Educación colista

19/09/2026 - 15:19 Antonio Yagüe

Los escolares españoles acaban de sacar el peor resultado de la historia en la evaluación internacional PISA. Apenas un 2% alcanza el nivel más alto de comprensión lectora. La mitad larga no desentonaría en las reatas de asnos y otros semovientes que antaño araban nuestros campos.

Ir a la cola no es raro en España. Hasta parece un reto. Como ponerse en fila. Nos encanta. Es como un reflejo ancestral genético, refrendado desde la escuela. 

Tenemos colas para casi todo. Nos hemos pasado media vida en ellas. No nos importa de qué sean. Preguntamos “quién es el último”, nos acomodamos cual sardinas en lata y esperamos a ver qué pasa. 

Ya no son como antes sinónimo de pérdida de tiempo, pega, o síntoma de ineficiencia y una molestia. Dicen que hoy ofrecen un cierto descanso mental. Y que fuera de ellas no hay vida, solo caos.

Se han puesto de moda. Como estrategia de marketing, cebo o lo que sea. En grandes ciudades como Madrid y Barcelona son legión quienes invierten su tiempo libre en conseguir productos muy concretos haciendo cola ante una heladería, tienda de moda, un robot… 

Una socióloga interpreta que la espera ha adquirido valor por sí misma. El producto final, sostiene, es más deseable por el esfuerzo invertido en conseguirlo. En una sociedad donde casi todo es inmediato la espera se revela como señal de autenticidad y exclusividad, hasta funciona como un sello de pertenencia, una muestra de estatus.

Las carnicerías de Molina de Aragón, famosas en toda España por su sabrosa morcilla y morteruelo, también son valoradas por sus colas. Cuanto más duraderas, más buenecejas. Podrían utilizarse de distintivo/reclamo en la puerta como las estrellas de los hoteles.

PISA debería agregar a la terca reata cuadrúpeda a padres que se disculpan de sus criaturas: “Perdón por hacerte leer”.