Mascarillas y balizas
En un país de pillos como este, donde la novela picaresca es un género en sí mismo, cualquier tonto a las tres, en cuanto tiene oportunidad, pega un pelotazo o se lleva una comisión.
Si el embuste, la trampa y la estafa reinaban en la España imperial de los Austrias, en la España de Sánchez y Ayuso se sigue dando gato por liebre y las uvas, como pretendía engañar el Lazarillo al ciego, no se comen de una en una sino de tres en tres. En los últimos tiempos hemos descubierto sin mucho asombro que, en el peor momento de la pandemia, mientras nuestros mayores agonizaban en las residencias y nosotros estábamos confinados en casa, los más vivos, los más pícaros, los que se mueven como tiburones en las aguas del engaño, aprovecharon para cantar bingo y hacerse con unos centenares de miles de euros. La necesidad de mascarillas para protegernos de contagios provocó la irrupción de truhanes que, amigo chino mediante, aprovecharon el zurriburri para colocárselas a otros políticos incautos o cercanos.
Comisionistas como Luceño y Medina, que salieron indemnes por cobros abusivos al Ayuntamiento de Madrid, pero fueron condenados por falsedad documental y fraude fiscal. Hermanísimos como Tomás, de apellidos Díaz Ayuso, consanguíneo de la presidenta madrileña que se llevó una comisión de 234.000 euros y, manda gónadas, a Pablo Casado por delante. Allegados como el novio de la antedicha, que pasó de facturar trescientos mil euros a más de dos millones en aquel infausto año fiscal, pero olvidó declararlo. O qué decir de los inefables Koldo, Ábalos y Aldama, que a la corrupción más primaria han unido un particular olor a farias, puticlub, carajillo bien cargado de coñac y palillo ladeado en la boca. Baleares, Canarias, Almería… menudo negocio el de las mascarillas.
Pues no hemos tenido bastante, al parecer. Tras el serial de las mascarillas comienza el de las balizas, esa señal luminosa que en breve deberemos llevar obligatoriamente en nuestro coche, cual mascarilla en pandemia, para darle uso en caso de accidente. Algunos han hecho el verano, todo un clásico, vendiendo mercancía averiada: balizas que no cumplen los requisitos de conectividad que se nos van a exigir bajo amenaza de multa severa. Otros, ante la premura de las sanciones, están inflando precios, creando desabastecimiento, generando necesidades urgentes. Tardaremos unos años, pero saldrán los sinvergüenzas que ahora hacen negocios al calor de sus contactos. Es cuestión de tiempo. El problema de la corrupción, en democracia, es que corroe la confianza y arrasa la legitimidad de unos sistemas políticos que son débiles por definición. Qué poco les importa.