13/07/2019 / 18:42
Luis Miguel Almazán


Imagenes

La bala de plata

Desgraciadamente el uso de la “bala de plata” (que así llamamos en el argot profesional a la denuncia por abusos sexuales sobre el hijo, disparada contra el otro progenitor para evitar que se pueda relacionar con él) es más habitual de lo que parece.


El pasado mes de mayo, todos quedamos atónitos cuando salieron a la luz varios casos de mujeres detenidas por sustracción de menores, pertenecientes a una asociación denominada “Infancia Libre”, que supuestamente luchaba por la protección de los menores. Hubo una última detenida en junio a la que le retiraron cautelarmente la custodia de su hija. Detrás de todas ellas había una historia con el mismo patrón de denuncias falsas por abusos sexuales a sus exparejas sobre sus hijos y padres apartados de ellos durante años, y las mismas abogadas, psiquiatras, psicólogos, pediatras, etc. que las defendían y realizaban informes para validar sus denuncias. Esta era su estrategia para conseguir el objetivo: un alejamiento de los hijos con su padre y la manipulación del menor contra éste (uno de los niños al ser rescatado llegó a manifestar que “Dios me ha dicho que mi padre no me quiere”). En la actualidad se investiga si detrás hay una trama criminal.

Desgraciadamente el uso de la “bala de plata” (que así llamamos en el argot profesional a la denuncia por abusos sexuales sobre el hijo, disparada contra el otro progenitor para evitar que se pueda relacionar con él) es más habitual de lo que parece, y aquí ya no hablamos de organizaciones criminales, sino de progenitores tóxicos y sin escrúpulos disfrazados de “padres/madres coraje” (con el papel de víctima perfectamente asumido) como únicos protectores, indispensables en las vidas de sus hijos que buscan borrar de ellos cualquier rastro de vínculo con el otro progenitor amparados en una justicia lenta y permisiva: primero, se le denuncia por abusos sexuales (basta con que el menor –generalmente con muy pocos años- lo insinúe de manera sugestionada). Puesta la denuncia, se le priva al otro progenitor de un contacto normalizado con su hijo al que se le somete a todo tipo de pruebas. Y si finalmente se demuestra que no hay indicios de abusos sexuales, después de todo el calvario sufrido, se le absuelve y aquí no ha pasado nada (incluso aun cuando la denuncia tiene claros tintes perversos, instrumentales o espurios, en contadísimas ocasiones se acuerda realizar las averiguaciones oportunas). Pero desde luego algo sí que ha pasado: además de la evidente mala fe de quien lleva a cabo esta actuación, el tiempo en que al hijo se le ha impedido estar en contacto con el otro progenitor (en muchas ocasiones hablamos de años) no se recupera y a veces el daño producido es ya irreversible. 

Para finalizar, les contaré un caso de mi Despacho, en el que una progenitora utilizó esta denuncia falsa de abusos sexuales contra el padre de su hija (básicamente porque su expareja le había “amenazado” con pedir su guarda y custodia). Previamente había interpuesto una denuncia por violencia de género, pero como la maniobra torticera no le salió bien y la archivaron, lo intentó con la “bala de plata” (aportando una grabación de audio de una conversación con su hija de tres años claramente inducida por ella, además de unos dibujos de la menor y del testimonio de la madre). Después de un año imputado por el delito de abusos sexuales, Su Señoría archivó la denuncia contra el padre. Sin embargo, la progenitora recurrió su archivo y medio año después consiguió que su hija, ya con cinco años de edad, fuera vista por el equipo psicosocial del juzgado, que finalmente confirmó, no solo que no había indicio alguno de abusos sexuales, sino que detectó “la presencia de un fuerte vínculo afectivo de la menor con su padre”. Tras el archivo definitivo del proceso penal absolviendo al padre, el juzgado civil le otorgó la custodia de su hija, pero a compartir con la misma persona que había pretendido hacerle desaparecer de su vida; y a pesar de que el padre, siendo congruente con lo sucedido (y siendo viable), había reclamado una guarda y custodia paterna (la justificación es obvia: ¿qué clase de valores puede enseñar un progenitor a su hijo que ha acusado a su otro progenitor de lo peor que se le puede acusar solo para impedir la convivencia con éste?, ¿puede llegar a ser un buen padre o una buena madre alguien que haya hecho semejante atrocidad?). La niña vive desde entonces resignada (igual que el padre) con el castigo de una guarda y custodia compartida. Resignados porque podía haber sido mucho peor. 

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