09/05/2021 / 13:56
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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La maya de mayo

Hay quienes sitúan su inicio en las fiestas de mayo que se disfrutaban en la antigua Roma, las cuales se dedicaban a Maía, también conocida como Bona Dea. Otra versión nos cuenta que pudiera existir un lejano nexo con el velo de Maya que, según el hinduismo, nos atrapa en la ilusión.


Mayo, cénit de la esplendorosa primavera, probablemente sea de entre los doce meses del año el que más galanterías se lleva. Vaya por delante que a mí me gusta el invierno y esa naturaleza áspera y pausada que lo caracteriza, pero admito que la explosión de vida que ya se siente desde la Semana Santa es un extra de alegría y vitalidad.

Este sentimiento tan popular hunde sus raíces en tiempos ancestrales, cuando el misterio de la resurrección de la vida, tras un periodo de frío y oscuridad, invitaba a celebrar los días luminosos y a realizar liturgias mágicas que coadyuvaran a que la vegetación prosperara para, después, obsequiarnos con sus frutos.

Así, hoy en día, nos placen rituales y conmemoraciones de que los hemos olvidado su origen, pero que nos siguen provocando felicidad y ganas de compartirla en comunidad. Muchos de estos eventos son sincréticos, concitando en su elaboración ceremonias paganas y cristianas, como la quema del Judas o las Candelas (cómo olvidar esas finas velitas de la misa de la Candelaria a la que acudía siendo niña con mi madre y abuela).

En muchas de estas festividades, las cuales trascienden lo religioso y nos conectan emocionalmente con los antepasados mediante los ritos, el árbol y su significado sagrado goza de un lugar prevalente. El árbol y el bosque son habituales en los relatos mistéricos de casi todo el mundo como representación de la sabiduría, de la creación, de los desafíos de las deidades. 

 

Estatuilla romana dedicada a Bona Dea y la fiesta de la Maya de Colmenar Viejo (Madrid).

 

Así, en nuestros referentes más próximos, encontramos la ramita de olivo que la paloma llevó a Noé, el árbol de Navidad o, volviendo al resurgimiento de la naturaleza, los mayos −generalmente álamos−, con cuya fiesta se inicia el mes de las flores. Y junto a los mayos (que se ensalzan las cualidades culturalmente atribuidas a lo masculino), tenemos a las mayas, una tradición protagonizada por chiquillas que ya solo pervive en unos pocos sitios de España.

Carmen Baroja (la hermana menor de Pío Baroja con la que tenemos pendiente una Vindicación por su relación con nuestra provincia) hacía esta descripción en uno de sus artículos periodísticos: «Los pequeños altares se colocan en las calles, adornados de flores; muchachitas vestidas de blanco con una estampita piadosa en la mano, las mayas, piden, hacen cuestación en nombre de la Cruz de Mayo, que luego celebrarán con una merienda».

El festejo de la maya estuvo muy arraigado en Guadalajara, al menos en la capital, hasta entrado el siglo XX. Amado Nervo, brillante poeta y escritor mexicano del modernismo, visitó la ciudad en 1912, de la que, además de una deliciosa crónica de su viaje, nos dejó una narración encantadora publicada en su libro Cuentos y Crónicas:

«Al salir de nuevo a la calle Mayor, un tropel de niños me rodea:

− ¡Caballero, un cuarto para la Maya!

Y me tienden minúsculas bandejas…

Las Mayas son niñas a las cuales, en algunos pueblos de España, visten graciosamente, lo más majas posibles el día de la Cruz de Mayo.

Siéntalas en una especie de trono, y los chicuelos de barrio piden cuartos para ellas, con los cuales ofrecer después una merienda suculenta.

Tengo la fortuna de ver a dos Mayas en los portales obscuros.

Son las dos criaturitas monísimas. Están allí muy adornadas, inmóviles, hieráticas (la Maya no debe hablar ni reírse), rígidas y graves como vírgenes españolas (…)».

Haciendo un repaso a la hemeroteca finisecular vemos que esta tradición, que cada año se repetía en torno al tres de mayo, no era del gusto de algunos caballeros que clamaban al señor alcalde, a través de las páginas de los periódicos, que acabara con esta costumbre. Por lo que cuentan, parecieran sentirse asediados por la chavalería que pedía una perrillas para la maya, pero en fin, qué quieren que les diga, a mí se me antoja de lo más jovial, mucho más si luego servía para regalarse una merendola.

La maya también es el resultado de la fusión de diversos cultos y prácticas. Hay quien sitúa su inicio en las fiestas de mayo que se disfrutaban en la antigua Roma, las cuales se dedicaban a Maia, también conocida como Bona Dea. Otra versión nos cuenta que pudiera existir un lejano nexo con el velo de Maya que, según el hinduismo, nos atrapa en la ilusión. Hallamos otras hipótesis −como las anteriores, más poéticas que realistas−, pero todas ellas relacionadas con la primavera, los árboles y las flores y todo de lo que ello puede ser alegoría. Aunque ciertamente la fiesta de la maya reprodujera ciertos estereotipos sexistas, me da pena que mientras otras tradiciones llevadas a cabo por los mozos se aceptaran, la de las chicas se criticara con desprecio, llegando incluso a ser censurada por la Iglesia debido a su estela pagana. Yo me quedo con la alegría de esas niñas que, pese a las dificultades de sus vidas, se divertían un día cargado de simbolismo, aunque ellas lo desconocieran, para finalizarlo con un piscolabis comunitario.


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