15/08/2020 / 18:21
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Murcia y un señor de Atienza

Antonio de Elgueta, natural de Atienza, recopiló el Diccionario de lenguaje murciano


Hay en Atienza una calle, y en la calle un edificio, cuyos habitantes llenaron de gloria una página de la Historia de España. La calle es la actual de Cervantes y el edificio la casona natal de los hermanos Elgueta Vigil. El edificio albergó la oficina de turismo de Atienza; fue sede judicial e incluso, en el remoto siglo XIX, cuartel de la Guardia Civil.

En este edificio, con escudo sobre su portón, nacieron don Baltasar –intendente de obras, y arquitecto, en el Palacio Real de Madrid-; nuestro don Antonio; don Pedro y don José. A don Baltasar ya lo reseñamos tiempo hace en estas mismas páginas de Nueva Alcarria, dando cuenta de cómo fue uno de los fundadores de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, además de llevar hasta Atienza la obra inmortal de uno de sus patrocinados, don Luis Salvador Carmona y su Cristo del Perdón; además de dejar para la posteridad un Hospital, el de Santa Ana.

Eran los tiempos, cuando nacieron los hermanos Elgueta, de la segunda resurrección atencina. La primera tuvo lugar en la remota Edad Media.

En esta resurrección de la villa, tras la llegada al trono de Felipe V de Borbón, Atienza escribió páginas de gloria a través de sus gentes de las que, para desgracia de propios y extraños no queda en la villa memoria. A pesar de que los grandes hombres, y sus nombres, son los que dejan huella allá donde nacieron y, por supuesto, por donde pasaron.

 

 

Antonio de Elgueta Vigil
 Nació don Antonio, decíamos, en aquel edificio señoril que todavía hoy pregona la hidalguía de la calle y la de sus habitantes, como hijo de don Baltasar de Elgueta y doña Josefa de Milla. Para don Baltasar, fallecido en 1697 y enterrado en la iglesia de San Juan del Mercado, fue este su segundo matrimonio; anteriormente tuvo otra prole de hijos con su primera esposa que también, casualidades del destino, dejaron su nombre en la historia, en esta ocasión en la de la propia Atienza, y en la de la provincia de Soria. A su hijo mayor, entonces cura párroco de Retortillo de Soria, dejó el encargo de redactar su testamento. Doña Josefa de Milla descansa a la eternidad en la capilla mayor de la iglesia de La Olmeda de Jadraque. La muerte la encontró visitando allí al tercero de sus hijos.

 Antonio de Elgueta fue bautizado en la parroquia de la Santísima Trinidad el 17 de enero de 1686; estudió leyes en Madrid, ingresando en el cuerpo legislativo del Reino, alcanzando a ser nombrado Secretario de la Inquisición de Murcia, capital del reino de su nombre en el que contrajo matrimonio con María Teresa de Mesa y Rocamora, de la hidalguía de la ciudad, el 3 de agosto de 1722. 

En Murcia falleció en la década de 1760. Estando considerado como una de las figuras claves en el desarrollo cultural de la provincia y su entorno, ya que don Antonio fue, como apuntamos, una de las figuras esenciales en las obras que se llevaron a cabo a lo largo del siglo XVIII en la ciudad. Viajó por Francia e Italia a la búsqueda de pintores y escultores que dejasen su firma en el Palacio de Oriente, de Madrid, que por entonces se levantaba, como ayudante de su hermano Baltasar. Igualmente, y con motivo de esa colaboración, viajó por España, también en busca de escultores, pintores o arquitectos que presentar a su hermano, a fin de que diesen lustre, en caso de valía, a las obras que a lo largo del siglo se llevaban a cabo en la edificación de ese Palacio tantas veces señalado como una de las obras de la arquitectura española más representativa de los últimos siglos.

También es considerado, don Antonio, como la persona que incitó a los Salzillo a viajar a Murcia, donde fue protector de Nicolás, padre del genial escultor. 

