Indumentarias para los ritos de primavera
La eclosión de la naturaleza se refleja también en nuestros ritos, en su indumentaria relacionada y en el atrezzo que les acompaña.
Como quien no quiere la cosa, nos vamos acercando al final de la primavera, estación en la que se concentran muchos ritos relacionados con la fertilidad, el renacer de los campos, con la vida que sigue perpetuándose; de hecho, por estas latitudes, los años que se van cumpliendo se contabilizan también por primaveras –María ha cumplido 25 primaveras-. Muchos ritos de esta estación, suelen llevar aparejadas indumentarias que reflejan ese renacer y la eclosión de la tierra y su parto multicolor: prendas floreadas con ramajes, capullos, zarcillos, etc. de los que hoy hablaremos.
En primavera tienen lugar por nuestra tierra romerías, cantos y plantas del “mayo”, fiestas de la “maya”, de la cruz de mayo, bendiciones de campos, y algunas danzas de ritual (Valverde, Utande y Molina). Todas estas fiestas tienen, en mayor o menor medida, una relación con la naturaleza, que en estas fechas se encuentra en su máximo esplendor.
Cofrades de la Caballada de Atienza. Foto: José Antonio Alonso.
Una de las fiestas tradicionales de mayor nombradía en nuestra tierra, por esas fechas, es la Caballada de Atienza. Los cofrades atencinos lucen unas originales chaquetillas de paño negro, sobre cuyo fondo destacan diversos motivos vegetales –flores, rameados- de gran colorido y belleza; estos motivos se suelen bordar en los puños, cuellos, botonaduras y espalda de las chaquetillas. Los campos de cereal son el marco natural perfecto para los ritos que, desde hace más de ocho siglos y medio, se vienen sucediendo en la localidad serrana; otros tienen lugar por las calles de la villa, y en el camino que baja hasta la ermita de la Virgen de la Estrella y en la propia ermita.
Otra fiesta de gran raigambre en la primavera de nuestra tierra es la danza de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos, que encuentra en las eras del pueblo, con el Ocejón de fondo, un escenario inigualable donde tienen lugar una parte importante de los ritos; sus ocho danzantes lucen vistosos mantones de Manila con fondo negro, sobre los que destacan también flores, rameados y otros motivos de vivos colores; en los hombros llevan sendas flores, y sobre sus cabezas visten un “gorro”, especie de mitra adornada con flores y un espejo. Muchas casas valverdeñas levantan en sus fachadas altares adornados con colchas, pañuelos bordados y flores. Esta fiesta de Valverde se ha definido también como la “fiesta de los sentidos”, pues todos ellos intervienen en el gozo de los valverdeños y de los visitantes.
También el ángel, que forma parte de la loa de Utande, luce un tocado similar, de menor tamaño que los gorros de Valverde; los danzantes de los “peludillos” llevan así mismo pañuelos estampados de colores atados a la cintura, sobre las enaguas almidonadas, y algunos lucen pañuelitos bordados con hilos de colores y motivos florales.
Gorros de la danza de Valverde. Foto: José Antonio Alonso.
Pero, ya anteriormente, por el 30 de abril se planta el mayo, chopo o “fuste”, como también se llama a veces, en aquellos territorios donde la emigración no ha castigado tanto, ni ha pasado su terrible guadaña de soledad, silencio y callejas vacías. Aún se cantan mayos en la Alcarria, en algunos pueblos de la Campiña y de Sierra Molina. En la Alcarria se adornan las ventanas y balcones con pañuelos bordados y mantones de Manila; abajo, por las calles, pasan los rondadores con guitarras, laúdes y bandurrias y otros variados instrumentos; sus voces están acostumbradas a romper los silencios en la noche y se mantienen afinadas con ayuda del “morillejo”, el aguardiente de la zona, y otros muchos vinos y licores del terreno y con los bollos artesanos con que en muchas localidades obsequian las familias de las mayas o mozas rondadas.
Apenas quedan, por aquí, ya niñas que se vistan de “maya” luciendo en sus altares de reinas infantiles el mantón enramado de la abuela. Hasta hace unas décadas, cada barrio de Guadalajara tenía su maya, como nos dejó escrito Fernando Benito (Cuadernos de Etnología, 9); también muchos pueblos de alrededor –Iriépal, Lupiana, etc.- tenían la suya. Las últimas que yo he conocido las vi entronizadas en el barrio de Adoratrices, en la Concordia y en la carretera de Zaragoza, cerca del Depósito de las Aguas, donde algunas familias entrañables siguen haciendo lo imposible porque no se pierda ese patrimonio etnográfico.
Al igual que ocurrirá después en Valverde, otras muchas localidades han participado, con anterioridad, en las fiestas del Corpus. Por estas fechas muchas plantas aromáticas están en su momento álgido de belleza y aroma: los morados cantuesos, las “palmarizadas” y la lavanda de intenso olor, las rosas y las azucenas. Es costumbre que en los pueblos la gente vaya a cortar ciertas plantas y las extienda por el suelo de la iglesia y por las calles por donde pasará la procesión con su custodia y el cura bajo palio. Las pisadas de los fieles hacen que los aromas asciendan también a las nubes, con las oraciones de los creyentes y el intenso y característico olor del incienso.
Ángel de la loa de Utande. Foto: José Antonio Alonso.
Hubo, antiguamente, ciertas prácticas mágicas relacionadas con la protección y con el miedo a los efectos de las tormentas: algunas de las plantas extendidas por donde había pasado la custodia se guardaban en las cámaras de las casas y se quemaban en un brasero o recipiente metálico, en el exterior de la vivienda; se pensaba que el humo resultante alejaba la nube y el peligro consiguiente que arrastraba; también se guardaban los cabos de las velas que habían lucido en los monumentos de Jueves Santo y se encendían con la misma finalidad protectora. De esas prácticas y de otras similares, llevadas a cabo en nuestra provincia, dejamos escritas unas cuantas páginas, hace ya bastante tiempo: https://www.academia.edu/45018595/_SUPERSTICIONES_Y_CREENCIAS_EN_TORNO_A_LAS_TORMENTAS_
En Guadalajara ciudad, en Almonacid, Albalate, y otras localidades se tiene por costumbre confeccionar alfombras por donde transcurren las procesiones del Corpus. Estas alfombras suelen fabricarse usando serrines de colores, arenas, pétalos de flores y otros variados materiales, para componer temas eucarísticos y religiosos, en general, previo diseño, en el papel, o improvisando sobre el terreno.
Los altares del Corpus son la contribución de los creyentes a la fiesta religiosa y tienen también mucho de creatividad popular, de arquitectura efímera, construida para el momento en que el sacerdote se detiene con la custodia para orar o para cantar los motetes heredados de los mayores. Si nos fijamos en los altares, comprobaremos que no falta una mesa o estructura de madera, imágenes, flores, colchas y pañuelos de talle o mantones de Manila, alfombras y un cojín para que se arrodille el oficiante, elementos que, con algunas variantes, están también presentes en las cruces de mayo, tan populares en algunos municipios de Guadalajara, como Pastrana.