20/12/2021 / 09:15
Laura y María Lara


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La sombra del soldado de Nápoles


El español ha hecho siempre gala de resignación y de buen humor y, en la Península, la gripe de 1918 fue bautizada como el “soldado de Nápoles”. Ésta era la pieza principal de La canción del olvido, una zarzuela del maestro Serrano sobre princesas y capitanes, disfraces y citas a ciegas que triunfaba en los escenarios madrileños: “La gloria romántica me lleva a la muerte”. Le pusieron el apodo porque la tonada era pegadiza y, tristemente, la enfermedad, muy contagiosa. 

Teñido de sarcasmo, en las viñetas españolas la antropomorfización del virus era plasmado en una ojerosa dama: una calavera con vestido de volantes, peineta, hombreras, corbata y chaquetilla de torero. Sonriente y decidida, maleta en ristre cruzando la frontera de los Pirineos… 
A partir de 1918, las naciones se implicaron en mejorar la medicina. El baby boom caracterizó los “locos años 20”, marcados por el feminismo y el charlestón. En Francia y Reino Unido se reguló legislativamente la adopción de niños. 
A consecuencia de la pandemia en Portugal fallecieron Francisco Marto, el 4 de abril de 1919 a los 10 años de edad, y Jacinta Marto, el 20 de febrero de 1920 con 9 años, dos de los tres pastores de Fátima. Ahora los dos hermanos son santos y su prima, Lucía, quien custodió el Secreto de la Virgen, se encuentra en camino de beatificación.

También perecieron el traductor madrileño Julián Juderías (que popularizó el término “Leyenda Negra” como concepto que aglutinaba las críticas antiespañolas surgidas hacia el Imperio) y el pintor coruñés Germán Taibo, así como murieron el artista austríaco Klimt (autor de El beso), el poeta francés Guillaume Apollinaire y el dramaturgo Edmond Rostand (divulgador de la figura de Cyrano de Bergerac). 
El rey Alfonso XIII enfermó, al igual que el presidente del gobierno, Manuel García Prieto, y ministros y políticos como el conde de Romanones (afincado en la provincia de Guadalajara) y Eduardo Dato, o la aviadora estadounidense Amelia Earhart. 
En el transcurso de la Primera Guerra Mundial, entre las acciones elogiables de Alfonso XIII se encuentra su ayuda humanitaria. Al poco tiempo de recibir la carta de una lavandera francesa que le pedía apoyo para conseguir localizar a su marido, logró dar con el sujeto, que se encontraba prisionero en Alemania, e intermedió para que las autoridades le permitieran escribir a su esposa. 

Fueron tantas las misivas que llegaban al Palacio Real de Madrid, que el soberano creó en 1915 la “Oficina Pro Cautivos”, ente comisionado para repatriar familias, buscar a desaparecidos y salvar a soldados. Este gesto hizo que buena parte de los políticos europeos admiraran a Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena, siendo nominado para el Premio Nobel de la Paz en 1917 y, ya en el destierro, en 1933. El archivo fotográfico del cronista real Francisco Goñi se encuentra conservado en el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, donde se pueden contemplar las mejores imágenes de la vida familiar y oficial del monarca. 

Alfonso XIII se murió sin el Nobel, y España se quedó para siempre con la gripe. En Roma el monarca pasó sus últimos años, con el título de duque de Toledo, mientras que la enfermedad de 1918 era conocida como “La Spagnola”.

Dras. Laura Lara y María Lara, Profesoras de la UDIMA, Escritoras Premio Algaba, Historiadoras de Cuatro 
y Académicas de la Academia  de la Televisión.
 


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