. La verdad es que el cambio climático está condicionando en la actualidad estas cuestiones: las primaveras y los otoños son cada vez más cortos, aunque todavía mantienen una cierta duración.

Llegada la estación verde, especialmente en el medio rural, el campo se convertía en un lugar de diversión y de transmisión de conocimientos, donde los más pequeños aprendíamos de los mayores un sinfín de juegos y juguetes “de temporada”, aprovechando la bonanza del tiempo y el crecimiento de flores y plantas para construir, de forma espontánea, muchos juguetes y elementos lúdicos que iban pasando de generación en generación. Mientras que en las grandes ciudades los juguetes de fabricación industrial estaban, en mayor o menor medida, al alcance de las manos infantiles, en los ámbitos rurales, la naturaleza proporcionaba elementos vegetales para la construcción de juguetes  para la diversión. Intentaremos refrescar nuestra memoria para recordar algunos de ellos, típicos de la estación, siguiendo lo que ya dejamos escrito en su día en el catálogo de la exposición El juguete popular de Guadalajara realizada  en 2008, conjuntamente por el Servicio de Cultura de Diputación y el Museo de Guadalajara de la Junta: https://www.academia.edu/45211984/EL_JUGUETE_TRADICIONAL_EN_GUADALAJARA.

Barquito de Juncos (Marchamalo). Foto: José Antonio Alonso.

Hay instrumentos de primavera como los pitos de caña de cereal que sólo suenan y se usan cuando están verdes; lo mismo ocurre con algunos chiflos, fabricados en ramas arbóreas, que necesitan ser descortezadas por estas fechas, cuando están “en savia”. 

La abundancia de agua en primavera y la existencia de charcas y de pequeñas corrientes de agua, combinadas con el crecimiento de algunas plantas posibilitaba la construcción de algunos tipos de barcos. En Riba de Saelices se construían pequeños barquitos con la hoja del carrizo -Phragmites australis-; a base de sencillos dobleces, la larga hoja verde se transformaba en segundos en un barco, provisto de mástil –la parte recta que une la hoja al tronco-, y que, en ocasiones, se dotaban de pequeños barquitos salvavidas.

A base de juncos, y con sencillas técnicas de cestería, fabricábamos en Marchamalo barquitos como el de la imagen, que competían flotando en las acequias de riego con los de los otros niños.

Barquito de hoja de carrizo (Riba de Saelices. E.Loscos). Foto: José Antonio Alonso.

 La facilidad con que se desprende la médula de algunas plantas, como el sauco, hacía que se fabricaran algunos juguetes como las jeringas para lanzar agua, o los “tacos” o “trabucos”  para lanzar bolas de estopa o cáñamo; esa cualidad facilitaba también la elaboración de ”gaitas”, vaciando el interior, taladrando los orificios de notas y realizando los cortes oportunos para la preparación del bisel para la embocadura. Con caña común –arundo donax- se fabricaban también dichas jeringas y gaitas entre las que se encontraba un tipo de “cazú” fabricado con membranas de plástico. Ese mismo vegetal se utilizaba para construir cerbatanas, con municiones de papel.

 Otro elemento fundamental en el juguete femenino es la joyería de origen vegetal, ya que las niñas elaboraban pulseras, collares, diademas, coronas y pendientes de muy diversas plantas silvestres, que iban trenzando o insertando en un hilo enhebrado en una aguja. La costumbre de colgarse dos cerezas a modo de pendientes estaba  y está generalizada.

Los niños utilizaban la paja verde del cereal para hacer silbatos o chiflos aplastándolos contra la frente, de modo que se fabricaba una lengüeta doble. En Peñalver, donde recogió datos nuestro amigo “Doro”, los niños recitaban al fabricarlo con una caña verde de trigo:

Lagarto, lagarto,

si no me chiflas te parto.

 Mientras tanto, se hacían una cruz en la frente, subrayando el sentido mágico del gesto. 

"Me quiere... no me quiere". Foto: José Antonio Alonso.

En Robledo de Corpes, el tallo de una “gamoneta” -asphodelus aestivus- se colocaba atravesado en la corriente de un río o arroyo. Para ello era necesario, a veces, realizar pequeñas construcciones de piedras a los lados. En el centro del palo se clavaban otros cuatro palitos de la misma planta, formando un “molinillo” que giraba con la fuerza del agua, a imitación de los molinos de harina.

Con frecuencia, los niños consumíamos el néctar de variadas plantas -a las que se les solía adjudicar el nombre genérico de “chupamieles” por su dulzor,  o el fruto de otras como los conocidos “panecillos” de la malva -malva sylvestris-. El “paloluz” o “paloduz” era otro elemento vegetal de consumo  y de ocio infantil en los lugares donde se podía encontrar, al igual que otros muchos brotes tiernos de vegetales –parra, pámpanos de la berza, espárragos silvestres, etc.

En torno a San Juan, se cogía la flor de los lampazos -arctium minus-, que al principio de su ciclo tiene la cualidad de quedarse pegada como el velcro;  con ella se confeccionaban cestas, que a veces se llenaban de flores, cunas y otros juguetes. Debido a sus características, se quedaban enganchados a los cabellos, especialmente en los femeninos, pues allí iban a parar como proyectiles lanzados por los chicos, al igual que determinadas espigas que se quedaban sujetas a los jerséis y camisas.

Quién no ha jugado también arrancando los pétalos de las margaritas, para adivinar si el chico o chica pretendido nos quería, mientras decíamos aquello de me quiere/ no me quiere. En Malaguilla esas flores se conocían con el nombre de “rilloras”, seguramente por contracción de “ríe/llora”, para expresar algún tipo de juego relacionado con los distintos tipos de ánimo.

Los pétalos de las amapolas, colocados sobre la oquedad de un puño cerrado explotan produciendo el sonido de una pequeña “bomba” que también servía para provocar la risa y estimular la diversión.

Muchos de estos juguetes desaparecían rápidamente debido a su carácter efímero, pues eran juguetes de usar y tirar y, aunque también son manifestaciones de nuestro patrimonio cultural, son difíciles de conservar, debido a que muchas veces eran de un solo uso y, al ser fabricados en materiales perecederos y de uso cotidiano, no eran considerados de valor. Aún así, algunos de ellos están conservados en museos como la Posada del Cordón, que tiene expuesta una vitrina con juguetes agrupados, según distintas características.