05/10/2019 / 18:22
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Por una cabeza

Sólo desde una cabeza privilegiada como la de Pérez-Reverte, se puede resumir de forma tan sencilla como contundente: “El español es un extraordinario espacio común"


Fue mi padre el que me enseñó a consultar el diccionario María Moliner para encontrar la raíz etimológica del nombre de las cosas. Con tanta ilusión como indignación mostraba  porque la autora nunca fuera elegida para pertenecer a la Real Academia Española, siendo de las personas de su época que más dominaban nuestra lengua. 

Me explicaba, mi padre, que el conocer el origen de las palabras nos facilitaba comprender no sólo el significado de las mismas, si no de otras muchas que derivaban de aquéllas. Ese conocimiento nos permitiría dominar bien nuestra verbo y nuestros escritos. Por supuesto que no alcancé su técnica ni su buen juego, pero le agradezco que me dejara cierta inquietud para, al menos, intentar hacerlo dignamente. 

Y he de reconocer que es divertido. En las escuelas, en lugar de tanto adoctrinamiento, se debería estudiar más técnica, sacudida de tendencias ideológicas y manipulaciones históricas. Lamentaremos durante mucho tiempo haber cedido a las Comunidades Autónomas las competencias sobre Educación.    En algunas, incluso, por haber engendrado criaturitas no sólo anti españolas, sino anti lengua española. Menuda mezquindad, cuando dotamos a medio mundo de nuestro propio lenguaje. Sólo desde una cabeza privilegiada como la de Pérez-Reverte, se pude resumir de forma tan sencilla como contundente: “El español es un extraordinario espacio común”.

Pero lo de tener buena cabeza es una expresión que ha caído en desuso. Se habla más de adjetivos vinculados a las emociones, al corazón o a cualquier víscera (viscus visceri; viscoso, intestinal) “¿Sentirnos españoles?, ¡ni por el forro!”, espetaba gallardamente un dirigente nacionalista vasco. Probablemente ignore que el término “cabeza”, que proviene del latín, capitia, da nombre a su orgullosa “chapela”. También da origen a los términos “capo” y, finalmente, “caput”.

No en vano, la cabeza ha supuesto en el cuerpo humano o animal parte testimonial de venganza. Los vikingos cortaban las cabezas de los militares romanos arrojándoselas al enemigo en el mismo campo de batalla. Los revolucionarios franceses “decapitaban” –ya saben de dónde viene el término-, la mafia siciliana utilizaba la de los caballos para poner a cada uno en su sitio y, hasta en la actualidad, ocurren sucesos inéditos de mujeres despechadas utilizando la cabeza del marido adúltero como brutal resarcimiento ante la tercera,  en versión, como comentaba Carlos Herrera, que ni el mismo Tarantino.

A Fraga le cabía el Estado en su cabeza, en humilde reconocimiento del propio Felipe González, García Berlanga aseguraba que la cabeza era el mejor órgano sexual del ser humano y no hay peor pronóstico que el que te digan que tienes demasiados pájaros en la cabeza. 

En las nuevas tecnologías, con el 5G a la vuelta de la esquina, podrán leer artículos seleccionando la música adecuada. No es ningún mérito advertir que éste lo leerían al compás del tango de Carlos Gardel y que titula mi reflexión de hoy. Se emocionarían con el corazón, por la bella melodía nacida de una gran cabeza.


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