Bajo su mandato, como hombre de representación en la ciudad, se llevaron a cabo importantes obras en el alcázar de la Inquisición, al tiempo que engrandeció la institución. De su trabajo como agrimensor surgieron algunas obras dignas de recuerdo, entre ellas una de referencia histórica: La cartilla de la agricultura de las moreras,  pues don Antonio de Elgueta, además de adentrarse en el mundo legislativo y judicial; de tantear la arquitectura, la pintura y la escultura, también se introdujo en el entonces tan complejo mundo de la agricultura y la botánica. Mundo complejo ya que por entonces, cuando nuestro hombre dio a la imprenta su cartilla, eran muchos los hombres que como él dedicaban una parte de su tiempo al estudio para la mejora del fruto de la tierra.

 

La Cartilla de la agricultura de las moreras
Cuentan por la murciana tierra, donde don Antonio se convirtió en todo un caballero, que su nombre perdura por no ser nacido en ella. Suele suceder que a los naturales de la tierra, por tenerlos cerca y conocerlos desde  siempre, no se los valora hasta después de su muerte. De ello se quejaban los murcianos no hace mucho, al cumplirse los doscientos cincuenta años de la edición de la obra recordaban que: no ser originario de Murcia le libró del veneno de los naturales del reino, según uno de los literatos de aquella tierra que más cantó al de Atienza, don Ricardo Sánchez Madrigal.

 A pesar de que dos siglos y medio después de su muerte, don Antonio de Elgueta se perdió en el silencio de los tiempos, no sucedió lo mismo con su obra, que adornó a la moda del siglo del barroco con láminas para facilitar su cabal inteligencia, no sólo a los que se ejerciten en su práctica, sino también a los físicos en la investigación de la Naturaleza…

La obra se imprimió en Madrid en 1761, en la imprenta de don Gabriel Ramírez, la misma que poco después de que la obra de nuestro hombre viese la luz pasaría a manos de don Antonio de Sancha, del que por estos meses se cumplirán trescientos años de su natalicio en Torija.

 Al final de su estudio, por aquellos tiempos figuraba la industria de la seda en la región murciana como una de las más principales, incluía don Antonio, pionero en ello, una especie de diccionario de términos a través de los cuales cualquiera que no fuese entendido en la materia podía fácilmente llegar a conocerla. Su “Índice y Explicación por orden alfabético de los nombres y voces que se usan y practican en el arte de la cría de los Gusanos de seda, para su mejor inteligencia”.

 

El Diccionario Murciano
Es, aquel “Índice y Explicación”, una especie de Diccionario del palabrerío y dichos que por aquel tiempo se utilizaban en la región murciana. Recuperando don Antonio para la posteridad las formas y modismos del vocabulario histórico de Murcia, algo que en la actualidad tanto se han puesto en boga tratando, a través de la recopilación de los dichos populares, del mantenimiento del acervo cultural de nuestros pueblos y regiones.

Sirvió, la obra de nuestro paisano, para que autores posteriores pudiesen elaborar, como lo hicieron, los distintos tratados en torno al primitivo “Vocabulario Murciano”, así como el de los trabajos e industrias de la seda.

A Murcia llegó en 1717, y desde Murcia extendió el cultivo de las moreras por numerosas partes del reino –español-, enviando plantones a los reales jardines de Aranjuez, entre otros muchos.

Su vocabulario se compone de doscientos veintiséis vocablos, que pueden no ser muchos. Y que son, sin duda, doscientas veintisiete definiciones, o vocablos –reiteramos-, librados del olvido.

En Murcia murió y fue enterrado, donde continuaron sus descendientes dando glorias a la región. Y en Atienza pasó, junto a sus hermanos, al olvido.

 

 

Pocas casonas, como la de los hermanos Elgueta en Atienza, mantienen entre sus recuerdos tanta historia. Incluso en el blasón que orla su fachada. Un blasón que don Antonio también mandó esculpir en su casona murciana de la calle de la Merced.

Nuestros pueblos, nuestras villas hidalgas, debían de tener un poco más presentes a quienes fueron parte de su historia. En este caso, en Atienza, y en su casa, a los hermanos Elgueta. Pues quien a los suyos honra, honra merece.

    


 


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