Las culturas de la muerte

01/11/2026 - 10:38 José Antonio Alonso/Etnólogo

Cada cultura, cada comunidad celebran la muerte con sus ritos y  su estética, que suelen ser fruto de una larga evolución de sus creencias, de su forma de entender la vida y la muerte

Entramos en noviembre, el mes de los difuntos, y dedicaremos algunos artículos a este tema. Que la muerte forma parte de la vida es una frase ya clásica, que conlleva, al menos  aparentemente, una cierta contradicción; pero sí, mucho de verdad irrefutable hay en ello. La muerte, por tanto, forma parte también de las culturas y, desde luego, hay distintas formas de “vivirla”, y de representarla, según los momentos históricos, las latitudes y las comunidades de que tratamos. Cuando hablo de vivirla, me refiero, claro, al mundo de los vivos, que son los que seguimos, de momento, en el camino.


Cuando vamos de viaje a mí me gusta visitar los cementerios, por encontrar algo de silencio y de quietud en este mundo vertiginoso de ruidos permanentes, aunque hay cementerios que nacieron silentes, a las afueras de las urbes, como mandó Carlos III para evitar contagios y enfermedades, pero que, con el tiempo, se han quedado en los “adentros”, engullidos por los edificios y las carreteras y llenos de ruido. En esos casos no hay silencio ni para los muertos. Lo de “descanse en paz” se ha quedado muchas veces en una frase hecha sin contenido de tanto manosearse. 


Los cementerios son una especie de museos al aire libre sobre la forma en que cada comunidad vive la muerte, centros de interpretación de las culturas de la muerte, si se prefiere. Dicho todo esto con el máximo respeto, claro, porque, lo de la muerte,  es una cosa muy seria.

Altar de muertos dedicados a Agustín Lara. Casa de México en Madrid. Foto: José Antonio Alonso.


Sí, conviene visitar los cementerios, porque es señal de que todavía vamos nosotros y no nos llevan -la familia, los amigos y conocidos-  para dejarnos en la última morada; aunque, antes o después, acabaremos allí, o las cenizas de lo que fuimos irán a la tierra o donde el viento las deje reposar –“polvo eres y en polvo te convertirás”, que nos decían el miércoles de ceniza, o “…Serán ceniza, mas tendrán sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado” que escribió Quevedo. 


Además hay cementerios que merecen la pena –el de Guadalajara, sin ir más lejos, es una joya-. Hace ya tiempo que el Ayuntamiento  organiza visitas guiadas por distintos puntos de la arquitectura y escultura  funerarias de la ciudad, incluyendo el arte del cementerio. Para este mes de noviembre puede hacerse ya la reserva para los días 7 y 14. Seguro que merece la pena.


En los cementerios se lee la historia: hay grandes mausoleos de gentes y familias poderosas levantados por grandes arquitectos y ornados por escultores reconocidos; hay lápidas sencillas de sencillas gentes, que repiten  las mismas frases de rigor, con sus letras de plomo; hay otras más originales y creativas. Cada credo, cada comunidad, cada colectivo, expresa en los cementerios su idea de la muerte. Las tumbas reflejan también el momento histórico en que se pusieron: estelas medievales, esculturas románticas, modernas  tumbas de estilos geométricos. 

Cabecero de la tumba de Carmen Bueno, esposa de Layna. Cementerio de Guadalajara. Foto: José Antonio Alonso.


La historia de la muerte en nuestra tierra tiene también sus hitos que responden a variadas creencias y rituales: uno de ellos podría ser el dolmen del Portillo de las Cortes, en Aguilar de Anguita, un enterramiento colectivo del periodo Neolítico; hay más: los campos de urnas celtibéricos, las tumbas rupestres, excavadas en la roca…Con la llegada  y consolidación del cristianismo se empieza a enterrar, primero  en el exterior de las iglesias y luego en el interior, por aquello de ganar  “puntos”  para la otra vida, ya que existía la creencia de que cuanto más cerca del altar te enterraban, más fácil tenías la salvación y, claro, la eternidad era mucho tiempo y había que dejarla resuelta. También en esto lo tenía más fácil la gente que tenía posibles. Hasta que llega la Pragmática de Carlos III y manda a los muertos a las afueras por el bien de los vivos. Y, ahora, pues un poco de todo: inhumación, cremación…Para gustos los colores.


En cuanto a la iconografía de la muerte, nos encontramos símbolos de religiones naturalistas, -soles, exapétalas, árboles de la vida…-; con la llegada del cristianismo la cruz ocupa un lugar preeminente, también las imágenes marianas y el resto de las advocaciones locales. Como ocurre con otros aspectos, la cultura popular funde elementos y, a veces, hay una mezcla de elementos naturalistas  con cruces cristianas, por ejemplo. También en la tradición oral se mezclan asuntos legendarios de diversa procedencia. Hay ritos seculares de origen celta que han pervivido hasta hoy. Ahí están las calabazas de  la noche de Todos los Santos, Halowen y su “truco o trato”.


La artesanía tradicional tiene también su representación en este mundo: cruces de forja, placas de barro, de pizarra, de fina cerámica, y son un reflejo de la mentalidad de los países, regiones y comunidades. 

Azulejos funerarios de Sargadelos en el cementerio de Sta María de Cervo (Lugo). Foto: José Antonio Alonso.


A mí siempre me ha llamado la atención la forma de vivir la muerte en el Norte de Portugal y en Galicia, tan presente en la vida cotidiana y en el folklore. 


Y, por supuesto, las celebraciones funerarias mejicanas que fueron difundidas por todo el mundo en la película “coco”. Los mejicanos, en términos generales, celebran la muerte con su “Día de muertos”,  en las  fechas que nosotros, aunque los preparativos tienen lugar desde varios días antes. Estas celebraciones están declaradas, desde  2003, Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. La casa de México en Madrid tiene ya abierta, por estas fechas en exposición su “Altar de muertos”, dedicado este año al músico Agustín Lara. La entrada es libre, desde el día 18 de septiembre.


La muerte tiene también otros variados símbolos. En cuanto a colores el que más la identifica, por aquí es el negro,  que simboliza la falta de luz, la oscuridad, la falta de vida;  por eso se encienden lamparillas y velas, en recuerdo de los difuntos y, antiguamente, en nuestra tierra, y en otras de la península,  se usaban las tablillas de cera que colocaban nuestras abuelas para alumbrar las sepulturas de los difuntos de la casa.


Las  flores, que tampoco faltan en las tumbas de nuestros muertos por estas fechas, ponen también su nota de color e intentan mitigar la tristeza de las pérdidas y la limitación de nuestras vidas y su carácter efímero.