Sobre la desmitificación del folklore
¡Vaya temita que hemos elegido hoy! Antes de entrar en harina, conviene aclarar alguna cuestión, porque, claro, los mitos forman también parte del folklore, y yo no soy quién para amputar el contenido del mismo, ni tengo ninguna intención de hacerlo.
¡Vaya temita que hemos elegido hoy! Antes de entrar en harina, conviene aclarar alguna cuestión, porque, claro, los mitos forman también parte del folklore, y yo no soy quién para amputar el contenido del mismo, ni tengo ninguna intención de hacerlo.
A lo que me refiero es a que, el folklore, lo mismo que ocurre con otras disciplinas de nuestra cultura, puede tener tratamientos muy diversos; puede llegar a enaltecerse, a ponderarse de tal manera que nos olvidemos de posibles enfoques desafortunados, de sus errores históricos, desde nuestra visión actual, y de las consecuencias derivadas de los mismos. Lo digo yo, que, como otros amantes del tema, intento hacer crítica desde dentro, con el fin de mejorar algunos aspectos, métodos y actitudes, sin dejar de servir a la “causa”.
Escena de música y danza en un tapiz. Foto: José Antonio Alonso.
En el largo recorrido del folklore, aunque la palabra tenga una relativa corta existencia, nuestra disciplina -el “saber popular”- ha pasado por momentos de valoración muy distintos. Aunque, por la complejidad del tema, no sea este el lugar adecuado para hablar de ello, sí podemos decir que la cultura llamada “tradicional” fue, durante mucho tiempo, denostada, despreciada, especialmente por ciertas gentes “cultas”, que no podían o no querían ver en muchas de las expresiones del pueblo, un patrimonio que merecía la pena valorar, estudiar y defender, como una parte importante del corpus global de la cultura de la humanidad. Esa sabiduría popular, muy unida a la vida cotidiana y festiva de nuestras gentes, solía transmitirse por vía oral, de generación en generación, aunque, también la escritura y la grafía, en general, recogían algunos aspectos –recordemos, por ejemplo, los cuadernillos de coplas o de cantares de Semana Santa que las mozas solían escribir y transmitirse entre ellas, para no olvidarse de las letras-. La gente “culta” -y lo digo sin ningún doble sentido ni resquemor-, era, en general, más de transmitir su sabiduría por vía escrita -tenían herramientas para ello-.
Estas dos vertientes culturales –la “popular” y la “culta”, para entendernos- nunca han estado totalmente separadas; a fin de cuentas unos y otros hemos convivido en los mismos paisajes, muchas veces juntos, a veces incluso revueltos, respirando el mismo aire y procurando disfrutar de la vida, eso sí: unos con mejores condiciones que otros.
El pensamiento mágico suele estar en la base histórica del folklore, en sus ritos, en su música, en la danza, en la religiosidad popular, aunque también el pueblo ha sido muy práctico y realista, a la hora de transmitir muchos aspectos de su sabiduría: el conocimiento de las plantas, de los animales, de sus técnicas artesanas y artísticas, de los parajes, etc., todo ello basado en la observación directa y en la experiencia acumulada por las distintas generaciones.
Escena popular idílica en un tapiz.Foto: José Antonio Alonso.
La magia tiene su puntito poético y evocador, pero si la humanidad ha avanzado en muchos aspectos, -la sanidad, por ejemplo-, y con ella la calidad de nuestra vida, ha sido gracias al empirismo y al estudio racional de la ciencia. De no haber sido así, todavía estaríamos intentando curar las hernias inguinales infantiles con los ritos mágicos, al salir el sol, la mañana de san Juan, por poner un ejemplo.
El folklore tiene también sus valores: espontaneidad, frescura, participación, dinamismo, expresividad sin tapujos o buscando los resquicios que la “censura” del poder le dejaba, y le deja, para manifestar sus inquietudes, problemas y sentimientos. A cada cosa, lo suyo.
Afortunadamente muchos científicos y artistas han bebido en las fuentes del folklore: los profesionales que elaboraron sus recetas basándose en el conocimiento de las plantas usadas a veces por nuestros pastores, los músicos que trabajaron el folklore musical, los Lorca y Machado que se inspiraron, en ocasiones, en la tradición poética popular.
Ahora estamos en un tiempo de valoración relativa del folklore, pero hay que ser críticos para no caer en el lado contrario de los que lo despreciaban: no todo el folklore es avance y en las universidades y academias está la base del progreso que nos puede llevar a saber más y mejor, con método, con herramientas.
Talla en madera de una escena mítica. Foto: José Antonio Alonso.
La gente del mundo del folklore, tal vez por ese desprecio al que esa cultura estuvo sometida, secularmente, solemos ser un pelín fundamentalistas, en cierto sentido: defensores a ultranza de nuestras raíces. Luis Díaz Viana escribió un trabajo que a mí me gusta releer, de vez en cuando, y del que procuro aprender: Los guardianes de la tradición. Ensayos sobre la “invención” de la cultura popular (Sendoa editorial, 1999). Ya el título es toda una muestra de las páginas que siguen.
El folklore es una especie de ser vivo que evoluciona con la sociedad, de modo que cuando uno se convierte en “guardián de la tradición” se asumen muchos riesgos: guardián ¿De qué tradición?, ¿De qué momento histórico?, ¿De qué situaciones, ritos, creencias, filosofías concretas? Y se me ocurren algunas otras preguntas: ¿Guardianes de qué?: ¿De las costumbres que marginaban a las mujeres?, ¿Del folklore casposo que defendía los privilegios de unos pocos?, ¿De los ritos controlados por el pensamiento dogmático, acrítico y asocial?
No parece que eso esté en la mentalidad de los hombres y mujeres que disfrutamos, difundimos y encontramos en el folklore actual el marco y las condiciones adecuadas para expresar nuestros sentimientos y nuestra forma de ser, pero ¡Cuidado!: hoy en día parece que todo el mundo está de acuerdo en aceptar, difundir y respetar el folklore; las diferencias aparecen cuando nos ponemos a desmenuzar algunos contenidos, porque en esto también hay tendencias y formas distintas de ver las cosas.
Efectivamente, hay corrientes que pueden pretender beneficiarse de la cultura popular y aprovechar la existencia en el pasado de una mentalidad mágica, para confundir y pensar que aquella sociedad y su cultura, a veces amodorrada, es válida para este mundo de hoy y la base para construir el futuro. Y no: los siglos de aprendizaje -pienso yo- deben servirnos para recordar, también desde el folklore, ciertas lecciones aprendidas y los logros conquistados: igualdad entre hombres y mujeres y entre las personas, en general; respeto al medio ambiente, a la naturaleza, a los animales y a las plantas; democracia, racionalismo, espíritu crítico; respeto a las creencias e ideologías, siempre que ayuden a la humanidad a mejorar y a crecer, no a retroceder.
De los cantos y los bailes, del buen comer y beber, de las fiestas y del gozo de vivir, ya nos encargamos nosotros, que para eso el folklore se las pinta.