16/11/2019 / 18:33
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

La mamada del becario

Cuando el debate confundió ‘manadas’ por ‘mamadas’ desveló lo que ocurrió tras el sufragio demostrando metafóricamente a lo que estaba dispuesto.


Perdón a mis elegantes lectores por la ordinariez del título. Pero era imprescindible para entender el mensaje que pretendo transmitir. En alguna “raposera” de esta sección hablé en su día de que las confusiones terminológicas en la oratoria no son meramente accidentales. Confundir un concepto por otro, habitualmente por similitud fonética, o no necesariamente, trasciende más allá de lo que en teoría es un error, un “lapsus linguae”. Ese lapsus encierra una segunda “verdad” de lo que se está hablando. Es una traición del subconsciente que queda patente a lo largo de los años.

Cuando uno de nuestros dignos, previsiblemente, representantes gubernamentales, en los debates previos a las elecciones, confundió “manadas” por “mamadas”, desveló inocentemente lo que ocurrió tras el sufragio demostrando metafóricamente hasta lo que estaba dispuesto. 

El receptor de la “mamada” no dudó, en plena efervescencia orgásmica pos electoral, en montar un gobierno “amazon”, encargo urgente redondo con envío en unas horas. No reflexionó ni dudó de sus múltiples contradicciones, recopiladas detalladamente en las redes, que se convirtieron en mentiras, como no podía ser de otra manera. Si una persona se contradice de aseveraciones tan rotundas es que mintió cuando las pronunció, no hay duda. “No dormiría con gente de Podemos en el Gobierno”, “No pactaría nunca con independentistas”, “Rebelión y no sedición”, “No he plagiado”, etc, etc, etc, muchos etecés, la verdad. 

La mentira en otras naciones es la mayor afrenta de un estadista. Bill Clinton a punto estuvo de ser cesado por un “impeachment“ parlamentario simplemente por mentir, porque negó haber tenido sexo oral con una becaria (de ahí el título). Rectificó y enmendó la plana. Ya me dirán, un  momento eufórico y privado que en mi opinión atañía sólo a su vida privada, pero, ojo, mintió públicamente. 

Las mentiras de Sánchez son excesivas, constantes y hasta previsibles. A mi, personalmente, me desubica. Hace poco hablaba con alguien muy cercano a su gobierno, el actual, que agradecía su clarividencia de no integrar a Podemos en el ejecutivo. Que se trata España, que se trata de Europa, que se trata de nuestro tejido empresarial, bla, bla, bla. Y hasta cierto punto le creí, inocente de mi. 

Engañó a su partido y le expulsaron. Engañó a Rajoy, a Iglesias, Rivera y a muchos de sus compañeros de partido, hoy fuera de él. Engañó al Rey. Y el día de su anuncio pactista con Iglesias el monarca es obligado a fotografiarse en Cuba con la efigie del Che a sus espaldas. Lo peor no es que mienta tanto, lo preocupante es lo sibilino que es para aferrarse al poder. A cualquier precio. El problema es que se quiere mucho más a sí mismo que a España. Y lo siento por alguna de sus incondicionales. Víctima de la insaciable egolatría de su jefe. 


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