26/03/2021 / 14:39
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

La pájara de Iván Redondo

El guipuzcoano no es un mero asesor de imagen, es un gestor, un profesional  de la agenda política, un guionista de las negociaciones, un director de orquesta de músicos engolados en su propia armadura.


Y en términos ciclistas una pájara –o el hombre del mazo como diría Perico Delgado- es un inopinado desfallecimiento físico del corredor que, repentinamente, comienza a sudar en frío, las piernas se le vuelven columnas y cada pedalada es un calvario. Aunque algunos la achacan a una deshidratación o falta de una alimentación adecuada, lo cierto es que, a ciencia cierta, nadie sabe por qué llegan y cuándo llegan. El caso es que de una buena pájara no se ha librado ningún ciclista, con independencia de su categoría en el escalafón de los héroes de las dos ruedas. 

El director del Gabinete de Pedro Sánchez tiene fama de buen profesional, no en vano a asesorado a políticos de otros partidos (García Albiol o Monago, del PP, por ejemplo) y pese a su juventud, 39 años, muestra maneras de discreción y sensatez propias de un veterano. Y de estratega. Sus movimientos y recomendaciones hicieron posible el retorno de un Sánchez proscrito por su propio partido hasta auparle a la presidencia del gobierno. El tándem no ha dado mal juego y, como en lo buenos matrimonios, sus diferentes personalidades en lugar de enfrentarles se han complementado con la precisión de un reloj. 

No es proclive ni a entrevistas ni a apariciones públicas –para eso ya está el presidente, que disfruta especialmente de las luces y las cámaras- y la sombra es su mejor refugio de trabajo. No lo sé, pero me gustaría resolver si la “estelaridad” de Sánchez es producto de la fábrica de Redondo o si, por el contrario, el asesor controla y sujeta la tendencia natural del presidente estelar. 

El guipuzcoano no es un mero asesor de imagen, es un gestor, un profesional de la agenda política, un guionista de las negociaciones, un director de orquesta de  músicos engolados en su propia armadura. Redondo los lubrica y les pone a punto diseñándoles la traza de la batalla.

En esa meteórica ascensión al Tourmalet  del poder, ¡ay!, llegó la pájara. Cuesta trabajo imaginar que la cadena de mociones de censura en unas cuantas autonomías no tuviera el visto bueno del maillot amarillo. Es más, cuesta creer que no formara parte de un plan urdido milimétricamente desde el búnker de Moncloa para teñir de rojo los espacios que todavía se conservaban en azul con la ayuda de los de naranja, en un policromático mapa. Pero el efecto simpático se volvió como un boomerang y la cadena de despropósitos ha castigado la imagen de un PSOE ansioso de poder en plena pandemia, cuando ahora los administrados sólo esperan la vacuna que les de cierta tranquilidad en lugar de las movidas en el tablero de las vanidades. 

Y a Iván Redondo, por una vez, le flaquearon las piernas, le costaba respirar y en cada pedalada se dejaba el bofe. Los que hemos practicado ese bello deporte sabemos por experiencia que lo malo del hombre del mazo no es que te deje sin fuerzas, es que la cima se te antoja, de repente, inalcanzable. 


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