Soportales

28/06/2026 - 11:18 José Antonio Alonso/Etnólogo

Los soportales antiguos o modernos son una necesidad para la vida armónica y humanizada, en estos tiempos de cambio climático y de arquitecturas maltratadas.

Estamos a mediados de junio y, a la hora del ángelus, el sol pega implacable sobre el asfalto de las urbes -¡Esto es Castilla!-. La primavera estaba viniendo bonancible, hasta ahora; pero a las puertas del comienzo oficial del verano, nos acaba de llegar la primera ola de calor. No sé cómo vamos a sobrevivir, un año más, a todo esto. Busco soportales donde refugiarme, pero no los encuentro fácilmente. Las estructuras urbanas son también un reflejo de la mentalidad colectiva, un espejo que habla de nosotros, de nuestra cultura, como lo son la gastronomía, la música o el baile, el habla, la artesanía, etc., salvando las distancias, claro, porque la cosa tiene su complejidad. 


La arquitectura tradicional tiene que ver con  el origen de los suelos, con el tipo de materiales a los que los constructores populares tenían acceso: rocas, maderas, argamasas y, a veces también, por la ausencia de estas –construcción en piedra seca, por ejemplo-. Otro elemento que condiciona la arquitectura es el clima, las precipitaciones, la sucesión de las estaciones, en nuestro caso. Tampoco debemos olvidarnos de las necesidades para las que se conciben las construcciones (habitáculo de las familias, cobijo de los animales, almacenamiento agrícola, culto, lugares para el encuentro, para el mercado, para la vida social, para el deporte, etc.). Y aún podríamos hablar de otras cuestiones que condicionan la arquitectura popular: la historia, la tradición constructora, las modas, las necesidades económicas de cada momento.

Atienza. Plaza del Trigo. Foto: José Antonio Alonso.


En los pueblos y ciudades de la Castilla tradicional los soportales formaban parte de su esencia. Las grandes plazas estaban muchas veces rodeadas de soportales en su totalidad o parcialmente; eran el lugar de encuentro por donde se transitaba, cuando el calor o la lluvia apretaban, y de reunión y comunicación cuando el tiempo era más bonancible o en las noches con la fresca; allí se colocaban las tiendas fijas y los puestos de venta en las ferias y mercados; allí se refugiaban en verano las féminas para coser y bordar, mientras hablaban o escuchaban la radio, y los hombres con sus artesanías o para liar un cigarro y platicar con el vecino; los soportales son una muestra de que se priorizaba la vida social y las necesidades del “común”. Pero los tiempos cambian y la especulación del terreno, sobre todo en las ciudades, ha hecho que se supriman muchos soportales –“la pela es la pela”, que diría un castizo-.


Otro ejemplo de la importancia de la vida social era el atrio de las iglesias, donde se juntaban los vecinos convocados “a campana tañida o repicada” para tratar y decidir sobre los asuntos que eran de su competencia. Estos atrios solían formar parte de la estructura de las primitivas iglesias románicas y han pervivido en muchos casos, debido a su funcionalidad, ahora más relacionada con la charleta vecinal y con la subasta de maneros que con el gobierno del municipio. En ocasiones se cerraron y sirvieron para otras funciones, como escuelas, por ejemplo, donde los sacristanes ejercían de maestros de enseñanza básica. Con el tiempo, la valoración del patrimonio ha hecho que se hayan vuelto a derribar los muros de esos cerramientos, apareciendo de nuevo las primitivas arcadas, columnas y capiteles que estaban emparedados (una gozada volver a ver el arte exento después de siglos de ocultación).

Castilblanco. Atrio de la iglesia. Foto: José Antonio Alonso.


A lo que íbamos: busco soportales donde guarecerme, pero ya no se hallan fácilmente; aunque en ciudades como Guadalajara todavía se encuentran algunos del pasado y otros de nueva creación, que suponen un guiño a nuestra tradición y un desahogo para la vista y para el tránsito en nuestra vida acelerada.


En nuestra ciudad nos hemos pasado mucho tiempo lamentándonos -con sobrada razón, eso sí-, por la destrucción de nuestro patrimonio arquitectónico, pero más nos vale reflexionar sobre lo que podemos hacer, a día de hoy, por mejorar nuestra calidad de vida. En esto como en otras cosas los profesionales, arquitectos, administradores, políticos  y, por supuesto, los vecinos tienen –tenemos- mucho que decir. Hace unos meses asistíamos en el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara a una charla-debate con profesionales de la Arquitectura sobre cómo el diseño de las ciudades podía influir en la vida de sus habitantes, haciéndola más armónica  y más humana. Pero, por lo dicho allí, esto no solo depende de los arquitectos  y de sus buenas intenciones, también depende de la especulación y del propio interés de los vecinos en disfrutar los planes diseñados. Por eso me alegra que en esta nuestra querida ciudad de arquitecturas maltratadas aparezcan nuevos soportales o se respeten los ya existentes.


Busco, en mis recuerdos y en mi archivo de fotografías, imágenes de plazas y calles con soportales; en nuestra provincia hay para dar y tomar. Tal vez el ejemplo más paradigmático sea la inigualable Plaza del Trigo de Atienza; tampoco la Plaza Mayor de Sigüenza anda mal de soportales. Pero si hablamos de soportales continuados tenemos que referirnos a Tendilla, con cientos de metros continuados, donde se sitúan las tiendas y puestos ambulantes. Tendilla fue en sus días toda una tienda, de ahí su nombre, supongo. La Alcarria está llena de hermosos soportales: Horche, Budia, Brihuega…me falta espacio para seguir. Hay otras plazas menos conocidas, pero no por eso menos importantes. Hace poco estuve en Salmerón y me quedé impresionado por sus soportales.

Mascaritas en los soportales de la plaza. Foto: José Antonio Alonso.


Estamos acostumbrados a valorar los grandes  y señeros monumentos, pero también las estructuras arquitectónicas tradicionales y populares deberían estar más valoradas. Algunos conjuntos de soportales, como los citados, podrían estar protegidos con algún tipo de  figura. El problema de muchos lugares es que suele ser habitual que las casas se queden vacías y los dueños no las atiendan. En este como en otros temas chocamos de nuevo con el problema de la despoblación: donde no hay gente, sobre todo gente joven, no hay relevo generacional y las casas y conjuntos arquitectónicos acaban cayéndose o deteriorándose: la pescadilla que se muerde la cola, el cuento de nunca acabar. Tenemos tanto patrimonio que, a veces es prácticamente imposible que las administraciones lleguen a todas partes. Y también es necesario un cierto cambio en la mentalidad: el patrimonio no es sólo cosa de nuestras instituciones. En su salvaguarda debemos participar todos, personas, colectivos y, por supuesto, las entidades públicas y también las privadas. Solo de ese modo podremos avanzar en la defensa de nuestra herencia cultural y proyectarla en el futuro que se sigue construyendo, día a día, a ser posible con la implicación de toda la sociedad.