Setas y votos

10/10/2026 - 13:24 Antonio Yagüe

Una amiga de la parte de Albarracín, setera hasta la médula, recibe arrodillada con un beso la primera que encuentra cada otoño. Pide silencio. Cree que los hongos se esconden por miedo, adoran la lluvia, el murmullo de los arroyos y el céfiro entre sabinas y pinos.

Y odian a vociferantes y patosos. “Hay que tratarlos con delicadeza, como a la mejor novia del mundo”, aconseja.

En el Señorío y buena parte de España las setas llevan años ocultas. La de 2005 fue una temporada micológica desastrosa, «la peor de este siglo». Pero los entendidos locales creen que las últimas tormentas y si las lluvias y temperaturas acompañan ‘resucitarán’ para noviembre.

Lo mismo ocurrirá con los votos, salvo que al todopoderoso Sánchez le dé un abarrunto, arda Ceuta o algo gordo, declare el Estado de Excepción y esconda también las elecciones para cuando sea. O se desmadre con violencia una huelga general contra la oposición por la vivienda y para frenar a los ultrafachas, que siempre se quedará en coronel como mucho en Cataluña y Euskadi.

La democracia, nacida en Grecia, es muy antigua. Se ha extendido por el mundo civilizado como los champiñones, níscalos, boletus y otros hongos en buen año. Es, aseguran algunos, el sistema menos malo de gobierno y convivencia. Parece que está en peligro hasta en países como España.

Con todo, la micología es mucho más vetusta, mitológica y hasta poética. Su denominación, explicaban los profesores de cultura helénica (mejor que del equívoco griego), tiene su origen en Micenas donde hace 3.500 años Perseo bebió agua exprimiendo una seta (mykes) y la fundó.

Dicen que quien encuentra una seta encuentra un tesoro. Uno de Bilbao (nada que ver con Aitor Esteban) las anteponía a los relojes caros: “¿A qué hemos venido, Patxi, a buscar Rolex o a setas?”