05/06/2020 / 20:19
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

La banalización de la política

Una parte nada desdeñable de nuestro parlamento está ocupado por personas que, sinceramente, no son dignos de él.


Cuando nuestros representantes optan por ir al “colegusimo” renunciando a la responsabilidad que les otorgamos cuando les elegimos democráticamente, han quebrantado definitivamente la frontera de sus obligaciones. Como sentencia la profesora Escalante Beltrán, con lúcida precisión,  “la banalización de la política trae como consecuencia la proliferación de políticos sin pasión, sin convicción ni voluntad de trabajo”. Es como un galeón navegado por más piratas que marineros, para desesperación del Capitán.

Ya me molesta bastante verles vestidos como si bajaran al vermú un domingo de resaca, conozco ilustres personas que su indumentaria es bastante más digna hasta en calzoncillos. Lejos de acercar a la gente la cosa política, en funesta interpretación de la doctrina del gran político que fue Adolfo Suárez González, procuran aparentar ser como el vecino, oiga, que yo no soy más que tú. Claro que es más que él, porque asumió un compromiso y unas responsabilidades que le obligan a, en primer lugar, respetar las instituciones, empezando por su propia indumentaria. Y ejercer el poder que sus electorados le han delegado, y esa es mucha responsabilidad que el vecino no tiene. 

Me indigna ese ficticio compadreo para trapichear y “pillar” rápido a precio de ganga. Ese cortoplacismo para el beneficio inmediato, el chollete ventajoso sacando partido a la necesidad del que está por debajo del Capitán y le importa poco dónde está el puerto; ¡remad, remad, malnacidos! Ya lo decía el historiador Michael Shermer: “El viaje al mal se hace en pasos pequeños y no en saltos enormes”.

Una parte nada desdeñable de nuestro parlamento está ocupado por personas que, sinceramente, no son dignos de él. Si en algo coincide gran parte de la opinión pública es la diferencia de la clase política de la Transición y la actual. Claro que las generalizaciones acarrean injusticias, pero antes la excepción era lo insólito y ahora es lo común.

       En un duermevela provocado por este confinamiento, tras terminar de leer  la República Española y la Guerra civil, de Gabriel Jackson, se mezclaron en mis sueños debates en las Cortes republicanas y los de ahora. El ambiente en aquéllas presagiaba el suicidio fratricida y, con todo, releyendo algunos diarios de sesiones, la oratoria era solemne, de brillantes jaculatorias y plegarias. Muchos de nuestros parlamentarios actuales, sin embargo, rezuman verbo cheli y cafetero, y hablan como cuando van al bar, poniéndose la misma ropa. 

Si acaso hubieran aprendido algo del Gijón, del Lion o el Universal, podrían disimular. Algún despistado “de esos” que vea el título de este artículo incluso podrá pensar qué demonios tienen que ver los plátanos con el ejercicio de “su política”. Y así nos luce el pelo. 


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