Adiós tiendas adiós
Si es difícil encontrar un pueblo con bar en la llamada España vacía todavía lo es más con una tienda tradicional, como aquellas que te vendían, muchas veces sin horario, de casi todo lo necesario. Desde un lápiz a un cencerro, alcayatas, arroz, aceite, alpargatas, sellos, sardinas rancias, salchichón…
Eran, junto a la escuela y la iglesia, el alma de los pueblos. A veces servían de lugar de encuentro, espacios de conversación y relación entre los habitantes que ayudaban a conservar su pulso vital.
El cierre de tiendas de barrio “de toda la vida” o pequeños establecimientos (de ropa, mercerías, ultramarinos, bodeguillas, ferreterías…) con su peculiar personalidad, está llegando hasta ciudades como Madrid o Barcelona. El cerrojazo también tiene en las zonas donde se ubican un impacto físico evidente, al margen del efecto ‘emocional’.
La organización de trabajadores autónomos UPTA calcula que en menos de 10 años habrán desaparecido la mitad de las tiendas clásicas por falta de relevo generacional. “A los jóvenes no les molan por los horarios y la atención al público. Y con alquileres por las nubes, la inflación, competencia de los súper, etc., no salen las cuentas”, lamentan.
A los políticos que estos días buscan con ahínco y demagogia el voto de 10 millones de pensionistas, se les olvida que los mayores apuestan por el comercio de su entorno más cercano, por la proximidad, el trato o amabilidad y la confianza.
Viajeros y nostálgicos lamentan que las ciudades sin sus singulares tiendas cada vez son más parecidas. Puedes pasearte por Barcelona, Berlín, Milán o Nueva York que, vayas a donde vayas, te vas a encontrar un Zara, un McDonald’s o un Starbucks. Ya es complicado hasta comprar navajas en Albacete.
Se está desdibujando la esencia original de nuestros pueblos, ciudades y sus barrios más icónicos. Una pena.