La fiesta y sus sentidos

06/09/2026 - 12:20 José Antonio Alonso/Etnólogo

Entrados en tiempo de fiesta, en la capital y en otras localidades, analizamos algunos sentidos que nos mueven al jolgorio y al actual disfrute de estos días.

El calendario festivo se reparte por estas tierras a lo largo de todo el año. Cuando no hay una fiesta, hay otra. Cualquier pretexto es bueno; el caso es echarse a la calle y disfrutar de la celebración. Tradicionalmente, marzo era uno de los meses menos festivos de la provincia de Guadalajara, salvo los años que coincidía con el Carnaval; ahora, el mes “ventoso” también se va rellenando, en algunos casos, con eventos que se trasladan de fecha, buscando, a veces, una mayor repercusión mediática y de asistencia.


Las fiestas, por aquí, suelen agruparse, generalmente, en tres o cuatro momentos del calendario: uno de ellos es el de finales de enero y principios de febrero. Son fiestas muy arraigadas, más o menos desde san Antón a Santa Águeda, pasando por san Sebastián, la Virgen de la Paz, la Candelaria y San Blas.  Por lo general tienen una larga historia y en ellas se pueden rastrear sus ancestrales orígenes; son tiempos de hogueras, procesiones y botargas. Después de los Carnavales y de las fiestas de primavera, vienen meses de gran concentración festera: a mitades de agosto se celebran san Roque, -otra advocación con solera- y la Virgen de agosto. Entre las dos fechas se concentran la mayor parte de las fiestas de España, con el permiso del Cristo de septiembre, que también suma lo suyo. Luego vendrán las fiestas de otoño con sus recuerdos a los difuntos, la Inmaculada, marcando el tiempo de preparación para la Navidad, y las fiestas del solsticio de invierno para volver a empezar el ciclo y la rueda del año.

Brihuega. Gigantes en la Procesión de la Cera. Foto: José Antonio Alonso.


Para cada cultura la fiesta tiene su sentido. Las antiguas sociedades agricultoras celebraban la recogida de la  cosecha; las ganaderas, la venta de los animales o la matanza; las  industriales, las ferias donde exponer sus novedades, y el tiempo imprescindible y necesario de descanso para los trabajadores; hoy en día, los artesanos y los feriantes aprovechan cualquier ocasión para  vender sus productos en torno a algunas fechas claves,   como las Navidades y el día del padre, de la madre o San Valentín, si fuera el caso

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La mayoría de nuestras fiestas tienen un origen y un sentido religioso, en las religiones naturalistas y en el cristianismo, que acabó asimilando los ritos y creencias “paganas”, adaptándolas a su calendario y nombrándolas con los nombres de sus advocaciones, de sus santos y vírgenes. 

Verbena en Guadalajara. Foto: José Antonio Alonso.


La historia de nuestras fiestas es un reflejo de la historia de nuestras comunidades, de las culturas y religiones que han pasado por aquí, de sus luchas por el poder y su hegemonía, de sus batallas civiles y religiosas. La asociación entre el poder religioso y el civil ha resultado muchas veces contundente a la hora de reforzar la unidad de acción, pero esa unidad tiene también sus riesgos y servidumbres, y la libertad de las personas suele salir malparada. De eso en este país sabemos bastante, por experiencia. Estamos hablando de las religiones y de los poderes, en plural y en términos generales, sin referirnos a ninguno en concreto, pues por esta piel de toro han pasado muchas religiones y culturas.


En algunos momentos históricos, la fe en los supuestos paraísos prometidos fue capaz de mover a algunos mortales, que  entregaron parte de su vida terrenal a cambio. También hubo tiempos, en los que la alegría y el gozo de vivir se veían, de alguna manera, como pecaminosos -al menos desde ciertos sectores de la sociedad-, al igual que la  fiesta, el disfrute y todo lo que pudiera distraer a la gente de la salvación eterna; pero la necesidad de romper con la monotonía diaria siempre se abrió camino, a pesar de los pesares. 
Aquellos tiempos quedaron atrás; hoy vivimos, por lo general, en una sociedad hedonista en la que cuentan el disfrute y  los placeres cotidianos y, por supuesto, la fiesta que, en ese marco vital, adquiere ahora otro sentido. Sin embargo, la mayor parte de las fiestas siguen perteneciendo al ámbito religioso; las fiestas civiles no tienen un gran peso en el calendario; el tiempo sigue midiéndose y nombrándose en clave religiosa.

Fuegos artificiales fin de fiesta. Foto: José Antonio Alonso.   


 Los días dedicados a la fiesta van creciendo sin parar: donde había una feria se programa también otra feria “chica”; La duración de las fiestas, en los grandes núcleos urbanos, sigue engordando, año, tras año –hay fiestas que duran dos semanas-. Antiguamente esto ocurría también en cierto sentido: cada Águeda tenía su “Aguedilla” y cada san Blas, su  “san Blasillo”. Todo normal, hasta aquí: el personal tiene derecho a desfogarse, a celebrar y a regocijarse y eso es bueno para muchas cosas, entre otras para la salud mental de los ciudadanos y ciudadanas. La cosa es que en esta sociedad global y ultra-comunicada, el personal no solo va a las fiestas de su entorno; un chaval o chavala se pasa el verano durmiendo por el día y yendo de juerga por la noche (es una forma de hablar); la verdad es que también nuestros padres y abuelos, en su juventud, hacían lo que podían en ese sentido -¡Cuantas veces nos contaban que iban andando de su localidad a las vecinas para vivir la fiesta!-; pero con la mejora de los medios de transporte, esa dedicación al tiempo de fiesta se ha multiplicado exponencialmente.


Los pueblos rivalizan entre sí por la fiesta más larga, los toros más bravos y los grupos más famosos. ¡A ver quién da más! También en esto se refleja nuestro carácter tribal, heredado de nuestros primitivos ancestros.


Antiguamente, la “Ronda” de los mozos tenía un protagonismo destacado en la organización de la fiesta, junto con la autoridad civil y religiosa, claro. Eran tiempos en que, las mujeres andaban más ocupadas en ritos religiosos de Cuaresma y otras cuestiones similares; era el papel obligatorio que los poderes establecidos le tenían asignado. Todo esto es sólo historia ya. Hoy cualquiera puede formar parte de Ayuntamientos, comisiones y peñas festivas, sin distinción de sexo; y nadie se plantea, ni por asomo, volver a aquellos tiempos. Disfrutemos en paz y armonía de lo bueno que, entre todos y todas, hemos conseguido. ¡Felices fiestas!