El luto en la Sierra

09/08/2026 - 13:00 José Antonio Alonso/Etnólogo

 La tragedia del último fuego de la Sierra nos ha sumido en una situación de “luto en el corazón”, que nos recuerda ciertos ritos tradicionales de nuestra tierra.

Antiguamente, cuando fallecía algún familiar, era costumbre generalizada ponerse de luto. Esto variaba, dependiendo de las comarcas y de otras circunstancias. Por lo general, los familiares se vestían de negro, un par de años. Como solía ocurrir, la peor parte se la llevaban las mujeres, que se cubrían de los pies a la cabeza con ese fúnebre color (todavía recuerdo a nuestras abuelas, tiñendo la indumentaria de negro en los barreños). El luto en las prendas de los hombres quedaba reducido a poca cosa: corbata negra en los ritos, algún brazalete o un botón forrado de tela negra en el ojal de la chaqueta. El luto en las prendas se completaba con otras medidas y tabúes: en ese tiempo no se podía ir al baile, ni cantar, ni oír la radio, ni manifestar alegría en ningún momento, y menos públicamente. Cuando llegaba la ronda a la casa del luto, se llamaba a la puerta y se preguntaba: ¿se reza o se canta? y se actuaba en consecuencia.


Todo esto se ha quedado trasnochado; y ya  apenas se usa, pero la tragedia del incendio de la Sierra ha llegado a tal extremo que muchos tenemos la sensación de haber perdido algo fundamental, que difícilmente podremos recuperar. Y eso que afortunadamente, gracias al trabajo ejemplar de profesionales y colaboradores, no ha habido que lamentar víctimas. El luto por la muerte de los seres queridos tenía su sentido en la sociedad tradicional, hasta que ha ido perdiendo vigencia; pero, muchos serranos, ahora, llevamos el luto en el corazón, después de lo que nuestra tierra ha sufrido. Tal vez no estaría de más buscar símbolos y gestos para expresar, con métodos tradicionales o con otros nuevos, la desolación y la tristeza que nos invade, desde que la Sierra quedara, al menos en miles de hectáreas, en su actual estado de fúnebre desierto.

Pinos jóvenes calcinados, junto al pantano de Alcorlo. Foto: José Antonio Alonso.


¡Cómo me explicaría yo, para que entendieran nuestra situación anímica…! Tanto patrimonio natural, tanta belleza, reducida a cenizas en cuatro días, tanto trabajo de generaciones, una tras otra, para nada; el cuidado de los abuelos, de los padres y madres, de los paisanos; tantos días de “cendera” o hacendera, arreglando caminos, habilitando puentes, levantando paredes, cortando zarzas y jaras; tanta energía empleada, tanto cariño individual y colectivo, ahora que parecía que un cierto horizonte de esperanza volvía a vislumbrarse en el futuro, aunque fuera todavía lejano e incierto.
Y, como siempre, los más afectados son los y las que viven todo el año en el pueblo, con su economía dependiendo de la tierra: ganaderos, agricultores, gentes que viven del turismo (de los bares y restaurantes, de las casas rurales…). Los demás estamos tocados anímicamente, pero la escasa gente que queda, y que depende económicamente de la tierra, tiene un  serio problema añadido.


El  paisaje ha quedado desolado, con lo cual se ha perdido el principal atractivo para el turismo; pero, además, es una cuestión vital: nuestra vida está hecha también de sentimientos, de principios, de proyectos, de ilusiones, de esperanzas, del gozo de la belleza; nuestros paisajes humanos son parte de nuestro legado patrimonial, de nuestra historia; y se han ido a la mierda, en gran medida, de repente, en estos nefastos días.

Hiendelaencina. Antiguas ruinas, después del incendio. Foto: José Antonio Alonso.


No es mi intención, en estas columnas, entrar en el análisis de las causas y culpables de semejante desastre, ni tampoco entrar en conversaciones de barra de bar, a las que todo el mundo tiene derecho para desahogarse, después de la que ha caído; pero, antes de seguir, quiero sumarme a los agradecimientos a favor de los profesionales y colaboradores que han conseguido que este desastre no haya sido todavía mayor. Que se podrían haber hecho las cosas mejor: sin duda; que hay que hacer hincapié en la prevención todo el año, también.


Desde el primer momento, tanto las administraciones como las asociaciones y personas, estamos de acuerdo en que son necesarios planes de recuperación, desde ya mismo, para curar, en la medida de lo posible, la herida de la Sierra, que, un año más, vuelve a sangrar.
Otra cosa fundamental: nosotros hablamos en clave provincial, pero hace décadas que estos desastres están ocurriendo en todo el mundo y, por lo tanto, la solución dependerá también, en gran medida, de afrontar el problema globalmente. Por mucho que nos empeñemos en buscar soluciones parciales, nuestra capacidad de influencia real  es insuficiente, mientras siga habiendo gente empeñada, erre que erre, en posturas negacionistas sobre el cambio climático y sin reconocer las nuevas características de los fuegos.

El Alto Rey, desde el término de Robledo. Foto: José Antonio Alonso.


De la postura de los “señores de la guerra”, que siguen pegando pepinazos a diestro y siniestro, mejor ni hablar; cada vez que invaden algo, la tierra y sus habitantes sufren lo indecible, pero ellos siguen adelante con sus planes prepotentes, ajenos a la salud del planeta y a las preocupaciones reales del común de los mortales.


Seamos realistas; a pesar de las últimas medidas adoptadas, gran parte de  nuestra castellana tierra está vacía; no hay apenas gente que viva continuamente en el terreno y ayude a cuidar del campo, ni tampoco una sensibilidad permanente ante el problema. En dos o tres de meses nos olvidaremos. Vivimos en el confort de un mundo cada vez más urbano. Algunos responsables alardean de que nuestra provincia gana población, y ese dato es cierto, en sentido estricto; pero ¿De qué nos sirve concentrar recursos en el corredor del Henares, si los pulmones de la tierra están heridos o en serio peligro? En general, no se planifica a largo plazo, no se asumen las tremendas  consecuencias. Ahora nos asombramos por las tragedias irreparables y vamos poniendo parches, pero el campo se quema, hasta niveles insoportables. Un territorio vacío es muy difícil  gestionar, con efectividad, cuando no se pone remedio a  algunos defectos estructurales históricos.


Pero volvamos al luto tradicional: antiguamente era bastante raro que una mujer, pasados los 50 o 60 años, volviera a vestir prendas de colores, porque la escasa esperanza de vida hacía que las muertes de la familia se sucedieran  una tras otra, y el luto acababa acompañándolas hasta el final de sus días. Me encantaría equivocarme, pero me temo que llevaremos luto en el corazón para rato y, al igual que nuestras queridas abuelas, acabaremos acostumbrados a convivir con las duras situaciones. Nos tendremos que conformar con entrar en una situación que tradicionalmente se conocía como de “alivio de luto” y que era un estado de transición para ir recuperando la “normalidad”, en la vida individual y social de las personas y familias. Físicamente eso se manifestaba en el uso de una indumentaria también de transición,  en la que aparecían ya otros colores de tonos grisáceos o poco llamativos, lunares, jaspeados y similares; también anímicamente se podían permitir ya ciertas licencias en la vida individual y social, asistir a ciertos actos públicos no festivos, etc. El tiempo dirá…