Robe

13/12/2025 - 12:00 Jesús de Andrés

Le estaba esperando la muerte traicionera. Me lo descubrió mi hermano David en los ochenta cuando tras comprarse un equipo de música se hizo con los primeros cedés de Extremoduro, que inventaron aquello del rock transgresivo, con melodías bien trabadas, guitarras contundentes y letras crudas y soeces.

Los tocamos luego los Tucán en los noventa, con agosticidad, por infinidad de pueblos de la provincia y parte del extranjero: de Pepe Botika a Jesucristo García, cada noche subía la marea. Con el tiempo, poesía mediante, se convirtió en el mejor trovador del rock español, arrastrando a muchos de sus seguidores, cual flautista de Hamelin, a los caminos de Machado, Neruda, Miguel Hernández o García Lorca, entre otros poetas mucho menos conocidos. Sus letras pasaron de la provocación a la sutileza, supo conjugar como nadie la rabia y la ternura. Sus canciones, ya en solitario, llegaron a lo más alto, aleteando por siempre en nuestras cabezas. 

Nunca me gustaron sus entrevistas, pero me quedo con algo que dejó caer en una de ellas: lo que quiso decir lo dijo en sus canciones. En ellas sí estaba él. Nadie lo vio vendiendo baratijas ideológicas ni haciendo propaganda gratuita de ninguna causa de moda. En los primeros tiempos, de andar desorientado fue cayendo en picado, como en un mal sueño. Posteriormente, cuando encontró su vereda, jamás hizo nada por quedar bien. Si la vida, la suya como la nuestra, fue una escalera, él se la pasó entera buscando el siguiente escalón, sin camino marcado alguno. Alucino, y mucho, con la aceptación que para las nuevas inquisiciones tuvieron sus letras.

Lo vi por última vez hace año y medio, en Rivas-Vaciamadrid, en su gira “Ni santos ni inocentes”, acompañado de mi hija Julia. Cantamos sus canciones voz en grito. Se sucedieron los temas, puros himnos, monumentos de letra y música: “Recuérdame de qué está hecha la vida, / recuérdame de qué está hecho el amor. / De viento, / de puro viento / y de abrazos, / de puro abrazo”. Resonó un poema de Antonio Sánchez Zamarreño como preámbulo a “Puntos Suspensivos”, una de las canciones interpretadas aquella noche: “Nada sabe del amor quien vuelve vivo”. En “El poder del arte” dejó Robe su epitafio: “Tal vez, si pudiera hablarte / de si fuera cierto / que el poder del arte / bien nos pudiera salvar / de una vida inerte, / de una vida triste, / de una mala muerte”. Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas. En su canción más triste dijo que ahora ya todo se terminó, pero no es cierto. Se me habrá metido un poco de arena.