11/03/2020 / 21:23
Antonio Herrera Casado / Cronista Provincial


Imagenes

Lecturas de Patrimonio: La iglesia de Millana

Una de las iglesias románicas más meridionales de Castilla la encontramos en la Hoya del Infantado, en el valle del río Guadiela. Junto con Alcocer y Valdeolivas, son los mejores testigos de la Edad Media en estas tierras de la Baja Alcarria. 


La villa de Millana se encuentra situada en plena Alcarria, en el valle del río Guadiela, dentro de lo que históricamente se conoce como la Hoya del Infantado. Reconoce un pasado común con Alcocer, Salmerón y otros lugares del mismo entorno geográfico. Tras diversos avatares señoriales, en el siglo XV quedó en poder de los Mendoza alcarreños, que la poseyeron durante muchos siglos. Pero anteriormente fue posesión señorial, por donación del Rey Alfonso X el Sabio, de doña Mayor Guillén de Guzmán, la misma que tuvo en señorío a Cifuentes. Ocurría esto en 1253, y ateniéndonos al patrocinio directo de dicha señora, en la construc­ción del templo mayor de la villa cifontina, ya estudiado por nosotros en ocasión anterior, no es difícil suponer que ella fue también la inspiradora de la iglesia parroquial de Millana y de su gran portada abocinada, pues el estilo es muy similar al de Cifuentes, aunque en este caso resulta más pobre en la decoración. De cualquier modo, resulta fácil datar la portada meridional de la parroquia emilianense de Santo Domingo de Silos en los inicios de la segunda mitad del siglo XIII, lo cual añade otro dato a nuestra teoría de una cronología muy avanzada para el románico alcarreño.

La iglesia de Millana presenta importantes restos de su primitiva construcción románica. En el siglo XVI fue completamente rehecha, pero se conservaron sus dos portadas y buena parte de sus muros, procediéndose solamente a la reedificación y ampliación de la cabecera del templo. Su interior es de una sola nave y no ofrece elementos de interés, salvo el gran cuadro de Felipe Diricksen, recientemente restaurado, que supone una joya de la pintura del Siglo de Oro en esta apartada iglesia.

En el exterior, aparte de las numerosas y diferentes marcas de cantería en los sillares de sus muros, especialmente en el del norte, lo más señalado de este templo es la presencia de dos portadas que le confieren un interés especial en el examen del arte románico en la Alcarria.

La portada norte es muy sencilla y se encuentra hoy tapiada e inutilizada. Consta de un arco muy simple, con moldura sencilla y decoración de bolas. Enmarcando al arco aparece un filete con simple molduraje. En cualquier caso, y a pesar de su sencillez, esta portada norte, utilizada en tiempos remotos, del templo parroquial de Millana, es interesante y prueba de un modismo constructivo habitual en el siglo XIII.

Pero el elemento más valioso y definitorio de este templo es su gran portada meridional, que ofrece una estructura muy clásica dentro de lo que el arte románico suele presentar. Situada centrando el paramento sur del edificio, necesitó que a éste le hiciera un cuerpo saliente para albergarla, debido a la profunda bocina de sus arcos. No cabe duda que desde su construcción, en el siglo XIII, esta portada se ha mantenido sin cambios apreciables en su conjunto. Se aloja, como decimos, en un saledizo cuerpo de sillares bien tallados, en los que abundan las marcas de canteros. Este cuerpo saliente se cubre de un tejaroz sostenido por magnífica serie de canecillos que alternan con metopas o rosetas en las que aparece decoración interesante.

El ingreso propiamente dicho se constituye por una serie de cinco arquivoltas baquetonadas, llevando al interior un arco liso que hace el oficio de cancel, y que se apoya en lisas jambas laterales que escoltan el ingreso, en tanto que las cinco arquivoltas descansan sobre una serie de cuatro columnas adosadas a cada lado, con basa moldurada y corrido plinto. Estas columnas rematan en sendos capiteles que ofrecen una bella e interesante decoración, que comentaremos a continuación. Finalmente, ante la portada descrita se abre un amplio espacio rodeado de alta barbacana, correspondiente al antiguo cementerio o salón del templo, hoy ocupado de árboles y jardines, lo que le confiere un encanto aún mayor.

La portada románica de Millana tiene unas características comunes con la del Salvador en Cifuentes. Es de su misma época (2ª mitad del siglo XIII), está erigida y costeada por la misma persona (Mayor Guillén de Guzmán), y presenta una distribución de sus elementos tectónicos y decorativos muy similares, aunque eviden­temente es más sencilla. El estilo de sus elementos iconográficos es, dentro de su ingenuidad y rudeza, también similar a los de la referida portada, y a su vez a los de la puerta mayor del templo de Santa María del Rey de Atienza. Pertenecen al arte muy esquemático y simple de una cuadrilla de canteros que obedeciendo programas previamente establecidos por clérigos y matizados por señores, recorren la Alcarria poniendo en esa época su ingenua visión del mundo trascendente. Y la recorren a lo largo de un eje que coincide con el “Camino de Santiago” levantino, o “Ruta de la Lana”, el auténtico Camino de Santiago que atraviesa la provincia de Guadalajara.

 

Canecillos y Metopa.

Los elementos iconográficos más destacados de esta estructura románica se encuentran localizados en el friso superior de canecillos y metopas alternantes, y en la serie de ocho capiteles que rematan las columnas adosadas en el ingreso. En los canecillos apenas se advierte rastro de escultura, pues la mayoría son simples bloques de piedra tallada, ofreciendo algunos muy esquemáticos perfiles de anima­les. En los huecos entre los canecillos aparecen tallas denominadas metopas, en las que se pueden observar algunas curiosas figuras. Predominan las de tema vegetal, con rosáceas, palmetas, etc., siempre tratadas con una intención claramente decora­tiva e irreal. También se ven dos figuras de animales: un cuadrúpedo, que podría ser un león, y un ave de presa, indudablemente un buitre, que ataca y engulle a una víctima.

Los capiteles que rematan a las columnas adosadas ofrecen una decoración que entronca con la idea románica de exponer en las portadas elementos del Antiguo y Nuevo Testamento alternando con las figuras irreales del bestiario medieval, en esa mezcla tan típica de una edad en la que todo lo maravilloso e intemporal cae dentro de un mismo concepto narrativo y conceptual. A la izquierda del espectador se presentan cuatro capiteles en los que aparecen parejas de figuras enfrentadas en su centro.

 

Capitel de los centauros

 

A pesar de la dificultad de identificación debido a las agresiones que han sufrido a lo largo de los siglos, y al esquematismo de su inicial talla, vemos de izquierda a derecha una pareja de basiliscos, otra de centauros, otra de grifos y otra de arpías. En el grupo situado a la derecha del espectador, se encuentran otros tantos capiteles, en los que de derecha a izquierda vemos un ser con gorro escoltado de dos figuras diablescas; le sigue otro capitel con una pareja de leones enfrentados; otro en el que se ve a un anciano junto a un ángel que baja de la altura y la escena de la Natividad; y finalmente, el más interno, ofrece una figura de ángel separada por la esquina central del capitel de otra figura de aspecto femenino más el abrazo de dos mujeres. En cualquier caso, la rudeza de la talla de estos capiteles los hacen difícilmente identificables en su contenido iconográfico.

 

Capitel de las arpías. 

 

Puede considerarse muy claro el significado de los cuatro capiteles de la izquierda. Son parejas de elementos del bestiario medieval. Los basiliscos (mitad gallo mitad serpiente) son unos seres maléficos que matan cuanto miran o tocan. Los centauros retratan la parte animal y baja del hombre, y pueden identificarse con elementos pecadores. Los grifos, mezcla de águila y león, son elementos benéficos, protectores de los caminos y de los caminantes. Las arpías, o sirenas-pájaro, son seres emplumados con alas explayadas y cuyas colas se enredan en los cuartos traseros, llevando un gorro de tipo frigio y los cabellos colgando sobre los hombros. Se dice que estas arpías son hijas de Neptuno y el mar, y representan al vicio en su doble expresión de culpa y castigo. En definitiva, la serie de capiteles de la izquierda de la portada de Millana tiene un equilibrio perfecto en cuanto a representación del Bien y el Mal en forma de animales del bestiario.

 

Capitel con escena bíblica.

En los capiteles de la derecha, vistos desde dentro a fuera, nos encontramos en el primero con lo que podría ser la representación de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen María. Una figura angélica saluda a otra femenina, y es fácil identificarlo con la escena bíblica referida (Lucas, 1, 26). Además aparecen dos mujeres abrazándose, sin duda la Visita de María a su prima Isabel. La segunda escena muestra un ángel que, como si descendiera de lo alto, se aparece a un personaje con características de viejo, barbado.

Podría identificarse, con ciertas dificultades, y en base a su hilación con la escena aneja, a la revelación del ángel a San José, en sueños, de la concepción milagrosa de María (Mateo, 1, 18). Tras la restauración, ha quedado a la vista la continuación de esta escena, en la que aparece claramente una cuna sobre la que yace un Niño, escoltado de dos animales que le alientan, uno con orejas grandes y el otro con cuernos. Se trata de la Natividad.

En el tercer capitel, aparecen sendos animales (muy posiblemente leones) afrontados, con su habitual significado de poder. Y en el cuarto capitel aparece un anciano con barba y un alto tocado que tiene un diablo a cada lado. Estos diablos muestran el torso desnudo y portan faldellín y tocados enrevesados. Uno de ellos posee cabeza de bovino con cuernos. Está claro que, sin un orden neto, esta serie de capiteles representan dos escenas de la Biblia, del Nuevo Testamento en concreto, más otra del bestiario y, en fin, una típica manifestación del Juicio de las almas, con su sentido premonitor y advirtente de los Novísimos.

En definitiva, se trata en este caso de Millana de una iglesia románica de la que apenas sobreviven sus portadas, apareciendo en una de ellas elementos tradicionales de la iconografía medieval, inscritas en un área de influencia que en relación directa con Atienza y Cifuentes, prolonga hasta la baja Alcarria desde la Castilla de en torno al Duero, un modo de hacer de origen netamente franco y poitevino.

Es un buen ejercicio de patriotismo dedicarse a recorrer estos pequeños pueblos de nuestra tierra castellana. Si algo falta en la política de hoy, quizás sea ese sentido del “patriotismo sano” (no el de salir a la calle ondeando banderas como el que ondea una porra amenazante) y conocer en detalle los lugares habitados por valientes, los paisajes que aguantan el olvido, los edificios que expresan un linaje de gentes buenas y trabajadoras, las costumbres y las canciones que resumen lo sustancial de la vida, y de la muerte. Ese patriotismo es el que debemos inculcar a la gente joven, ese “amor a la patria” que es como decir el “amor a los padres”: algo natural, benéfico y lógico, en cualquier parte del mundo.


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